En 1669, Rembrandt, a pincelazo puro, plasmó su rostro en el lienzo por última vez. Pobre, viejo y enfermo. Cuatro años antes, había logrado liberarse de la quiebra vendiendo casi todo –pinturas, dibujos, retratos, etc.–, y lo poco que aún tenía, hacia finales de 1660, lo cedió a Hendrickje Stoffels, su compañera. Arruinado completamente y abandonado por su publico, aquellos que le habían sostenido cuando estaba en la gloria, consiguió refugiarse en un albergue. Lo que antaño estaba lleno de vida se había convertido en un deshecho humano.

Observar esta pintura, sin la angustia, pobreza, soledad y destierro terrenal no tiene sentido. Sin esta historia es imposible encontrarlo en su retrato. Hay que mirarlo con estos ojos para verlo. Contrario a Narciso, Rembrandt mantiene la distancia con su imagen y prefiere examinarse. La introspección es el acto creador que establece la identidad del artista y del personaje. Sin embargo, entre el yo que se mira en el espejo y el sí mismo, leído en el cuadro, se inserta el arte y el acto de pintar; es decir: pintar y ser.

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