Cabaña de Dylan Thomas

   Muchos escritores son famosos por sus maniáticos y excéntricos rituales a la hora de escribir. Victor Hugo, por ejemplo, escondía su ropa y solo se vestía con un gran chal cuando escribió Nuestra Señora de París para así evitar la tentación de salir a la calle. La poetisa Dame Edith Sitwell escribía tumbada en un ataúd abierto. Truman Capote nunca comenzaba ni terminaba un escrito en viernes, insistía en cambiar de habitaciones de hotel si el número de teléfono de la habitación contenía el 13 y nunca permitía que hubiera más de tres colillas de cigarrillo en su cenicero. Muchas de estas manías la recoge Francesco Piccolo en su libro Escribir es un tic. Quizá una de extravagancias más llamativas de los escritores es el lugar en el que escriben sus libros, siempre y cuando no sea en el escritorio de un despacho o en la mesa del bar o cafetería de turno. A continuación, algunos de los lugares más extraños donde los escritores hacen su trabajo.

Dalton Trumbo escribiendo en la bañera

En la bañera

   Dalton Trumbo solía escribir en la bañera por las noches, acompañado de un loro que le había regalado el actor Kirk Douglas. Agatha Christie también escribía en la bañera, en concreto en una gran bañera victoriana, mientras comía manzanas. Antes de renovar su casa se le dijo a su arquitecto: «Quiero un baño grande, y necesito que tenga un saliente porque me gusta comer manzanas».

Vladimir Nabokov escribiendo en el coche. Fotografía de Carl Mydans

En el coche

   A Gertrude Stein le gustaba escribir en el asiento del conductor de «Lady Godiva» su Ford Modelo T mientras su compañera Alice B. Tolkas hacía recados. La escritora se sentía particularmente inspirada por el tráfico en las concurridas calles parisinas. También se dice que Vladimir Nabokov prefería leer y escribir en la intimidad de un automóvil aparcado, siempre escribiendo en fichas, una estrategia portátil que le permitía adaptarse al movimiento del vehículo cuando su esposa conducía en las expediciones que hacían en busca de mariposas.

Maya Angelou en su habitación de hotel. Fotografía de G. Marshall Wilson

En una habitación de hotel

   Ya hemos hablado de la pasión de muchos escritores por el Hotel Chelsea, entre ellos Thomas Wolfe, Jack Kerouac, Arthur Miller o William Burroughs. Muchos de ellos escribieron en el Chelsea algunos de sus libros más importantes. A Maya Angelou, en cambio, le gustaba utilizar una habitación de hotel como su despacho. Las alquilaba en su ciudad y las pagaba por meses. «Tengo un dormitorio, con una cama, una mesa y un baño. Tengo el Tesauro de Roget, un diccionario y la Biblia. Además de una baraja de cartas y algunos crucigramas», escribió la autora sobre su espacio de trabajo. Por lo demás, Angelou retiraba toda la decoración de la habitación y no permitía que ningún miembro del personal del hotel la molestara.

Truman Capote acostado. Fotografía de Pati Hill

Acostado

   Truman Capote escribió: «Soy un autor completamente horizontal. No puedo pensar a menos que esté acostado, ya sea en la cama o estirado en un sofá y con un cigarrillo y un café a mano». Imposible dejarlo más claro. A medida que la vista de James Joyce se iba deteriorando, él también comenzó a escribir en la cama. Por la noche, tumbado boca abajo, envuelto en una bata blanca, Joyce solía escribir con grandes lápices azules. Edith Wharton también escribía en la cama, con su perro bajo un brazo y con el otro tirando las páginas escritas al suelo. La pila de páginas que más tarde su secretaria tenía que pasar a limpio. Marcel Proust también escribía en la cama por la noche, y dormía durante el día. Esta táctica, y la de revestir las paredes con corcho, le permitía aislarse del ruido de las bulliciosas calles parisinas. De Valle-Inclán escribió Gómez de la Serna: «nunca tuvo despacho ni mesa-escritorio, pues escribía en la cama como un agonizante y llenaba cuartillas y cuartillas en la posición más violenta».

George Bernard Shaw saliendo de «Londres»

En un cobertizo

   George Bernard Shaw construyó su propio santuario de escritura en los jardines de su hogar en Hertfordshire. Se trataba de una cabaña que utilizaba un mecanismo giratorio que permitía a Shaw tener sol durante todo el día como escrib. «La gente me molesta», confesó Shaw, «vengo aquí a esconderme de ellos». Llamó a esa cabaña «Londres» para que así su personal no mintiera cuando decían que el autor había ido a Londres. No solo Shaw prefería escribir en un cobertizo de jardín, también Roald Dahl lo hacía, rodeándose de una extraña colección de objetos personales que hoy en día se pueden visitar en su museo. Por su parte, Dylan Thomas escribía en un cobertizo de bicicletas, en Laugharne.

Ernest Hemingway escribiendo de pie

De pie

   Virginia Woolf solía trabajar en su escritorio de pie, se cree que para rivalizar con su hermana, la artista Vanessa Bell, que siempre pintaba de pie. Quentin Bell, el sobrino de Woolf, escribe: «Virginia llegó a sentir que su propia búsqueda podría parecer menos ardua que la de su hermana, a menos que pusiera las cosas en pie de igualdad». Ernest Hemingway también escribió de pie, en un escritorio a pocos metros de su cama. Wallace Stevens tampoco podía sentarse: escribía sus poemas mientras caminaba y luego se los daba a su secretaria para que los pasara a limpio.

A bordo del Further

De viaje

   Walter Scott escribió su poema épico «Marmion» a caballo, montando en el campo cerca de Edimburgo. Se dice que a Joseph Heller se le ocurrió el final de Catch-22 montado en un autobús. Y Tom Wolfe no solo escribió sobre viajes sino que escribió sobre viajes mientras viajaba en autobús, concretamente en el Further, ese autobús escolar que Ken Kesey compró en 1964 para hacer un viaje lleno de alucinógenos y LSD por toda América, acompañado por sus Merry Pranskters, sus fieles seguidores. Ese viaje está en el libro de 1968 de Wolfe The Electric Kool-Aid Acid Test.

Rodeados de amuletos y fetiches

   Dylan Thomas llenó su cabaña con imágenes de Lord Byron, de Walt Whitman y de W.H. Auden, así como listas de palabras aliterativas. Roald Dahl, por su parte, decoró una de las paredes de su cobertizo con una cita de Edgar Degas que decía: «El arte es una mentira a la que uno le da el acento de la verdad». Robert Graves escribía en una habitación amueblada solo con objetos hechos a mano, pensando que de otra manera se interrumpiría su flujo creativo. John Steinbeck siempre tenía doce lápices perfectamente afilados en su escritorio. Y, si hacemos caso de lo que dice Goethe, Friedrich Schiller tenía una manía un tanto extraña: tenía un cajón de manzanas podridas en su escritorio porque consideraba que su olor era inspirador.

   Fuente: AnOther

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