Librería Pynchon&Co (Alicante)

Disfruto mucho comprando libros y, tras años de lector constante, he creado una pequeña ceremonia en torno a este proceso.

Al visitar una librería o la sección de libros de una gran superficie, antes de comprar el título que busco, oteo entre los estantes, sin prisa y sin buscar nada. Si alguien me ofrece ayuda, contesto que, de momento, solo miro.

   Entonces, en ocasiones, los libros me llaman. No es un recurso literario, es así. Son ellos, los libros que esperan, los que me susurran que les elija.

Cuando esto sucede, cuando el libro me llama, lo tomo, huelo sus páginas y, poco a poco, lo conozco. Es posible que ya haya oído hablar de él y que incluso esté en mi lista infinita de libros pendientes por leer, pero no me refiero a conocer el título, la historia o el autor, sino de conocer esa edición, ese libro en especial. Acaricio sus tapas, admiro la ilustración, miro la foto de autor y leo su biografía para pasar enseguida a la fecha de la primera edición y demás información de imprenta. Luego paso a la sinopsis, a la dedicatoria, a la primera frase, a la primera página y, al final, a alguno de los diálogos. Cuando acabo con el cortejo, suspiro y vuelvo a la realidad; miro lo que vale. Si decido adoptarlo y se encuentra en el rango de precio que me he auto impuesto, lo acomodo en mi brazo y continuo con el escrutinio de los estantes. Me he marcado un máximo de tres libros por visita, así nunca me llevo más de cinco. Si por el contrario el precio es superior al que marco o ya he llegado al cupo de tres (que acaban siendo cinco), lo devuelvo al estante, no sin antes decirle algo así como: Otra vez será, majo, seguro que nos volvemos a encontrar, quién sabe si en tu edición de bolsillo.

El famoso sillón de pensar de la Montaña Mágica (Cartagena)

Si tengo oportunidad, también hablo con el librero, sobre todo para pedir el libro que iba buscando (si no se me olvida). Una conversación entre dos bibliómanos es impagable; se descubren autores, libros y anécdotas y se intercambian novedades, curiosidades y rumores. Seguro que, en el transcurso de la conversación, me apetecerá sumar otro título a mi compra, bien sea de algún escritor local o de editorial pequeña pero que, oyes, el libro está de fábula, bien de algún otro autor que desconozca o que no supiera que era tan bueno, bien trate algún tema en el que quiero ahondar. Es posible que sustituya alguno de los libros que me han elegido por los recomendados por él, o que cometa una locura y me lleve todos. En mi última visita salí de la librería con La Familia de Pascual Duarte, que leí hace veinte mil años; Un Mundo Feliz, que por fin me llamó; Yo le pinté el bigote a Stalin, descubierto en dicha conversación; y mi primer Javier Marías, recomendación personal del librero a raíz de declararle mi propósito de comenzar con este escritor y no saber cuál es su mejor libro.

Recuerdo que ese día en concreto fue maravilloso, cuando escapaba con el botín, torcí la esquina y me encontré con un mercadillo de libros de segunda mano. En una batida rápida, me llamó un Asimov, un Graham Greene, un Pio Baroja y una edición antigua de un Julio Verne que llevaba tiempo esperando que me encontrara. La felicidad que sentí aquel día se parece mucho a cuando era niño y llegaban los reyes.

Sí, lo sé, mi cupo de tres adquisiciones que terminan siendo cinco se convirtieron en ocho. Estoy trabajando en ello.

La gran superficie, donde puedes hacer la compra del mes al mismo tiempo que compras la última novedad, el último premio literario o el último libro publicado por un youtuber suele disponer de una variedad de títulos más limitada, encorsetada al mercado y a las directrices de las grandes editoriales, por lo que la capacidad de sorprenderme de estos centros como lo hace mi amigo el librero es mucho menor.

Cuenta cuentos en la librería Clarión (Valencia)

Otro punto a tener en cuenta a favor de las librerías es que, de un tiempo a esta parte, se están convirtiendo en centros culturales muy del agrado del lector. Presentaciones, clubs de lectura, debates, cuentacuentos, tertulias… todo ello rodeado de libros, en una ambientación cuidada, con rinconcitos acogedores y, en muchos casos, con la oportunidad de disfrutar de un vinito, un refresco o un buen café, convierte el proceso de compra en una experiencia literaria completa, mucho más allá de la mera transacción mercantil de un bien tangible. Personalmente, recuerdo con mucho más cariño los títulos que me han regalado o que han caído en mis manos en esta pequeña liturgia personal un tanto fetichista que aquellos otros comprados en grandes almacenes.

Pienso que las grandes superficies, incluso los centros especializados, no tratarán nunca al libro ni al lector como en una librería, y como muestra, un botón:

Sección histórica de centro comercial. Me da a mí que algo no cuadra

Junto a estas líneas veréis la sección de novela histórica de una gran superficie. Que distribuyan en estos estantes a Patrick Rothfuss o George R.R Martin junto a Santiago Posteguillo es, a todas luces, un error, y quiero creer que causado por una mala gestión de almacenaje por tratar a los libros como manzanas. Ahora bien, no estoy tan seguro de si la decisión de ofrecer aquí a Dan Brown, famoso por su falta de rigor histórico, es un error, una falta de conocimiento o, muy al contrario, un chiste malo por parte de un empleado amante de la literatura y que gusta de boicotear a la empresa. Quise preguntar al dependiente de la sección, pero no encontré a nadie.

Mi conclusión es: En la gran superficie compras libros mientras que, en las librerías, disfrutas de una experiencia en torno a ellos.

Yo lo tengo claro a la hora de comprar un libro ¿Y tú?

Comentarios

comentarios