Borges. El laberinto infinito, de Nicolás Castell y Óscar Pantoja

Los cómics biográficos, y particularmente los de escritores, están en pleno boom. Las viñetas permiten narrar con un lenguaje muy distinto al que tendría una biografía al uso, permitiendo recursos que de otra forma serían inimaginables. Sino que se lo digan a Óscar Pantoja, que desde finales de 2011 ha publicado, con bastante éxito, una novela gráfica sobre la vida de Gabriel García Márquez ‒Gabo. Memorias de una vida mágica‒ y otra sobre el mexicano Juan Rulfo ‒Rulfo. Una vida gráfica‒. Ahora, dispuesto quizá a volcar al lenguaje visual la vida de algunos de los más grandes autores latinoamericanos, lanza una tercera biografía gráfica, esta sobre Borges, publicada en Rey Naranjo Editores.

Titulada Borges. El laberinto infinito, la biografía del que puede considerarse sin duda el escritor argentino más universal está narrada de forma atípica. No hay linealidad ni continuidad. No hay una cronología. La historia se compone de diez pequeños capítulos, de una decena de páginas más o menos cada uno, relativamente enlazados entre sí, y que poco a poco van ofreciendo, por acumulación, una visión de conjunto no solo del escritor sino de todo el universo borgiano. En realidad es el recurso más coherente: no habría tenido sentido escribir una novela gráfica tradicional sobre un autor que no llegó a dejar escritas novelas, y cuya obra se compone casi exclusivamente de retazos breves, de fogonazos que iluminan, como lo hacen cada uno de los relatos que componen este libro. Uno de los grandes aciertos de esta biografía es, por tanto, conseguir remedar el estilo literario del autografiado. ¿Pueden decir eso muchas biografías?

A través de las espectaculares y coloridas viñetas de Nicolás Castell, la historia no lleva capítulo a capítulo por algunos de los momentos más importantes de la vida del escritor, usando como hilo conductor el proceso creativo que le llevó a escribir «El Aleph», uno de sus relatos más emblemáticos, así como la base vital sobre la que se sustentó, su enamoramiento de la escritora Norah Lange, su Aleph particular, que finalmente acabó casándose con la antítesis borgiana Oliverio Girondo. Pero además de «El Aleph», la biografía hace referencia a algunos de sus relatos más deslumbrantes, a «La casa de Asterión», a «El inmortal», a «Funes el Memorioso» o a «La biblioteca de Babel», en un capítulo que derrocha surrealismo fantástico en cada viñeta. ¿Cómo no iba a estar presentes los sueños tratándose de Borges? Tampoco faltan otros obsesivos símbolos borgianos como los libros, los espejos, los tigres, el doble, la Pampa, el heroísmo gaucho o la ceguera. Y lo mejor de todo: ni hace falta ser un experto borgiano para disfrutarlo ni resulta demasiado obvio para aquellos que estén familiarizados con su obra.

En lo que respecta a la manera de narrar, el trabajo visual, además de ser espectacular, es el sustento sobre el que se sostiene el peso del relato. Sobre la imagen y sobre los silencios que las acompañan. Y también sobre los diálogos, porque no hay ni una sola acotación en toda la historia. Nada se explica, todo se muestra. El resultado es una narración muy poderosa que aprovecha con bastante destreza todos los recursos que proporciona el cómic.

¿Y qué tal sale parado Borges de todo este embrollo? Tratándose de Borges lo fácil hubiera sido caer en la mitificación. Al fin y al cabo, es Borges. Sin embargo, no, el libro de Castell y Pantoja no es una hagiografía. El protagonista no es el Borges al que todos admiramos y respetamos, sino el Borges humano, el Borges que tiene emociones, que ama, que está inseguro, que siente miedo. Por mucho que se contara con un apoyo visual poderoso, no merecería la pena como biografía si se ocultaran sus debilidades bajo la alfombra. Es más, el balance general es más amargo que otra cosa. Un poso de melancolía y de decepción recorre toda la obra. Ahora bien, ¿acaso no han nacido las mejores páginas de la literatura del fracaso y de la nostalgia? Borges sufre, pero su sufrimiento es catártico. No es solo que consigamos aprehender su universo e integrarnos en él, que es en definitiva lo más alto a lo que aspira una biografía, es que sentimos la emoción de quien sabe que tiene una obra de arte en las manos. Imposible estar más a la altura del biografiado, vamos. ¿Se puede pedir más?

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