La invención de la Generación del 27 de Manuel Bernal Romero

Aunque parezca un despropósito, la historia de la literatura se levanta muchas veces sobre mentiras. Ya sea porque los propios protagonistas mienten para darle, por poner el caso, mayor epicidad o mayor simbolismo a la realidad, o porque la única manera de acercarnos a niveles más superficiales a la historia, llena de matices y complejidades, es a fuerza de reducciones y simplificaciones que, llegado el caso, pueden rayar en la mentira. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el concepto de «generación», que como explicó con tremenda lucidez Ricardo Gullón en La invención del 98 es una noción poco clarificadora, e incluso inservible, para segmentar y agrupar escritores, movimientos, estilos o grupos literarios. Pocos conceptos dentro de la historia de la literatura, sin embargo, están tan marcados a fuego en el imaginario colectivo como el de «generación», tanto que no es extraño que proponer el abandono de términos como los de «Generación del 98» o «Generación del 27» pueda ser calificado de sacrilegio.

El ensayo de Manuel Bernal Romero publicado en Berenice, La invención de la Generación del 27, es uno más de esos intentos por desmontar no ya el concepto de «generación» sino toda la mitología que existe alrededor del nacimiento de ese grupo de poetas que quedó unido, para siempre y de forma indeleble, con el fallecimiento de Luis de Góngora. El término «Generación del 27» ha sido ampliamente cuestionado por gran parte de la crítica debido a diferentes motivos: la singularidad estilística de cada uno de sus autores hace que se les pueda agrupar de manera minimamente homogénea con bastante dificultad, carecían de una motivación histórica al nivel del 98 ‒más allá de la fecha, un tanto azarosa, de la muerte de Góngora‒, carecían de un líder reconocible o de una influencia clara, más allá de cierto magisterio de Juan Ramón Jiménez o de Ortega y Gasset. Dámaso Alonso intentó darle cierta carta de validez basándose en otros elementos un tanto ambiguos: «coetaneidad, compañerismo, intercambio, reacción similar ante excitantes externos».Tampoco existe consenso en la nómina oficial de escritores que forman parte del grupo. Tradicionalmente se han incluido apenas una docena de autores, todos ellos reconocidos poetas, pero se suelen dejar fuera novelistas y dramaturgos, así como a todas las escritoras ‒conocidas como Las Sinsombrero‒. Es más, ¿qué hacer con otros artistas como músicos, pintores y cineastas, que incluyen figuras tan próximas al grupo como Luis Buñuel, Salvador Dalí o Manuel de Falla?

Pero no van por ahí los tiros en el enfoque de Manuel Bernal. Este profesor, investigador y periodista ha buceado en inmensas cantidades de documentación para hacer un registro exacto de los acontecimientos ocurridos entre mayo de 1926 y diciembre de 1927, el período en el que tuvo lugar el nacimiento del grupo poético. Gran parte de esos sucesos fueron relatados de primero mano por Gerardo Diego, dando lugar a una versión que pocos se atreverían a cuestionar. Su crónica se acabó convirtiendo en la versión más difundida y con el paso del tiempo terminó siendo prácticamente la única referencia reconocida sobre ese momento histórico. Pero, ¿qué pasaría si Gerardo Diego no hubiera sido del todo exacto con la realidad? ¿Y si hubiera exagerado algunos hechos, cuando no mentido directamente? Esa es la tesis que defiende Bernal en su libro, que la Generación del 27 se fraguó sobre una invención, eso sí, ingeniosa y divertida, pero no por ello menos invención.

Sin menoscabar para nada la calidad artística de los autores que componen el grupo, La invención de la Generación del 27 rompe con la visión más tradicional de la historia de la literatura y demuestra, basándose en correspondencia de sus protagonistas, en recortes de prensa de la época, en versiones muy distintas a la de Gerardo Diego, que ese propósito por convertir a una serie de jóvenes escritores en un canon generacional ético y estético responde a una planificada y cuidadosa estrategia de marketing literario, puesta en marcha por el propio Gerardo Diego, con el apoyo de Rafael Alberti.

