Todos tenemos la representación icónica de David en plena faena con el gigante, es una historia que se adentra en nuestro horizonte cultural y personal de una manera demoledora; nos acompaña en distintas edades, fabulando en la infancia con los monstruos imaginarios que siempre encontramos por doquier. Me imagino al propio David de infante, en los tiempos más bien ásperos que le tocó vivir, jugueteando a peleas con los suyos, enormemente inquieto, un TDH con seguridad en los tiempos actuales… Moreno, de mirada intensa, con una comunicación fluida en la que siempre hay porqués que necesitan ser resueltos para que pueda afianzar un mayor conocimiento del mundo; me imagino un enano adorable de esos que en grandes dosis tiende a atragantarse un poquito, que si ahora cojo la piedra, que si ahora me subo al árbol, que si llevo de cabeza a los animales de casa,…

Volviendo a los gigantes del mito, en la adolescencia los encontramos como parte de nuestro recorrido vital; quizá, en esta época, los mayores gigantes son los que conviene abatir dentro de uno mismo… De adultos, quién no se ha imaginado cual Alonso Quijano luchando con los molinos inventados por don Miguel de Cervantes; en esta etapa, los gigantes son muy certeros, peligrosos, razón por la cual conviene reírse a mandíbula batiente de ellos, nada más demoledor que una buena y estentórea carcajada para acabar con sus imposturas.

Transitamos por la vida con poca conciencia, sin apenas recorrido personal que pueda derramarse en fluida comunicación con nosotros y con los demás que nos acompañan, bien sean en nuestro entorno más cercano, bien sea en nuestro entorno en la red. Necesitamos fluir desde los gigantes, no los que David arreciaba con la honda en mano, sino los que citaba Newton a la hora de adentrarse en los horizontes complejos de la ciencia. Necesitamos caminar a hombros de gigantes, con titanes que nos acompañen y nos enseñen a encontrar el resorte exacto que nos permite dibujar un día a día más sereno, más anclado en el lado humano de las cosas, ese que ahora, en tiempos líquidos y efímeros, se encuentra, con excesiva frecuencia, muy desdibujado.

Mario Vargas Llosa no necesita presentación alguna en el panorama de la cultura, es un excepcional titán de las letras sobre el que caminar en esta jungla. Galardonado con premios egregios, como el Nobel de Literatura, el amplio abanico de libros que mantiene una obra enormemente genuina es, de por sí, altamente recomendable. En el día de hoy, quiero hacer mención expresa a una defensa muy particular de la cultura que hace en un libro que, quizás, pueda pasar desapercibido dentro de su inmensa variedad literaria; me refiero a La civilización del espectáculo, una obra en la que se reflexiona con mucha intensidad pero en breve espacio de tiempo sobre el concepto de cultura en nuestra sociedad actual.

En pequeña síntesis, Mario apuesta por una clara distinción en el concepto de cultura: no todo vale, cualquier cosa no puede catalogarse como tal, necesita de un poso bien cimentado en su elaboración y que haya pasado el genuino tamiz de la aprobación de crítica y público, público ilustrado, en el sentido de que tenga un recorrido vital en lo que a desarrollo artístico se refiere. Sé que esto puede chirriar en algunos lectores, aspiro a que nadie me malinterprete: los clásicos lo son porque se han construido sobre una base que necesita de un conocimiento, aunque con la intención de que, por supuesto, todo el mundo pueda acceder a ellos.

Vargas Llosa apuesta por una cultura que acompañe, que sirva para forjar la personalidad de manera que esta dé lo mejor de sí mismo en su entorno, él mismo se identifica como un artista forjado por la cultura que ha podido consumir en su particular singladura humana, cuestión esta en la que muchos, algunos al menos, compartimos su dictamen. Cualquier producción no vale cuando de alta cultura se trata, cuando se trata de forjar y sublimar la condición humana.

Voy aterrizando: desde esta humilde atalaya, la de este amante de la cultura que pretende emplear su honda como David en los tiempos que discurren contra el Goliat de la cultura vaporosa, epidérmica, que apenas si apuesta por trascender más allá de las sensaciones que pueda provocar en los siguientes cinco minutos, contra ese gigante voy a emplearme a fondo para analizar y recomendar grandes clásicos pasados y un tanto actuales, si la contradicción se me permite, desde esta plataforma, La piedra de Sísifo, aún a sabiendas de que, como al maestro Sísifo, me vea obligado a empezar una y otra vez en la defensa de la cultura con mayúsculas.

¿Me acompañan?

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