Son varias las leyendas que hablan del origen de la celebración del día de San Valentín. He elegido la que más me gusta, para compartirla con vosotros.

Corría el siglo III y el imperio romano tenía varios frentes abiertos en sus fronteras con la Galia y los pueblos godos, por eso al emperador de turno, un tal Claudio II, se le ocurrió la brillante idea de prohibir por decreto de ley los casamientos de los jóvenes en edad militar, ya que consideró que un hombre con familia, al que le puede esperar su enamorada en casa mientras lucha por el imperio, le distraería demasiado el hecho concreto, con lo que sería contraproducente para los intereses bélicos.

Pero las parejas jóvenes que no podían esperar el final de una guerra interminable para formalizar lo suyo, y tener ellas a alguien a quién esperar en casa, y ellos a una mujer que los espere y por la que valiese la pena sobrevivir al absurdo imperialista, encontraron que en una iglesia recóndita había un sacerdote que casaba a los enamorados a escondidas, y allá que iban sin hacer mucho ruido a recibir el santo sacramento del matrimonio cristiano.

Pero a Valentín el chiringuito se le vino a bajo cuando alguien se enteró.

Al emperador Claudio II no le gustó que un simple hombre de fe pusiera por delante de los interesen de la gran nación los de las parejas casaderas, y mandó arrestar y hacer preso al pobre de Valentín.

Allí estaba él, esperando la ejecución de la pena de muerte impuesta en el calabozo, cuando su carcelero tuvo la osadía de pedirle que instruyera a su hija en las artes y las ciencias, que él, como hombre de letras, podría enseñarle a la joven Julia. Esta era una muchacha guapa y de bondadoso corazón, que había nacido privada de la vista. Valentín le enseño lo que sabía de aritmética, y le leyó cuentos populares de la cultura romana, y juntos recitaron pasajes de la biblia.

«Valentín, ¿es verdad que Dios escucha mis oraciones y puede hacer milagros?», le dijo Julia un día, ya cercano al 14 de febrero, fecha en la que se ejecutaría la condena a muerte impuesta por el emperador. «Claro que sí, querida muchacha», le contestó él: «¿Qué es lo que más deseas?». Ella todas las noches rezaba y pedía a Dios poder ver los maravillosos milagros de la naturaleza, que le relataba Valentín en sus cuentos, y quería ver la luz del sol que calentaba sus mejillas en verano, y el color de la nieve que una vez calló en sus manos.

Días después, justo el anterior a la ejecución de Valentín, cuando estaban leyendo el pasaje de la Sagrada Biblia en la que Dios dice «Hágase la luz», un gran resplandor ilumino la oscura celda, y Julia, asustada, abrió los ojos y vio la cara de su maestro Valentín.

El día después, 14 de febrero de 270, el emperador Claudio III mandó ejecutar la pena de muerte, y Valentín cerró los ojos para siempre.

Al poco, Julia recibió en su casa una carta escrita por su amigo, que comenzaba así: «De tu Valentín». De ahí la costumbre de escribir cartas el día de la efeméride.

Julia fue a visitar la tumba de Valentín, y al lado de la lápida plantó un almendro, que años después floreció con hermosas flores rosas. Julia iba todos los años, cada 14 de febrero, al cementerio donde descansaba el recuerdo del santo hombre que le devolvió la vista; aunque él siempre dijo que eso era cosa de Dios. Todos los años, mientras Julia rezaba por el alma de Valentín, una mariquita se posaba en una hoja del almendro, y allí permanecía hasta que la muchacha abandonaba el lugar.

Un par de Siglos más tarde, en 496, el Papa Gelasio I instauró en el calendario el día 14 de febrero en honor de San Valentín, que desde el siglo XIV se celebra enviando postales de amor y amistad, cuyo símbolo es el almendro.

 

PD: Lo de la mariquita lo he añadido por mi cuenta. Ellas ya saben por qué 😉

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