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Como ya lo había mencionado en una publicación anterior, el capitalismo entendido como un modelo y una forma de organización socioeconómica en el cual los medios de producción y distribución de bienes y servicios pertenecen al orden privado, y esos dueños de los medios de producción son una minoría del tejido social. Todo operado bajo un tótem vital: el capital –entendido como un elemento de producción constituido por inmuebles, maquinaria, dinero o instalaciones de cualquier tipo, que, en colaboración con otros elementos y factores, principalmente el trabajo y bienes intermedios, se destina a la producción y distribución de bienes y servicios susceptibles de consumo.

Se puede visibilizar la importancia que reviste, para esos grupos minoritarios, mercantilizar o comerciar con todo lo que sea susceptible de poner en manos de los consumidores, mimos que representan la mayoría de la sociedad, pero que no son más que otro medio de producción gracias a su fuerza de trabajo.

Bajo este contexto, cualquier actividad tendiente a generar un consumo moderado o excesivo de los bienes y servicios que ofrecen los capitalistas – duelos de los medios de producción – se erige como un principal objetivo de éstos, atendiendo a sus intereses personales, en perjuicio de sus similares, cuya única fuente de ingreso es su reducida fuerza de trabajo. Se quiere decir, que el tejido social que no forma parte del minúsculo gremio capitalista, se ha cosificado por este último, viéndolo sólo como un medio de producción más y como un receptor ideal para colocar esos bienes y servicios que han producido.

En esta inteligencia, el buen fin representa un producto del capitalismo, pero a su vez, también uno de sus mayores logros. Ya que materializa íntegramente lo líneas arriba mencionado. Fomentando e incitando al consumismo irreflexivo.

Presenciar tiendas de cualquier índole repletas de personas, quienes se encargan de vaciarlas de manera irracional e incontrolable, no es, sino uno de los más grandiosos éxitos del capitalismo voraz e irracional. Esto, a través, como lo refiere Joseph Lajugie, del intercambio de bienes y servicios mediante el comercio libre, libre entre comillas, en virtud de que esto se encuentra devenido por el sinnúmero de bombardeos ideológico-comerciales que nos otorgan los medios de comunicación masiva y las redes sociales. En otras palabras, toda propaganda comercial, de cualquier fuente y naturaleza, ofrece productos y/o servicios, cuya principal función es otorgarle, a los consumidores, la felicidad.

Queremos decir, que en ningún momento se nos deja ser libres al momento de consumir, en razón de que previamente a que vayamos a adquirir algún bien o servicio, los capitalistas ya han condicionado e influido en las decisiones que, según nosotros, tomaremos de manera libre.

Si bien es cierto, el consumir es una actividad necesaria e indispensable para subsistir como especie, en lo particular y en lo colectivo, no menos cierto es que debemos hacerlo bajo el tamiz de la razón, no dejando que nuestras decisiones sean un producto y consecuencia del capitalismo.

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