La mayoría de los que escribimos queremos publicar. Hoy en día hay muchas opciones para ello y yo, que acabo de llegar, no voy a ser quien ilumine estas sombras. Sí puedo, por otro lado, dar fe de un abordaje que sufrí en mis carnes.

Opté por la publicación tradicional para responderme a la pregunta de si a una editorial le podría resultar interesante mi obra, no solo a nivel literario, sino también económico. Envié mi borrador a varias editoriales que son de mi agrado y donde me gustaría verme publicado. Por último, también me ofrecí a una última que desconocía, pero que había publicado una novela que me gustó muchísimo, ganadora, incluso, de un premio literario. Pues bien, a los tres meses de dicho envío, esta empresa me responde por e-mail; quieren saber si mi novela sigue disponible. Ya me vi en todas las librerías de España junto a mi libro idolatrado, ese, el que me dejo hecho todo un demacre. Les llamé para presentarme y acordar una reunión, ya que pensaba, iluso de mí, que estos asuntos hay que hablarlos en persona o al menos, si la distancia lo dificulta, de forma telefónica o virtual. No hacía falta, me contestaron, le mandamos un e-mail con el contrato.

En efecto, me adjuntaron un contrato tipo, y a cada línea mi estupefacción crecía. Esta empresa se comprometía a diseñar la portada, maquetar el libro, lanzar una primera edición de 200 ejemplares junto a una presentación en la ciudad donde más conocido sea y la distribución de la obra en unos estantes de una librería en Madrid y en las librerías que lo soliciten, así como en su página web. El contrato estipulaba que el autor comenzaría a percibir algún rédito de su obra a partir del ejemplar vendido número 301. Para mayor escarnio, incluso el porcentaje destinado al escritor era más bajo de lo habitual. Como guinda me daban un plazo de 5 días para aceptar la oferta. Parece ser que las cualidades —literarias y rentables— de mi obra caducaban mucho más rápido de lo que yo pensaba.

Presionar con plazos tan cortos es una estrategia de venta agresiva al puro estilo teletienda…o del timo de la estampita. Lo sé bien, he vendido como en la teletienda, también he comprado alguna estampita que otra.

Si ponemos los pies en la tierra, un autor novel sin presencia en las redes, que no es presentador de televisión, ni periodista, ni futbolista, ni cocinero, ni princesa del pueblo, que firma con una editorial pequeña que no participa en los circuitos de grandes superficies y distribuidoras, ya le irá bien si vende 100 ejemplares. Sentenciar al autor a no cobrar hasta el ejemplar vendido 301 es sentenciarle, con casi toda probabilidad, a no cobrar.

No recibir nada por tu trabajo. En este párrafo me extendía acerca de los muchos esfuerzos que supone el sacar una novela adelante, pero como escribo para un medio empático con el escritor, lo omito.

Vale, en La piedra de Sísifo somos soñadores, aceptamos pulpo, veamos la posibilidad de ser un éxito de ventas y vender tantas unidades como para ganarnos una porción en la tarta de beneficios.

Indagué el precio de las obras publicadas por esta editorial, unos 20€ de media. Si multiplicamos este precio por los 300 ejemplares necesarios para que el autor comience a recibir su merecida retribución, nos da como resultado que la novela ha facturado la cantidad de seis mil euros antes de que el autor vea un céntimo.

¡Un millón de pelas! Exclama mi subconsciente, un tanto viejuno.

A partir de esta cantidad, al autor le corresponde poco más de 1€ con 50 céntimos por cada ejemplar vendido.

Conclusión, si tu obra es buena, insistes mucho, tienes familia numerosa y multitud de amigos y consigues también convertirte en todo un éxito de ventas, es posible que ganes lo suficiente para comprarte un libro nuevo de tu autor favorito, al menos en edición de bolsillo. Bravo.

Esa es otra, encima el autor es el mejor y mayor comercial de su obra, que trabaja gratis para conseguir llegar al máximo de lectores posibles. Un negocio redondo, para la empresa, claro.

Entonces, alguien me preguntará: ¿tu escribes para publicar y ganar dinero? Parece que es eso todo lo que te importa. Pues no, si esa fuera mi motivación ya haría tiempo que hubiese tomado las de Villadiego. Podéis echar un ojo al blog de Isaac Belmar si tenéis dudas de por qué escribimos los que escribimos. Lo explica estupendamente.

Con esto y con todo, he de confesar y confieso que mis ganas por ver mi obra publicada eran tales que sopesé aceptar el contrato, aun sabiendo la puñalada trapera en que consistía. Antes de contestar, respiré profundo, me pregunté si, después de todo lo que he pasado, me iba a sentir orgulloso y realizado de publicar bajo estas condiciones. Como dudaba, o más bien, seguía con mis esperanzas y sueños de publicar, en vez de responderles con mi decisión, les plantee una serie de preguntas un tanto obvias dentro de una editorial, como si, en caso de aceptar su contrato, recibiría una corrección orto-tipográfica y de estilo, qué acciones de marketing habían planeado para mi novela o qué opinaban acerca de un par de escenas de la novela. Les reiteré mi deseo de reunirme para hablar de estos y otros asuntos, ya que la comunicación exclusivamente por e-mail me parecía insuficiente.

Al cuarto de hora recibí su contestación: debido a mis «dudas», argumentaron, entendían que yo no estaba interesado en publicar bajo su sello editorial. Date.

Al poco me llamó Boria Ediciones. Con la experiencia vivida, estuve a punto de mandarles a donde el viento pega la vuelta. Nos reunimos. Pasamos toda una tarde planeando el proyecto. El editor se había leído el borrador de cabo a rabo, qué digo leído, se lo había estudiado. Su entusiasmo contagiaba, contagia. Me propuso cambios y mejoras, hablamos de la portada, los plazos a seguir, correcciones, redes sociales, presentaciones, ferias y condiciones del contrato. Al final, pagó las rondas, hecho que terminó de seducirme del todo. Desde que firmé, he vivido durante medio año el proceso editorial de llevar un borrador a convertirse en una novela, y quizá sea esto, la implicación de un tercero en tu obra —y si es un loco, mucho mejor—, lo que de verdad importa a la hora de diferenciar una editorial con aquellos que se hacen llamar editorial y en verdad sólo ofrecen servicios de maquetación, imprenta y distribución, a un precio abusivo y sin sonrojo alguno.

En fin, solo pasaba por aquí para avisar a todos los navegantes que ¡cuidado! hay piratas ahí fuera que hondean una bandera negra con sello editorial por calavera. Ya han secuestrado a muchos escritores, buenos escritores, les han esclavizado en las galeras y trafican con sus historias.

No te confíes, podrías ser el siguiente.

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