Comedia con fantasmas de Marcos Ordóñez

   Desde hace décadas el nombre de Marcos Ordóñez está asociado al teatro y al cine. Desde 1994 es profesor asociado de Guion cinematográfico y Dirección de actores del Departamento de Audiovisuales de la Pompeu Fabra y desde 2001 crítico teatral de El País y colaborador del Babelia. En todo este tiempo ha tocado muchos palos distintos, desde la crónica y el ensayo sobre el mundo del cine, como en Beberse la vida. Los años de Ava Gardner en España 2005 hasta la biografía con Big Time. La gran vida de Perico Vidal ‒de 2014‒ pasando por los relatos con Turismo interior ‒de 2010‒ y, cómo no, la novela. Mucho ha llovido desde que debutara en 1988 con El signo de los tiempos. En concreto, cosa de una veintena de libros.

   Si alguien conoce el mundo de la escena, ya sea en teatro o en cine, y tiene tablas literarias para representarlo, ese es Marcos Ordóñez. Por eso, Comedia con fantasmas, una mirada nostálgica al mundo del teatro y del cine español desde 1925 hasta 1985 recuperada por Libros del Asteroide desde su edición de 2002 en Plaza & Janés, es un texto que tiene ciertas garantías.

   Comedia con fantasmas es una novela de formación, de aprendizaje, en la línea de la tradición picaresca española. No es que su protagonista y narrador sea un pícaro, aunque algo de pícaro sí que tiene, es que el relato vital, desde sus inicios hasta su última recta, se expone desde la perspectiva final, y tiene mucho de ajuste de cuentas, como si la voz narrativa, a la manera de Lázaro de Tormes, tuviera que justificarse ante un juez. La historia nos lleva a «un mundo que ya no existe», en el que el teatro era el pasatiempo más común, el cine apenas gateaba y la televisión ni siquiera soñaba con existir. En ese mundo, lleno de ingenuidad, el pequeño Pepín nos relata cómo descubrió el mundo del teatro, disfrutando de la magia de Shakespeare encaramado a un árbol, cómo pasó a formar parte del Gran Teatro del Mundo, Compañía de Ernesto Pombal, y cómo le picó, para siempre, el gusanillo de la escena, hasta convertirse en el célebre ‒y algo decadente‒ rey de la comedia. Desde la década de 1920 hasta los años 80, asistimos a la evolución del teatro como forma de entretenimiento de masas, viendo cómo pierde terreno frente al cine y la televisión y cómo va quedando reducido a un tipo de ocio más elitista.

   A lo largo de toda esa evolución va apareciendo toda una gama de personajes, porque los personajes siempre han estado muy vinculados al teatro, tanto dentro como fuera de la escena. Entre todos ellos destaca Ernesto Pombal, el inmenso Pombal, un revolucionario del teatro apasionado tanto por Shakespeare como por los montajes espectaculares, llenos de efectos especiales y «mecanos». Como el propio Mendieta recuerda al principio de su relato: «Mi vida, mi verdadera vida, empezó cuando Pombal llegó a la ciudad; no puedo contar mi vida sin la suya». «Se ha dicho y se ha escrito que Pombal era un maniático inaguantable, un megalómano, un tirano», dice Pepín más adelante. Pero aunque esto sea cierto, pocos personajes a lo largo de la novela ‒y hay unos cuantos‒ demuestran tener tanta pasión, tanto entusiasmo y tanta devoción hacia el teatro. Junto a él hay toda una galería de personajes, algunos más acabados y mejor construidos que otros: Tanito Monroy, la mano derecha de Pombal y el que dará las mejores lecciones de actuación a Mendieta; Joan Anglada, el arquitecto y constructor de los decorados y de las máquinas que harán la magia de hacer posible lo imposible; María Rosa Camino, el contrapunto a Mendieta; Policarpo Pérez y Nacho Pancorbo, la pareja de cómicos que acompañará a Pepín en la última etapa de su vida, la de las comedias de factura facilosa y éxito seguro.

   Y con ellos, y muchos más, se irán cruzando de forma puntual personajes reales, como Orson Welles, Isabel Garcés, Haro Tecglen o un jovencísimo Fernando Fernán-Gómez, a ratos acompañado de Manuel Alexandre. El propio Pombal está basado en el actor y director Enrique Rambal ‒no es difícil relacionar ambos nombres‒, quien sería recordado, al igual que Pombal, por interpretar el papel de Jesucristo en la película El mártir del calvario. Poco importa en realidad la frontera entre ficción y realidad: todos mezclados, los personajes reales se desdibujan y los de ficción se vuelven reales.

   Con Comedia con fantasmas Marcos Ordóñez logra, después de un evidente proceso de documentación, recrear de manera fascinante los escenarios españoles durante buena parte del siglo XX, si dejamos al margen experimentos como la Fura dels Baus. La historia, en blanco y negro, destila una salvaje melancolía por todas partes. Ni Mendieta ni Pombal ni Monroy son la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses ‒aunque tanto Norma como Pombal acaban víctimas de la enajenación‒; no lamentan la decadencia de ese mundo que ya no existe hasta esos extremos, sino que tratan de ir adaptándose como pueden a los nuevos tiempos. Pero ese landismo torremolinense que padece Mendieta al final de su carrera, o el paso de Monroy a abuelo cebolleta de la televisión, no hacen sino acentuar esa nostalgia. Finalmente todos se descubren como lo que son, fantasmas, cómicos condenados a continuar actuando en un mundo al que no pertenecen. Cómicos fantasmas.

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