Hay una palabra en desuso en el diccionario de la RAE, pero muy vigente, y quizás cada vez más, en el lenguaje cotidiano de otros países. Es la palabra solitud, que la RAE la define como «carencia de compañía o lugar desierto». Me gustaría dedicar unas palabras a la otra connotación… más positiva.

Ilustremos antes la imagen de la derecha con una frase que defina de alguna forma el sentir de ese tipo cabizbajo en un fondo negro. Podría ser algo como:

«No hay amor suficiente en este mundo para llenar el vacío de una persona que no se ama a sí misma».

Parece pues que la soledad se percibe como la falta de algo; como esas personas que dicen que están buscando su media naranja. Creo que ya somos seres completos, y en todo caso, si encontramos un alma gemela, seremos dos seres completos que se aman. Por eso,  no creo que sea justo, ni sano, echar sobre los hombros de otras personas la responsabilidad de nuestra felicidad. Este monigote de aquí al lado, probablemente también se sentirá solo estando en medio de mucha gente.

La soledad es un maestro que vuelve cada vez que se le reclama. Recuerdo cuando de pequeñito pasaba horas y horas jugando en la alfombra del suelo del salón con mis coches, que hacían interminables carreras dirigidos por mí, en las que uno adelantaba a otro, y luego otro venía desde atrás para rebasar al primero. Cuando aquello mi padre estaba trabajando en los autobuses y mi madre en el bar, y yo me quedaba al cuidado de mi abuela, que me llevaba consigo a todas partes; pero en esos ratos en los que ella cuidaba de la casa o hacía la comida para todos, yo me quedaba tranquilamente viendo los dibujos animados de la televisión mientras jugaba con mis cochecitos, o con los muñecos que se peleaban sin que nunca supiera por adelantado si el que estaba en la mano derecha ganaría al de la izquierda o viceversa. También tenía unos pequeños ladrillos de plástico que se encajaban para hacer muros, suelos y tejados, con los que construía casas de diferentes formas y tamaños, con ventanas grandes o pequeñas. Cuando aquello tendría entre 3 y 5 años, y pasaba muchas horas jugando solo.

Si la soledad es un Dios con cuerpo humano, o antropomórfico como dirían los amantes de las palabras complicadas, le hemos puesto alma femenina, para que nos cuide como una madre. La Diosa Soledad. De pequeñito nunca sentí la soledad como algo negativo, por eso creo que ese aprendizaje viene después, de mano de las autoridades, claro.

La solitud es otra cosa. La solitud engancha. La solitud es una agradable sensación de estar a gusto con uno mismo. Al concepto de solitud no le falta esa carencia implícita en la soledad. No es estar solo como algo negativo, más bien todo lo contrario. Pero hay formas y formas de estar solo, porque sustituir la compañía de una persona por el ruido de la televisión mientras miramos la otra pantalla, la pequeñita del móvil, buscando entreteniemiento en forma de notificaciones, mensajes o pequeñas dosis de nicotina tecnológica, eso no es estar solo.

El que evita la soledad, como a los niños que constantemente hay que buscar estimulos para que no se aburran, es que es como el monigote de arriba, que no quiere levantar la frente para mirarse a los ojos. Quizás la soledad se considere algo negativo porque ayuda a conocernos. La soledad es un maestro, como decía más arriba, y el esfuerzo continuo de evitarla simplemente nos aleja de lo que somos.

¿Y de la foto de abajo qué? Una amiga dice que hay personas que circulan por la senda de la vida montados en una bicicleta para dos. Están siempre esperando a esa media naranja que pedalee con ellos.  No creo que la felicidad sea un cubo que haya que llenar, como no creo que la soledad sea algo que haya que evitar. Por eso me gusta que exista la solitud, como forma de estar solo, tomando un zumo de naranjas completas, a las que no les falta nada, y son de un agradable sabor dulce.

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