Imaginaos un árbol. Uno viejo y grande. Uno que ha vivido más de 4.000 años y sigue ahí: quieto, tranquilo, majestuoso y frágil. Un árbol no hace daño a nadie, simplemente crece y evoluciona buscando la luz.

   La vida tiene muchas ramas, que nos llevan a otras más peque­ñitas, y se bifurcan hasta llegar al final de cada una de ellas. Las ramas tienen hojas y frutos, y en primavera esporas que surcan mecidas por el viento muchos kilómetros hasta parar en el lugar exacto en dónde ha de nacer un nuevo arbolito. Los árboles son bonitos: en primavera despiertan del letargo y la savia recorre por sus entrañas para florecer de nuevo, y en otoño se visten de colores para preparar su vuelta a la tierra, alimentándola. Los árboles son muy sabios. Me gustan los árboles, y me gusta la vida.

   Pero lo que quiero contaros en este artículo no es la historia de un árbol; lo que quiero es reflexionar del EGO humano, es decir, de eso que nos hace únicos e individuales, y por tanto nos permite caer en las contradicciones de la comparación… Por eso lo del árbol, porque UN ÁRBOL NO SE COMPARA, solo ES.

   Como introducción al tema os propongo el extracto de un texto:

Paré a descansar y comer frutos secos salados en una silla de plástico verde que estaba en el borde de la estrecha senda entre matorrales y encinas viejas por la que caminaba pisando barro recién regado en el que no se apreciaban pisadas cercanas de gentes que me fueran pre­cediendo en la ruta. Una vez más, estaba solo en medio de ningún si­tio, pero al menos sabía de dónde venía y a donde quería ir. Eso era más que suficiente para sentirme motivado con el reto. Al sentarme en la silla me di cuenta de que había un pequeño altar montado en el hueco del árbol que daba sombra al asiento. Era una pequeña figurita de un santo, al que me encomendé para que me ayudase a salvarme de lo que me autodestruía.

Me tomé a partir de entonces  la firme promesa de reflexionar sobre ello: lo que me contamina destruyéndome y autodestruyéndome. Empecé a distinguir ese pequeño matiz entre lo que está dentro de mí, y lo que me viene de afuera. Llegué a la conclusión de que el alcohol, el tabaco o las malas amistades eran cosas destructivas que necesitaría erradicar de mi vida futura de ascetismo anacoreta. Pero empecé a darle aún más importancia a lo que desde dentro, con más fuerza aún que lo externo, podía perturbar mi paz; como por ejemplo los pensamientos pesimistas, la frustración, el rencor o la ira que siempre intentaba apaciguar. Por eso vi de forma nítida la necesidad de matar de hambre mi ego.

Matar de hambre mi EGO: esto es algo interno inherente a cualquiera que tenga alma, que me permite vivir la vida como ser individual, por tanto es algo necesario y de lo que no puedo deshacerme. Pero decidí que podría esforzarme por dejar de alimentarlo. Tenía todavía mucho por recorrer trabajando sobre ello, y estaba dispuesto a enfrentarme al espejo que me mostraba lo que menos me gustaba de mí mismo. Llegué a la certeza de que iba a ser una tarea infinita y complicada que me apasionaba tener por delante.

   Ahora pensemos un poco más utilizando para ello EL MITO DEL MINOTAURO, explicado de forma poco ortodoxa y bastante personal en este otro trocito de narración:

El laberinto del Minotauro, reflexioné entre copas de vino: el mito dice que era un toro blanco que sedujo a la mujer del rey Minos, y nació un bebé con cabeza de toro. Lo escondieron en un laberinto hecho por Dédalo, y una vez al año le ofrecían como ofrenda 7 doncellas y 7 muchachos. Al tercer año fue voluntario al laberinto el héroe Teseo, que compinchado con Ariadna, ató un hilo a la puerta para saber volver de regreso. A puñetazos Teseo mató al fiero Minotauro, que el único error que cometió fue haber sido engendrado por un toro.

Ahora vamos a darle una vuelta de tuerca metafísica al asunto: imaginaos que la propia personalidad, nuestro ser, nuestra mente, nuestro cerebro racional es el laberinto en el que estamos encerrados. En esa morada que tan bien conoce el EGO, o sea el Minotauro, se pierden cada vez que entran las 7 doncellas y los 7 muchachos. Vamos a pensar que esos 7 hombres y mujeres representan los pecados capitales. El ego se alimenta por tanto de la lujuria, pereza, gula, ira, envidia, avaricia y orgullo. Pero está la parte negra en la blanca y la blanca en la negra, o lo masculino y lo femenino entrelazado, porque entran 7 muchachas y 7 varones. Yin y yang. Luz y oscuridad. Es decir, las fuerzas opuestas en perfecto equilibrio. Teseo representa nuestra propia lucha consciente contra el ego. En esta historia no hay ni buenos ni malos, porque todos son parte de nosotros mismos. Ariadna representa al AMOR, al ángel que nos cuida. Éste, a través de un hilo nos indica el camino de vuelta, como las flechas amarillas*.

Sigo pensando que hubiera sido mejor matar de hambre al Minotauro. Matar de hambre mi ego… ¡Qué complicado resulta!

 

“Si quieres despertar a toda la humanidad,

entonces debes despertar la totalidad de tu propio ser.

Si deseas eliminar el sufrimiento en el mundo,

entonces acepta todo lo que es oscuro y negativo en ti mismo.

Porque en verdad el regalo más grande para compartir es:

tu propia transformación.”

 

*Las flechas amarillas son las indicaciones de dirección en el camino de Santiago.

 

Fuente de los textos: “La llave del laberinto”.

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