Recuerdo, hace no mucho, escuché un programa de radio francés antiguo en el que el locutor pronunciaba nombres de personalidades que él había conocido. Él no era nada más y nada menos que Jean Cocteau. Decía de Marlène Dietrich que su nombre era una caricia, pero su apellido rompía esa caricia con esa brusquedad abrupta de los nombres alemanes.

   Françoise Sagan… las letras están dispuestas de tal modo que componen una caricia y casi un beso, la ese sisea en nuestra boca y deja huella, como su literatura.

   Buenos días tristeza, adiós tristeza… en francés suena más como una nana. Este verso no es de Sagan, pero bien podría ser suyo ya que de entre todos los poemas de amor escritos por Éluard, le charmant petit monstre decidió abrazar este verso en el que uno se sumerge de lleno en el mundo de la melancolía.

   Miro la foto de portada de mi libro de Bonjour tristesse de Sagan. Es una edición barata de pocket, pero me gusta porque aparece el rostro de Sagan. Aparece con su pelo corto, que al principio de los años sesenta llevaba al estilo garçonne, y sentada. Curiosamente su sonrisa es una sonrisa sincera que no esconde ni pretende ser algo más allá de lo que fue esta foto; una foto para la prensa o para una portada de la época. Me voy a Internet y encuentro otras fotos, en la mayoría aparece o bien riéndose y con amigos o bien sola reflexionando. Su mirada esconde todo lo que después se retrata en sus libros, la melancolía y la tristeza detrás de una vida desenfrenada y en apariencia feliz.

   Cuando terminó sus estudios e hizo el bac (selectividad francesa) la pregunta de su ensayo filosófico, a la que Sagan tuvo que responder fue la siguiente: ¿En qué se parece la tragedia a la vida? Esta pregunta parecía ser el preludio a una reflexión más profunda que realizó Sagan y que, en ese mismo verano, la llevó a escribir su afamada novela Buenos días tristeza. Su amiga Florence Malraux la animó a publicar esta novela y la ayudó a darse a conocer en el complicado mundo editorial de los años 50 de Francia de la época. Hay que tener en cuenta lo difícil que era entrar en el circulo literario francés y más concretamente parisino de la época ya que, los intelectuales franceses como Sartre, Beauvoir, y escritores de la talla de Romain Gary o Beatrix Beck eran aclamados escritores, asentados en el mundo editorial contra los cuales en cierto modo «tenía que competir» Sagan.

   Buenos días tristeza se convirtió en uno de los libros más vendidos de la época, tuvo un éxito inesperado incluso por parte del mercado editorial de la época. Los elogios hacia el libro fueron a la par con las críticas por la falta de «decencia» según los conservadores del momento. Cierto es que para los años 50 resultaba chocante que una joven fuera capaz de mantener relaciones sexuales sin quedarse embarazada pero eso no es lo importante de la obra.

   La novela de Sagan refleja ese sentimiento de hastío y soledad del ambiente burgués en el que se había criado la escritora. Mostraba como la tristeza la invadía y a menudo la intentaba paliar en casinos, salas de baile y coches a gran velocidad arrasando con los sentimientos de las personas que rodeaban a la protagonista de su libro. Años más tarde fue la misma Jean Sebberg quien se puso en la piel de Cecile, todos sabemos el final tan trágico que tuvo esta actriz…

   Por desgracia, Sagan adoptó (o quizás era su destino llevar) ese ritmo de vida. Coches deportivos, casinos, relaciones de amor fallidas… esa fue la vida de su propia novela que pocos han leído. Su primer matrimonio fue fallido y su separación tan fugaz que se perdía desde el primer instante como el Jaguar que conducía en la época. Su segundo matrimonio no dejo de ser más desastroso que el primero, casada con un admirador suyo perteneciente al mundo editorial y más mayor que ella, Sagan no pudo aguantar la vida de matrimonio convencional y al separarse escribió una de sus obras más conocidas y aplaudidas ‒ ¿Le gusta Brahms? cuya interpretación cinematográfica la dirigió Anatole Litvak y la protagonizaron Ingrid Bergman, Yves Montand y un jovencísimo Anthony Perkins.

   La adaptación recibió el nombre de No me digas adiós aquí en España, no logro entender muy bien el porqué de ese titulo, ya que el principal protagonista de este libro es un triángulo amoroso y la duda sobre qué es el amor de una ya madura Ingrid Bergman. Hay una escena de esta película que hace las delicias de cualquier cinéfilo en la que, Ingrid Bergman aparece conduciendo un coche en un despejado París, ella empieza a llorar y se mueve el parabrisas intentando limpiar su consuelo dentro de un cielo despejado. Una metáfora que alude perfectamente al argumento del libro, en el que Pauline se siente totalmente atormentada por la hipocresía de su adultero compañero pero no se atreve a confesárselo. Sin embargo cree conocer lo que es el amor, al menos lo vive como nunca antes en los brazos de un joven Anthony Perkins que no es capaz de avanzar en una relación de pareja.

   Los libros parecían escribirse solos: la chamade (interpretada en el cine por Catherine Deneuve), un certain sourire… Años más tarde, en una de sus fiestas de Saint Germain Sagan conoció al que sería su último marido. Westoff era un modelo americano pero era homosexual. Sin embargo, la conexión entre ambos era tal que durante un tiempo éste vivió con su pareja y con Sagan y su compañero de entonces. En los años 70 la vida de Sagan empezó a torcerse, llevaba una vida en la que el alcohol y las drogas eran sus principales compañeras de vida. Era como una especie de Dr. Jeckyl y Mr. Hide. Se relacionaba con grupos de literatos selectos como Sartre pero en su apartamento de Rue d’Alesia la droga y el alcohol en exceso le daban las buenas noches. No obstante, entre tanta sombra hubo un atisbo de luz que fue su compañera de vida hasta la muerte, Peggy Roche, redactora de Elle. La pareja era discreta, no porque se avergonzaran pero Sagan siempre quiso proteger a Roche de lo que envolvía el conocido phénomène Sagan.

   Los libros se escribían con la naturalidad y frecuencia de siempre, pero las deudas con el estado crecían cada vez más. Ni su amigo el por aquel presidente de la República, François Mitterand, pudo ayudarla a resolver sus problemas con el fisco. Desde la muerte de su inseparable y adorada Peggy, Sagan fue de mal en peor, hasta que en 2003 falleció sola, arruinada y cansada de vivir. Su muerte era esperada, ese ritmo no podía sostenerse, ella tampoco. Quizás fue la cura a su desenfrenada vida. No obstante, fue generosa ya que en ningún momento dejó de escribir. Su literatura crece al ritmo que ella y sus vivencias se plasman en las novelas y en la obra de teatro que dejo escritas; siempre bajo «ese desconocido sentimiento cuyo tedio, cuya dulzura me obsesionan, dudo en darle el nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza».

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