El caminante sobre el mar de nubes de Caspar David Friedrich

   Imagina a un narrador solitario, de pie, ante un mundo futuro devastado por la enfermedad y el fanatismo. No, no es una de las últimas superproducciones de Hollywood, aunque podría, es una novela de 1826 escrita por Mary Wollstonecraft Shelley, más conocida por ser la autora Frankenstein. Pero si con su célebre novela consiguió ser una de las pioneras del género de ciencia ficción, con otro de sus títulos, El último hombre, también logro ser pionera de un subgénero dentro de la ciencia ficción, el de los escenarios distópicos y apocalípticos.

   El narrador, Lionel Verney, cuenta la historia de su vida antes y después de convertirse en el el único ser humano del planeta, después de que una plaga barriera a toda la población del mundo. Verney, que sobrevive a la plaga gracias a algún tipo de inmunidad, describe el final de la sociedad, incluyendo la aparición de cultos destructivos en las fechas próximas al día del juicio final.

   El último hombre se puede considerar la primera novela del género apocalíptico en literatura inglesa y una de las primeras en todo el mundo, con precedentes como la novela homónima francesa Le Dernier Homme, publicada en 1805. Con el género distópico recién nacido, Shelley tuvo que montar un escenario con las herramientas que tenía a su alcance. Eso explica por qué aunque la acción tiene lugar en la Inglaterra del año 2100, apenas hay elementos futuristas. La tecnología más avanzada del libro son los globos aerostáticos, que era la tecnología punta en la época de Shelley. Se supone que Inglaterra es una república pero a todos los efectos funciona como una oligarquía. El mundo está en su mayor parte en paz, aunque Grecia sigue en guerra contra Turquía, como ocurrió durante toda la vida de Shelley ‒es en este conflicto en el que moriría Lord Byron‒. Los temas y las preocupaciones que se reflejan son las propias de la época victoriana, entre ellas la enfermedad, reflejada en esa plaga misteriosa que nadie sabe de dónde vino ni cómo curarla.

   La novela está llena de curiosidades. Shelley declaró que estaba basada en una colección de escrituras proféticas en distintos lenguajes que descubrió en 1818 en la verdadera cueva de la Sibila en Cumas, cerca de Nápoles. Además, varios de los personajes principales están total o parcialmente basados en personas próximas a la escritora. El suegro de Mary, Sir Timothy Shelley, le había prohibido publicar una biografía de su marido, lo que la llevó a reconstruir su vida, si quiera de forma parcial, en esta novela. El utópico Adrian, que lleva a sus seguidores a la búsqueda de un paraíso natural y muere cuando su bote se hunde en una tormenta, es un retrato de Percy. Por otra parte, Lord Raymond, que deja Inglaterra para luchar por Grecia y muere en Constantinopla, está basado en Lord Byron. Y El último hombre no es solo un lamento por la pérdida de su círculo más cercano, es también una despedida de los ideales románticos. En ese sentido, se puede considerar la plaga también como una metáfora.

   A diferencia del público de hoy, que devora las historias futuristas y distópicas, los lectores del siglo XIX no supieron entender la novela de Shelley. El último hombre recibió las peores críticas de todas sus novelas. La mayoría de los críticos se mofaron de la temática del libro, calificándolo de «repugnante repetición de horrores», reprocharon su «crueldad sin sentido» y juzgaron que la imaginación de su autora estaba «enferma» y «muerta». A pesa de que Shelley la consideró siempre como una de sus novelas favoritas, se vendió muy mal y no fue reimpresa hasta 1965. Uno de los argumentos que se empleó para descalificarla apelaba a que la persona que estaba detrás de aquella historia era una mujer y no un hombre. En una de las reseñas un crítico escribió: «¿Por qué no la última mujer? Una mujer habría sabido cómo reflejar mejor la angustia de no tener a nadie con quien hablar: estamos seguros de que la historia habría sido más interesante».

   Pero con el tiempo Mary Shelley no solo consiguió convertirse en una escritora leída y admirada sino que ha pasado a la literatura como una de las grandes plumas de la historia. Es cierto que ha sido, sobre todo, gracias a Frankenstein, pero no estaría de más darle una oportunidad a El último hombre, una novela en la que, al igual que en la de su Prometeo moderno, trata muchas de las preocupaciones de la sociedad de la era de la Revolución industrial. Tomen nota las editoriales, porque en español no es fácil encontrar traducciones decentes de este libro.

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