Isak Dinesen y Marilyn Monroe

Isak Dinesen y Marilyn Monroe

   A finales de la década de los cincuenta la baronesa Karen Blixen-Finecke, más conocida como Isak Dinesen, estaba muy enferma, pero decidió aceptar la invitación de varias universidades norteamericanas para dar conferencias sobre sus libros y su vida en África. En Nueva York era el invitado de honor para dar el discurso principal en la cena anual de la Academia Americana de Artes y Letras. En su charla la casi octogenaria explicó que su vida se había dividido en cinco etapas, y que cada una de ellas las había vivido de acuerdo con un lema: «Voy a crecer como el águila», «Navegar es necesario, vivir no», «Responderé», «¿Por qué no?» y «Sé audaz, sé audaz, no seas demasiado intrépido». En ese momento Dinesen tenía setenta y cuatro años y se había convertido en una gran dama de la literatura. Aunque debilitada por la sífilis, y con un peso de poco más de 36 kilos debido a una dieta basada fundamentalmente en ostras, champán, tabaco y anfetaminas, la escritora danesa seguía manteniendo una vitalidad envidiable, siempre dispuesta a entretener a sus oyentes con alguna de las increíbles historias que conocía.

Carson McCullers dando amor a Marilyn Monroe

   A aquella cena también asistió la escritora Carson McCullers, que por entonces tenía cuarenta y dos años y una vida amorosa llena de avatares que no tenía nada que envidiar a la de Dinesen. McCullers había leído Memorias de África casi cada año durante más de dos décadas y había llegado a considerar a Dinesen como una «amiga imaginaria» a la que acudía en busca de consuelo. Por supuesto que no perdió la oportunidad para sentarse cerca de Dinesen en la mesa y en algún momento de la velada escuchó que a la escritora danesa le gustaría conocer al sex-symbol del momento, a Marilyn Monroe. McCullers no perdió el tiempo y fue a buscar a Arthur Miller, que estaba sentado en una mesa cercana, para acordar un encuentro entre Dinesen y la actriz.

Monroe, Dinesen y McCullers

   El almuerzo tuvo lugar el 5 de febrero de 1959. Las tres mujeres armaron tanto alboroto que Miller más tarde contaría la historia de que bailaron descalzas sobre la mesa de mármol, al parecer una exageración. Desde luego, para McCullers era la mejor fiesta que había dado nunca. Uno de los grandes momentos fue cuando Marilyn Monroe quiso acabar de cocinar pasta con un secador de pelo. Dinesen, en su línea, siempre tenía algún relato sorprendente que contar. La escritora describiría después a Monroe como «increíblemente bonita», llena de una vitalidad ilimitada y de una inocencia increíble. Llegó a compararla con alguno de los cachorros de león con que se encontró mientras vivía en África.

   Tanto Marilyn Monroe como Dinesen morirían poco tiempo después, ambas en 1962 con un mes de diferencia. La primera por una sobredosis de barbitúricos y la segunda aparentemente por desnutrición, producto tal vez de padecer anorexia nerviosa. Carson McCullers, por su parte, moriría en 1967, después de pasar por una etapa muy dolorosa, tras sufrir cáncer de mama y varios ataques al corazón.

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