El libro y el editor de Éric Vigne

El tremendo avance que la autopublicación ha experimentado en los últimos años ha tenido sus ventajas y sus inconvenientes. Publicarse a uno mismo ya no es una labor tan cara ni tan tediosa como antiguamente. Existen infinidad de opciones para los autores que permiten llegar a un público potencialmente ilimitado a un coste bastante económico. Plataformas como Amazon, por poner un ejemplo, permiten al autor publicar su novela en tiempo récord tanto en soporte físico, con impresión bajo demanda, como digital, otorgando al creador un control total sobre su obra. Pero conviene no confundir los conceptos de «publicar» y «editar» ‒en ese sentido, incluso se podría poner en duda la «autoedición»‒. Puede parecer una afirmación de Perogrullo, pero editar implica seleccionar un texto, corregirlo y maquetarlo para, a continuación, pasar a publicarlo, que es cuando se le da la forma de libro, ya sea en papel o en digital.

La confusión de conceptos no deja de ser hija de los tiempos que corren. Si la autopublicación es una opción viable a la edición tradicional, si las tecnologías son cada vez más baratas y sencillas de utilizar y los canales de distribución y comercialización más efectivos, entonces ¿para qué necesitamos a editoriales y a editores?

Para empezar, conviene no subestimar el proceso de selección que lleva a cabo una editorial. No hay duda de que se publica demasiado. Solo en 2016 se publicaron en España 81.391 libros. En su ensayo Los demasiados libros Gabriel Zaid advierte que los libros se multiplican en proporción geométrica mientras que los lectores lo hacen en proporción aritmética. Entre 1950 y 2000 se llegaron a publicar aproximadamente 36 millones de ejemplares, lo que equivale a un libro cada medio minuto. «Si uno leyera un libro diario estaría dejando de leer cuatro mil publicados el mismo día. Es decir: sus libros no leídos aumentarían cuatro mil veces más que sus libros leídos», dice Zaid. Y, según todo parece indicar, estas cifras continuarán creciendo en las próximas décadas. Ante semejante panorama es innegable que los filtros son necesarios, que editoriales y editores tienen que jugar ahora más que nunca un papel fundamental en el mundo del libro.

Es por eso que ensayos como el de Éric Vigne, , son tan de agradecer. No solo porque reivindique el papel no ya de la editorial sino del editor, como persona, sino porque hace un análisis crítico tremendamente exhaustivo de la industria editorial y de las transformaciones que ha padecido durante todo el siglo XX, ofreciendo un panorama muy esclarecedor de la situación actual.

Vigne huye de la queja fácil, que es todavía más fácil cuando de libros se trata. ¿Hay crisis en el sector? Nada nuevo bajo el sol, advierte el editor francés, y recuerda que el también editor Ernest Flammarion ya se quejaba del exceso de libros a principios del siglo XX con estas amargas palabras: «Los libros editados no reciben el suficiente apoyo. Nada más publicados, aparecen otros que los relegan al olvido; el gusto del público se distrae constantemente por el flujo continuo de nuevas publicaciones». Ahora bien, hay una diferencia fundamental: a lo largo del siglo XX el libro, que era un signo de distinción, una obra de arte o una manera de transmitir conocimiento e ideas, pasa a convertirse en una mercancía más, en un objeto de mercantilización. Lo vemos en Amazon, el rey de la autopublicación. No es ya que encontremos en la misma tienda ‒digital‒ bombillas, aspiradoras o muebles de jardín y libros, es que todos ellos se tratan como si fueran lo mismo. Es esta la verdadera muerte del libro.

La pregunta no es realmente de qué sirve el editor si cualquiera, con un ordenador y una simple conexión a Internet, puede publicarse su propio libro, sino más bien de qué sirve el editor si los libros son tratados como bombillas, como aspiradoras o como muebles de jardín. Para responder a esta pregunta hay que plantearse primero si el editor tiene que tratar de imponer sus gustos al público o si es preferible someterse a su voluntad. Es por ello que Vigne distingue dos modelos de edición: por una parte, los grandes grupos editoriales, al servicio de los grupos de comunicación y de los distribuidores, donde el editor ocupa un papel secundario y que solo publicarán libros que produzcan una gran rentabilidad; por otra, las editoriales con un catálogo trabajado y sólido, hecho lentamente, con coherencia y responsabilidad, basado en los gustos personales de un editor. Y asociados a cada uno de ellos un tipo de literatura. En la primera, clara y amable, el libro deja de ser un fin y se convierte en un medio, como creador de opinión y resultado de las modas del momento. La segunda es una literatura de calidad, nacida con la intención de perdurar en el tiempo y quizá, algún día, convertirse en clásica. Aunque Vigne rehuye de una visión polarizada del sector: muchas editoriales tirarán de éxitos de temporada para poder financiar libros de ventas más discretas.

También se oponen en lo que a cauces de distribución se refiere. No es solo que detrás de la literatura mercantilizada haya una apuesta fuerte por la publicidad, es que esta se encontrará en grandes superficies, en estaciones, en aeropuertos o en supermercados, mientras que la literatura exigente tendrá su nido en librerías independientes, menos accesibles al público. La consecuencia lógica es inevitable en lo que respecta a ventas. Cuando se dice que se ha producido un incremento en el volumen de ventas de libros lo que se quiere decir en realidad es que se venden más ejemplares de un mismo título, no más cantidad de títulos distintos.

Repito: Éric Vigne reivindica la figura del editor sin caer en maniqueísmos. Es evidente que, como editor que es, tienda a caer más de un lado que de otro, a estar más a favor de esas pequeñas editoriales que trabajan ‒siempre con muchísimo esfuerzo‒ por crear un catálogo lleno de literatura de calidad que de esos gigantescos monstruos editoriales donde los libros quedan difuminados en un entramado que, bajo el membrete de «comunicación», aglutina mundos tan distintos como el de la prensa o la televisión. Pero es que, no lo olvidemos, se trataba de reivindicar al editor y, por encima de todo, a su visión personal. «¿Cuál es la aportación intelectual del editor si se pliega a una selección de autores que no ha hecho él, a una escritura que proviene de mundos en los que el eslogan reductor sustituye a la voz elaborada, a una escritura empobrecida por la pasteurización de cualquier idea elevada, con un calendario que no ha marcado él», se pregunta Vigne. Y como respuesta, El libro y el editor nos deja entrever que ninguna. Quizá la respuesta pueda parecer de Perogrullo pero había que plantearlo. Y si es con una mirada certera y profunda, huyendo de críticas facilonas en plan «todos los bestsellers son basura» o catastofristas en plan «el libro ha muerto», mejor que mejor.

Comentarios

comentarios