Augurio de David Aceituno

   El mito de la maternidad perfecta se está rompiendo. En su libro Madres arrepentidas ‒publicado el año pasado por Reservoir Books‒ la socióloga e investigadora israelí Orna Donath levantó ampollas poniendo sobre la mesa las experiencias, sentimientos y pensamientos de algunas mujeres israelíes que habían sufrido un desengaño con su maternidad, un tabú del que hasta ahora nadie se había atrevido a hablar abiertamente. Se supone, por ejemplo, que una mujer nace con el instinto biológico de ser madre, de querer y de cuidar a sus hijos sin condiciones; se supone que una madre, por el simple hecho de serlo, tendrá la felicidad absoluta; se supone que una madre jamás se arrepentirá de haberlo sido, pase lo que pase. Contra todos esos mitos, cada vez más endebles, escribe Donath, y en esa misma línea es posible situar la novela de David Aceituno Augurio.

   Augurio es una historia que apenas tiene hilo argumental. Antes bien, el libro trata sobre las relaciones humanas, en general, no solo de las relaciones entre madre e hija, aunque estas ocupan un lugar central dentro de la trama. De hecho, la novela se centra en dos personajes que pasan por momentos vitales de transición ‒o que, más bien, parecen vivir en una transición perenne‒: Ingrid, una mujer de mediana edad que está descontenta con lo que tiene y con aquello en lo que se ha convertido y que considera haber sido demasiado cobarde para tomar las riendas de su vida; y Silvia, hija de Ingrid, que detesta a su madre y que, como adolescente descontrolada y frágil, trata de buscar consuelo en las drogas de diseño y en la autolesión.

   Frente a este panorama, se agradece mucho que el autor haya evitado caer en los tópicos de los conflictos generacionales. Demasiado acostumbrados a los adolescentes hermanosmayores, David Aceituno evita achacar las malas relaciones entre madre e hija a la clásica rebeldía adolescente, a una educación deficiente, a las malas compañías o al coqueteo con las drogas o el alcohol. Si Ingrid y Silvia no se soportan entre ellas es, más bien, porque no se soportan a sí mismas. Quizá, demasiado iguales, la angustia y la soledad las atraviesa de la cabeza a los pies. Solo en el dolor son capaces de encontrar algún punto de conexión, y ni siquiera entonces pueden sentir que están sufriendo juntas. «Dos personas que lloran a la vez nunca lloran exactamente por lo mismo», dice el narrador, para añadir a continuación: «aunque no lloren por lo mismo, están juntos en el infierno».

   Eso sí, en esa tormentosa relación de madre e hija el padre queda relegado a un plano muy secundario. En los momentos claves del conflicto no está presente y apenas aparece como una vaga presencia que sirve para darle forma a un par de recuerdos. No por casualidad, David Aceituno ha silenciado por completo a los personajes masculinos, que quedan relegados a un par de pinceladas, para poner el acento sobre los femeninos. No solo Ingrid y Silvia, madre e hija tienen su contrapunto en la relación materno filial de sus amigas Ruth y Berta. Apenas se nos dice nada sobre la relación entre Ruth y Berta, pero Ingrid se mira en el espejo de la primera y Silvia en el de la segunda. Ambas salen malparadas, y eso explica que Ingrid se alegre secretamente cuando descubre que hay fisuras en la aparente felicidad de Ruth.

   Sin embargo, la soledad y el dolor no son los únicos desencadenantes de esa angustia: la muerte se filtra a través de todos y cada uno de los poros del relato, lo que le da un tono tremendamente existencialista. Y ello a pesar de que el autor advierte en el primer capítulo que «la muerte es un arranque demasiado socorrido para casi cualquier tipo de narración». Pero más que un arranque, es un eje vertebrador, presente de alguna forma u otra en todos los capítulos. Ya sea la muerte física, natural o provocada, o la muerte simbólica, que nada tiene que envidiar a la primera. Es como si rodeara literalmente a los personajes, como si estuviera disputándoles una partida de ajedrez constante a lo Ingmar Bergman. Incluso en los escenarios más idílicos acecha, ya sea en una conversación intrascendente en una tarde de playa o en una terraza asistiendo a una idílica puesta de sol. Los personajes la buscan, coquetean con ella, haciendo voluntariado con asociaciones para la gestión emocional del sufrimiento, con la esperanza tal vez de que «ayudar a los demás […] diluiría la gran bola de mierda de su cabeza», o machacando al cuerpo con prácticamente todas las drogas habidas y por haber.

   Con esta panorámica, Augurio no es precisamente una novela que deje buen sabor de boca en el ánimo. Los personajes no tienen opciones a ser felices. Si acaso, la esperanza de que la felicidad ronda cerca es lo más parecido que van a encontrar a la felicidad, e incluso así lo van a tener complicado porque la sensación de que la desgracia está cerca es constante. Todo ello en escenarios amables, en una luminosa y paradisíaca isla del Mediterráneo, en playas, en terrazas abiertas con vistas al mar, con un estilo poético, a ratos filosófico, lo que no hace sino acrecentar la angustia, aunque sea por el contraste. ¿Por qué leer entonces Augurio si nos va a dejar tan mal cuerpo? Kafka dio una respuesta que probablemente sea la mejor que nadie pueda dar: «Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? […] Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros».

   Esta libro es uno de los nominados al Premio Guillermo Baskerville organizado por Libros Prohibidos.

Comentarios

comentarios