Empiezo a creer que es mentira de Carlos Mayoral

Todo escritor es un mentiroso redomado. En una entrevista, Juan Rulfo definió la literatura como la «mentira que dice la verdad». El crítico Giorgio Manganelli lo expone claramente en su conjunto de ensayos La literatura como mentira. Es mentira, sí, pero una mentira definitiva al fin y al cabo, porque se trata de un engaño que no tiene que hacer referencia a realidad alguna sino solo a sí misma. Sin embargo, no vale cualquier mentira. Los lectores no vamos a tragarnos cualquier camelo de tres al cuarto. Como dejó dicho Onetti, la buena literatura es la que consigue «mentir bien la verdad». Esta contradicción, esta mezcla de planos, es la que se pone de manifiesto en el nuevo libro de Carlos Mayoral, Empiezo a creer que es mentira, desde antes incluso de abrir el libro, desde su cubierta, donde las palabras «verdad» y «mentira» aparecen en confrontación abierta. Intuimos que ha ganado la mentira, aunque sea a mano y a última hora. El título, por cierto, se inspira en una versos de Leopoldo María Panero, que dudó de la veracidad de la inmensa tragedia de la literatura, y de Antonio Machado.

«Hemos destruido a los clásicos», empieza afirmando Mayoral con rotundidad, para a continuación confesar que usa esta sentencia porque siempre ha querido empezar un libro así. No se lo discuto, yo también querría. ¿Cabe entonces suponer que es esa la primera de las muchas mentiras que nos vamos a encontrar en el libro o de verdad se atreve el autor a arremeter contra esos libros que, como escribió Mark Twain, la gente elogia pero no lee, que todos quieren haber leído pero nadie quiere leer? Sí y no. Es probable la literatura no sea ni una verdad ni una mentira puras, sino más bien un juego entre ambas, como ese título en el que aparece una palabra tachada, y que decidir si es verdad o es mentira sea menos importante que el juego en sí.

No por casualidad citaba los ensayos de Manganelli. Al igual que el gran genio de la vanguardia italiana, que consiguió desbaratar las jerarquías oficiales, Carlos Mayoral plantea su propio canon literario, huyendo de todo aquello que huela a alcanfor, desde una visión moderna y heterodoxa. En ese sentido, sí que hay destrucción, pero una destrucción necesaria, o más una deconstrucción ‒si la muchachada posmodernista me lo permite‒, porque desmonta para volver a montar, siguiendo su manual de instrucciones personal. Como escribe en el prólogo con mucho acierto la periodista María Jesús Espinosa de los Monteros, ha conseguido «desvestirlos de ropajes mohosos y ponerles unos pantalones vaqueros, unas deportivas y un teléfono móvil en la mano».

A lo largo de un preludio y 49 artículos, Carlos Mayoral levanta un canon sobre esa trabazón de verdad y mentira que es la literatura. Hemingway y Baroja convergen en la misma frase, de Bécquer se pasa a Edgar Allan Poe y a Stephen King, pasando por Goethe o por Oscar Wilde, Emilia Pardo Bazán sobrevuela por encima de Galdós, Quevedo y Rubén Darío se dan la mano; junto autores consagrados, desde Cervantes o Dostoievski a Joyce o García Márquez, aparecen otros más discretos como José Cadalso o Gertrudis Gómez de Avellaneda, o directamente silenciados, como los que forman parte de la literatura fascista en España o nazi en Europa; por no hablar del artículo «Mujeres olvidadas por la literatura», donde hace un valiente rescate de nombres que no suelen aparecer en los manuales de literatura. Si en Etílico lo hizo, en cierto modo, con seis escritores, ahora se atreve con tantos que es imposible dar cuenta de todos ellos, y aunque es verdad que muchos dan título a los capítulos, los autores se van acumulando en una especie de horror vacui borgiano que dan la sensación de que Mayoral lo ha leído todo, que es un anciano antediluviano que lo sabe todo ‒y que yo imagino ciego, por la referencia borgiana‒, y no el treintañero irreverente que es.

Etílico y Empiezo a creer que es mentira: dos libros tan diferentes y tan lo mismo a la vez. Hablando de la verdad de la literatura, in vino veritas, dice el proverbio latino. Ese derrumbe existencial que había en Etílico vuelve a la carga. «Si quieres ser poeta, prepara el Prozac. El trauma hace al genio», apostilla Mayoral en la solapa. Por fuerza tiene que olerse la tristeza, la desesperación, la despedida, la nostalgia, si estamos destruyendo clásicos. El ejemplo de manual es Dostoievski y su receta «Cómo escribir Crimen y castigo en cinco cómodos pasos». Si la muerte rondaba Etílico en forma en forma de orgía ebria, aquí vuelve a la carga, más muerte que nunca. No seré yo quien llame a Mayoral necrófilo, pero hay una innegable fascinación por el arquetipo del suicida, una atracción que no puede ser fruto de las casualidades. La Señora de la Guadaña, que diría Paul Roux, aparece de las formas más variadas, desde los típicos suicidios de Alfonsina Storni, de Larra o de Virginia Woolf, a las desesperadas visiones de Tolstoi, de Quevedo, de Darío, de Camus, de Rulfo o de Delibes. Una atracción que lleva a Mayoral a escribir cosas como esta: «Me hubiera gustado ver la sonrisa de Larra cuando este comprobó que la bala se alojaba en la sien con la dignidad de un poeta desesperado».

Y todo esto lo hace mezclando metaliteratura y autobiografía, que no son sino otras formas de la verdad y la mentira; por eso, tal vez, sospechamos que gran parte de esos vínculos no sean reales, como que el autor abandonó la infancia colgado de un verso de Gloria Fuertes, o que la dueña de la librería Micomicona de Villaviciosa del Odón ‒de donde es Mayoral‒ se cagó en todo el pueblo porque no habían leído Yerma, o que Nada de Laforet le despertó la primera angustia existencial, o que se comunicaba con su madre en el lenguaje secreto de las fábulas de Iriarte y Samaniego, o que en algún momento quiso ser Bolaño y creó con unos amigos el grupo de «Los infrarrománticos» en homenaje al chileno. ¿Qué más da que sea verdad o mentira? ¿Qué importa que la literatura sea una cosa u otra? Nos dejamos engatusar por el pacto de ficción porque lo importante es el juego. Y de eso, en el libro de Carlos Mayoral, hay de sobra.

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