Para empezar, la elección de Luis de Góngora como buque insignia del grupo, una decisión tomada por Gerardo Diego y por Dámaso Alonso, se debió sobre todo a que era un poeta por el que no se tenía mucha consideración y a que en ese momento la efemérides de su muerte es la que les venía más al pelo porque era la más inmediata ‒para celebrar a Lope de Vega, por ejemplo, habrían tenido que esperar cinco años‒. A continuación Bernal narra todas las vicisitudes de la confusa organización de los fastos en torno al centenario de Góngora que el grupo celebró en Madrid y en Sevilla. La conclusión, contrastando fuentes, es que la versión oficial no es tan fiel a la realidad como se ha considerado, que los hechos ocurridos en esa celebración «no fueron tan esenciales ni tan reales como se nos ha transmitido, [sino que] más bien respondieron a una recreación que solo puede estar al nivel de la genialidad de sus impulsores y sus protagonistas». La realidad es que muchos de los hechos que se relatan no tuvieron lugar: ni las hogueras donde se quemaron libros, ni el auto de fe ni la verbena en honor a Góngora.

Gerardo Diego, que es quien lo orquestó todo, sabía que si no salían en los periódicos no tendrían repercusión alguna así que después de intentarlo con bastante desfortuna en Madrid, volvieron a hacerlo en Sevilla. Es ahí que Bernal sigue los pasos del grupo, documentando la excursión en tren a la capital hispalense que sufragó Ignacio Sánchez Mejías y el contexto en el que se tomó la célebre fotografía, icono de la literatura hispánica del siglo XX, durante la celebración del intrascendente homenaje a Góngora que tuvo lugar a mediados de diciembre de 1927 en el Ateneo de Sevilla ‒foto en la que, por cierto, no aparecen ni Vicente Aleixandre, ni Pedro Salinas, ni Luis Cernuda‒. No es que no hubiera gamberradas ni polémicas, pero fueron debidamente exageradas para darle una mayor epicidad a la celebración. Y el seguimiento que se hizo por parte de los autores que tradicionalmente forman parte del 27 no fue tan masivo ni tan entusiasta como cabría esperar ‒lo que incluso obligó a Alberti a falsificar firmas en un momento determinado‒. Tampoco hubo interés por autores ya consagrados por Unamuno, Antonio Machado, Baroja, Valle-Inclán o Juan Ramón Jiménez. Era necesario, pues, exagerar un poquito para hacerse oír.

Icónica fotografía del grupo, en el Ateneo de Sevilla en diciembre de 1927

Además de referirse a los hechos que conformaron el nacimiento del 27, Manuel Bernal dedica algunos capítulos más a hablar, muy brevemente, de cómo se excluyó a las mujeres del homenaje, de las dos versiones que existen de la mítica fotografía del Ateneo de Sevilla y de los más importantes periódicos y revistas literarias de la época, una fuente primordial para conocer de forma directa la verdad de lo que ocurrió ‒especialmente se detiene en el enfrentamiento entre La Gaceta Literaria de Ernesto Giménez Caballero y Lola, suplemento de Carmen, de Gerardo Diego‒. Se incluyen también algunas fotografías y los 1091 versos de la Soledad primera de Góngora, que se supone que habrían sido recitados de memoria por Dámaso Alonso y Sánchez Mejías en un torneo que mantuvieron durante la gira sevillana en una fiesta en el cortijo de Pino Montano, propiedad del segundo.

Lo curioso es que La invención de la Generación del 27 se presente como un libro polémico y desmitificador, rupturista con la versión oficial, cuando fue el propio Gerardo Diego el que reconoció que había exagerado en un artículo publicado en el diario Arriba de Madrid en 1977. «Con todo lo que rodeó el nacimiento de la Generación del 27 se podría escribir una de las historias literarias más bellas y divertidas», escribe Bernal. Si la literatura es, en esencia, mezcla de ficción y realidad, ¿puede haber algo más literario que el hecho de que el nacimiento de un grupo de escritores se base en una mentirijilla? Destaparla y conocerla es, desde luego, un acto de responsabilidad moral hacia la historia de las letras españolas contemporáneas.

Comentarios

comentarios