Fresco de Miguel Ángel en la bóveda de la Capilla Sixtina

La caída del hombre, grabado de Alberto Durero

   La historia del pecado original es bien conocida por todos: Adán y Eva cedieron a la tentación de Satanas, convertido en serpiente, y comieron del árbol del conocimiento del bien y del mal, y como consecuencia Dios los expulsó del Jardín del Edén. Este fruto tradicionalmente se ha representado como una manzana, y así es como ha pasado al imaginario colectivo cristiano, pero lo cierto es que originalmente, en el Génesis, no se menciona la manzana en ningún momento. ¿Cómo pasó esta fruta en concreto a ser el fruto del árbol prohibido? Todo se debe a un juego de palabras latino.

   En el siglo IV d.C. El papa Dámaso I le pidió al historiador Jerónimo de Estridón que hiciera una revisión de las versiones hebreas más tempranas de la Biblia y este realizó una traducción al latín hablado conocida como la Vulgata. El proyecto se alargó quince años, pero la versión resultante fue aprobada siglos más tarde por el Concilio de Trento, en 1546, y se convirtió en la oficial empleada por la Iglesia Católica durante cerca de quince siglos. San Jerónimo utilizó un juego de palabras aprovechando que las palabras para «mal» ‒como adjetivo‒ y «manzana» ‒como sustantivo‒ eran la misma: malus. Así, al comer la malum ‒manzana‒, Eva contrajo el mālum ‒el mal‒.

La Caída de Lucas Cranach el Viejo

   En la Biblia hebrea, sin embargo, se utiliza un término genérico, peri, para designar al fruto del árbol prohibido. Este término podía referirse prácticamente a cualquier fruta y, de hecho, los comentaristas rabínicos solían caracterizarla con algunas tan dispares como el higo ‒que es como lo representa Miguel Ángel en la Capilla Sixtina‒, la granada, la uva, el albaricoque o incluso el trigo o alguna especie de vino. Pero aunque San Jerónimo utilizara la palabra malus para referirse al fruto, en su época este término podía usarse para designar cualquier fruto carnoso que diera semillas. Es decir, que malus podía ser una manzana, pero también una pera o un melocotón.

   La manzana comenzó a imponerse al resto de frutas en las representaciones pictóricas de la escena del Génesis sobre todo a partir del grabado que Alberto Durero hizo en 1504, donde el fruto prohibido era una manzana. A partir de ahí la manzana se fue convirtiendo en la fruta prohibida del Jardín del Edén, consolidándose con representaciones célebres como la de Lucas Cranach el Viejo. La manzana se perpetuó, incluso, aunque aquellos que se refirieran a ella fueran profundos conocedores del hebreo, del griego y del latín, y por tanto conscientes del juego de palabras de San Jerónimo y de la ambigüedad del término. Ocurre, por ejemplo, con John Milton, que en El paraíso perdido nombra la manzana en dos ocasiones. Pero es que incluso término «manzana» tenía distintas connotaciones en la época de Milton, pudiendo referirse también a otros frutos carnosos que dieran semillas, algo de lo que el poeta era consciente. El paraíso perdido, por cierto, se acabó convirtiendo en otra de esas obras decisivas para la consolidación del mito de la manzana como fruta del árbol prohibido, algo que tenemos ya asumido que no puede ser de otra forma.

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