Dime, lector, ¿alguna vez te has sentido ofendido en Twitter? ¿Alguna vez te han llamado facha, rojo, podemita, falangista, Hitler, machista, catalufo o feminazi, entre otros? ¿Alguna vez varios perfiles han saturado tu bandeja de entrada con insultos porque votabas a un partido o compartías información de una empresa? ¿Alguna vez has hecho un chiste que se ha malinterpretado y has tenido que desactivar las notificaciones, bloquear a usuarios o incluso acudir a comisaría a denunciar amenazas?

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Bienvenido a la poscensura en el mundo digital, bienvenido a los linchamientos públicos y a la cultura del moralismo; al blanqueo de nuestras cuentas echando mierda a otras que han dicho algo aparentemente inapropiado; a las persecuciones con antorchas virtuales mediante las que un grupo de personas atacan a otra con arrobas y hashtags. Bienvenido a ‘Arden las redes’ (2017), el libro en que Juan Soto Ivars nos explica cómo la libertad de expresión ha girado sobre sí misma para convertirse en un estado policial perpetuo en que nuestros semejantes detentan los roles de acusadores y jueces del escándalo. Y bienvenido al escándalo, claro.

La poscensura te puede tocar a ti

Hace unos años cometí el aparente error de ser original y un tanto morboso. Redacté un relato corto en el que una mujer embarazada y un niño que no era su hijo huyen de un zombie a través del campo. Lo titulé ‘Necesito tu ayuda’, y termina cuando ella le parte una pierna al muchacho para convertirle en un cebo humano gracias al cual seguir viva. A pesar de que tuvo críticas positivas, el relato llegó a una asociación en defensa de la familia afincada en Colombia. Ahí empezó la pesadilla.

Varias de las organizadoras consideraron intolerable que sucediese algo así. Una madre embarazada nunca sacrificaría la vida de un niño inocente para salvarse, ni siquiera en un apocalipsis zombie. Abrieron una campaña de ataques a través de una comunidad privada de Google+. Allí empezaron los insultos hacia mi persona. Al parecer, la existencia de zombies no situaba el relato dentro de la ficción, y yo era poco menos que un criminal que asesinaba niños por las noches.

Durante varias semanas candé algunas redes sociales como Facebook y LinkedIn para que los insultos no afectasen a mis conocidos y compañeros. No bloquee los comentarios del blog, pero sí fui marcando como spam y con delicadeza todas las críticas e insultos. También reporté uno a uno los cientos de mensajes que llegaban a la bandeja de entrada de Twitter. Decidí no acudir a la justicia porque el grueso de las amenazas provenían de otro país (yo vivo en España), pero cerré con éxito algunas cuentas troll de Twitter por insultos. Casi todas tenían menos de 10 seguidores. Tiempo después, incluso Google finiquitó la comunidad tras investigarla. Por lo visto se dedicaban básicamente a atacar a personas a través de la red.

No era la primera vez que los defensores de una ideología atacaban de forma masiva a alguien. Leyendo el libro de Soto (abajo) me di cuenta de que tampoco sería la última. Recuerdo con 16 años un Internet libre con un gran espíritu de colaboración. Hoy día Internet ha cambiado. La libertad de expresión conseguida hace una década se ha vuelto contra los que la ejercíamos y nos veta ciertas opiniones y ficciones.

Si te sales de la doctrina, quedas ajusticiado

Arden las redes libro

Otra experiencia personal al respecto. En julio de 2017 empecé a cartearme vía Twitter con un filósofo interesado en en los inicios del feminismo y su estrategia a lo largo de los años, todo desde un punto de vista ético pero historiador. Compartía la ética de la época, no la suya propia. Fue la primera persona a la que vi hacer uso de los hilos de Twitter, que considero una disciplina literaria por sí misma. Se explicaba de un modo ameno, congruente y documentado. Siempre incluía referencias, generalmente en alemán, sobre la bibliografía. Empezó a ser atacado.

No eran muchas, y de hecho eran poco menos de una decena de personas, pero un sector blanqueador del feminismo no deseaba que ciertos datos sobre su origen se difundieran. Había que controlar lo que se decía del pasado, incluso aunque los hechos hubiesen ocurrido y estuviesen documentados, porque la mera mención de aquellos sucesos atentaba a la libertad de las mujeres.

Por supuesto, no lo hacía, del mismo modo que Canal Historia no tiene nada contra los búlgaros cuando expone en su canal el vapuleo que le dió el Imperio Bizantino. Los hechos no son ni buenos ni malos, son verdaderos o falsos, pero en Internet su mera existencia parece detentar una postura moral.

Kid, pseudónimo que usaba el filósofo para compartir sus textos, abandonó la red social apenas un mes más tarde. Se despidió de forma escueta y borró todo rastro. Creo que hizo bien en no haber trabajado en la divulgación desde su verdadero rostro o nombre. La policía del pensamiento le habría hecho la vida imposible.

Víctima, juez y verdugo, mix todo en uno para el castigo online

Hay muchos temas tabú en los que entramos a saco en un campo de minas morales. Aspectos de los que uno no puede hablar, y mucho menos reírse. Si te alejas de la doctrina impuesta, las minas te revientan debajo del culo y la metralla alcanza a tus amigos, familiares, compañeros de trabajo e incluso tu empresa. Hay gente que ha perdido su trabajo y su reputación se ha ido a la mierda por un desafortunado chiste en Twitter. Otros, como Nacho Vigalondo, han sido capaces de surfear las críticas y alejarse de la bola de mierda.

Hemos creado un estado de represión vecinal lo suficientemente sólido como para que no sean necesarias las instituciones jurídicas de cara a una sentencia. Ahora que todo el mundo tiene voz en Internet y puede ajusticiar a quien considera moralmente inferior por sus comportamientos inaceptables, adopta los roles de víctima, juez y verdugo para perseguir criminales online.

‘Arden las redes’ me ha enseñado a ser mejor avatar

Las persecuciones por las redes sociales pueden ser peligrosas, tal y como nos muestra Soto en ‘Arden las redes’, libro que desde ya mismo recomiendo a todo aquel que haga uso de las redes sociales o lea prensa digital. Lo considero imprescindible para mantener la coherencia personal en Internet y no formar parte de la caza de brujas virtual. Muchas veces no somos conscientes de nuestra participación en estos hechos.

Yo mismo he formado parte de persecuciones públicas sin saberlo, y este libro me ha enseñado a guardar la compostura en Internet. A no alarmarme y volverme histérico cada vez que alguien muestra una opinión que no me agrada. A no considerar que la otra persona es comparable a nuestro común amigo Adolf Hitler. También me ha hecho más respetuoso y a tener más tacto a la hora de comunicar. Habida cuenta que me dedico a comunicar, este libro ha sido indispensable en mi formación como profesional, pero también como persona.

https://twitter.com/euklidiadas/status/975671119599538178

A raíz de eso he lanzado un pequeño experimento tuitero. ¿Será la gente capaz de decir algo bonito del partido al que suele criticar? ¿Seremos capaces de entendernos entre nosotros sin matarnos? Os reto a elogiar al partido contrario, aunque sea por primera y última vez, y a adquirir corriendo ‘Arden las redes’. Si nos lee algún profesor de instituto, material imprescindible de debate, y de Debate.

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