Ha sido una agradable sorpresa, por inesperada, haber recibido una carta postal escrita a mano. Es de un lector al que le envié un libro hace unas semanas. Por si el hombre quería ponerse en contacto conmigo, le puse en la página final del libro mi dirección de correo electrónico, pero me ha escrito antes de terminar de leerlo, y ha sido a mano y por carta…

   Hace unas semanas recordé que había prometido enviar un ejemplar del libro, terminado, a varios de los personajes que en aquel periplo se cruzaron, para mi fortuna, en mi camino. Uno de ellos fue el abogado que me llevó el asunto de la denuncia a la empresa. Cuando pasó el juicio y me mudé aquí para empezar una nueva vida, me despedí de él, y le dije que le llevaría un ejemplar del libro que iba a escribir en el año sabático que comenzaba en aquel mismo día de junio del 2016.

   Hoy he recibido una carta que el funcionario de correos ha dejado asomada por debajo de la puerta. La he recogido del suelo, y he sonreído al ver que era del abogado. Dentro había una hoja escrita por una cara, en la que me dice cosas como estas: «Enhorabuena por ser el capitán de tu destino y conseguir tus objetivos, a pesar de las tempestades y reveses de la vida.» Además, me dice que está leyendo el libro, y le está gustando, y le parece interesante.

   También hoy he escrito un correo electrónico a otro amigo del que me acuerdo muchas veces, pero para el que no acababa de encontrar el momento de mandarle noticias. Han sido unas breves líneas diciéndole las últimas novedades y preguntándole qué tal le va. Pero una cosa, es decir, el correo que he escrito, al que ha seguido el hecho de recibir la carta postal del otro, me ha llevado a pensar en la cada vez mayor superficialidad de las relaciones personales:

   Pienso que la amistad no se deteriora ni empobrece por dejar de verse con asiduidad; tengo amigos a los que no veo todos los años, y otros con los que no hablo casi nunca. Pero la fuerza invisible que mantiene los lazos fuertes, siempre es la comunicación auténtica y sincera, dejando de lado los remilgos y los tratos corteses. La gente que me gusta es la que no tiene miedo de desnudar su alma, y si es preciso llorar en medio de una conversación sobre algo que quema por dentro.

   Por otro lado, están el resto de relaciones sociales, que no deberían confundirnos. Afortunadamente, soy de los que todavía recuerdan, porque fuimos niños criados en la prehistoria de la tecnología moderna, cuando mi vecino saltaba el muro entre su casa y la mía, para llamarme a la puerta y preguntarme: «¿Quieres salir a jugar al fútbol?». Era fácil y era simple. Ahora es todo más complicado:

   Ahora los chavales se creen que tener 700 seguidores en Instagram los hace populares. ¡Conozco un perrito que tiene más de 1.000! Pero a él le da igual, porque lo que más quiere en el mundo es que sus dueños le den mimos y salgan a correr con él por el parque.

   No somos tan diferentes a los perros.

   Corremos el riesgo de sentirnos solos rodeados de miles de ‘me gusta’, cuando es más sencillo hacer una llamada por teléfono y preguntarle a un amigo qué tal le va; o quedar a tomar unas cervezas y en vez de ver el fútbol o hablar del trabajo, preguntar al otro «¿Qué tal?», esperando una respuesta que no sea la de «Ya sabes, aquí, luchando».

   Me gustan mis amigos, y me gusta hablar con ellos y preguntarles qué tal, y escuchar la respuesta… Me gusta que me pregunten, y contestar sinceramente… Me gusta desviarme de la ruta para parar a visitar a alguien, aunque no lo tenga como amigo en Facebook… Prefiero mirarle a los ojos a una persona que llora contándome un problema, que sonreirle a la cámara de un teléfono y elegir una entre 300 fotos para recibir un poquito de cariño virtual.

   También me gustan las cartas escritas a mano, con mala letra y tachones, y las postales de las vacaciones, aunque nada más que digan: «Me acordé de ti».

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