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El último rinoceronte blanco del mundo murió el 20 de marzo de 2018 a la edad de 45 años. Quedan dos más de su especie: su hija Najin y su nieta Fatu. Cuando ellas mueran, el rinoceronte blanco se extinguirá. Y creedme cuando os digo que al rinoceronte blanco le da igual extinguirse.

En la imagen inferior vemos a Sudán, que es como se llamaba el animal, rodeado por dos personas armadas. Estas personas no forman parte de los cazadores que dieron muerte al resto de la especie. Son sus protectores y cuidadores. Sin ellos, Sudán habría sido cazado hace décadas.

Ya no habrá rinocerontes blancos

En 2014 quedaban cinco de estos animales, y en 2015 tan solo tres. Ahora quedan dos, que durarán quizá unas cuantas décadas más. Luego, el rinoceronte blanco dejará de existir debido a la acción del hombre. Y, sin embargo, no importará mucho biológicamente hablando.

El rinoceronte blanco hace el mismo papel en el ecosistema que una vaca. Pasta, abona de vez en cuando el suelo y lo asienta bajo su peso. De vez en cuando escarba en el suelo en busca de raíces y ayuda a oxigenarlo. Los jabalíes también lo hacen, y los topos. Podríamos eliminar estas especies mencionadas y el bioma seguiría intacto. Ni lo notaría.

Para provocar una reacción en cadena y un auténtico colapso trófico haría falta un golpe más duro que la muerte de un rinoceronte. Más duro que diezmar toda la vida africana. Las grandes extinciones, que en ocasiones han eliminado hasta el 96% de la vida en la Tierra (Extinción del Pérmico-Triásico), no lo consiguieron. A pesar de que el ser humano ha destruido miles de especies, estamos muy lejos de causar una verdadera hecatombe.

Si de un día para otro eliminásemos a todas las cebras, el ecosistema ni se daría cuenta. Puede que unos pocos leones y cocodrilos pasasen hambre durante algún tiempo, pero en cuestión de unos años habrían nacido suficientes potrillos, jirafas, ñus y otras especies que interpretan a la perfección el mismo papel que las cebras. ¿Por qué, entonces, nos duele tanto que muera un rinoceronte?

La soledad de estar casi extinto

Sudán vivió durante años rodeado de un considerable equipo de personas armadas para evitar que otro grupo de personas armadas lo abatiera. En el Centro de Conservación de Ol Pejeta (Kenia) estas tropas de defensa son necesarias para defender la vida de algunos animales. Pero las balas no hacen mucho efecto contra el paso del tiempo, y Sudán tenía fecha límite. Como la subespecie a la que pertenecía. Veinte, treinta años. No más.

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A menudo pensamos en las extinciones como un acto abrupto causado por un hecho puntual. Como un meteorito o la humanidad. Sin embargo, la mayoría de las veces no resulta de ese modo. Las extinciones, grandes o pequeñas, suceden cuando una hembra de determinada especie no encuentra un macho con el que aparearse, y de esa no unión no puede nacer un hijo. Esto puede darse a lo largo de miles de años.

No es el caso de Sudán. Tuvo tres crías y una nieta, pero vivió solo buena parte de su vida. Intente pensar el lector cómo serían los últimos años para este animal. Intentemos extrapolar cómo sería nuestra vida de ser él. Toda la vida solos, rodeados de seres extraños que no nos dejan tranquilos.

¿Nos sentimos culpables como especie?

La tragedia de la desaparición de una especie es nuestra, no suya. A nosotros nos da pena. Nos sentimos culpables o nos sorprende cuando sabemos que una especie va a extinguirse. Sin embargo, es improbable que al último rinoceronte le preocupase esto. En su lugar, debía preguntarse por qué estaba solo.

¿Dónde estaban todos los demás? ¿Por qué no conseguía dar con ellos? Sudán recorría a diario y en semilibertad los terrenos libres de cazadores de Ol Pejeta, quizá preguntándose si pronto vería a otro rinoceronte blanco pastando. Nosotros hacemos pancartas para prohibir la caza.

Es evidente que el modo de afrontar la extinción de esta subespecie es completamente diferente en sus miembros que en nosotros. Ellos ni siquiera saben que están extintos ya. Pero sí que están solos. Nosotros, que sabemos que les quedan pocas décadas de vida, y pese a saber que el ecosistema no les echará de menos, sufrimos por su muerte. ¿Por qué?

Quizá nos carcome la culpabilidad de saber que pudimos haberlos salvado de la extinción. El tener presente que nos quedamos quietos a medida que los iban cazando poco a poco. Quedaban 1.000. Luego 100. Hace décadas que quedan menos de 10. Ahora quedan dos. Pronto no quedará ninguno, y nos sentiremos mal por otra especie. Sudán era ajeno a todo esto.

Es imposible que la especie sobreviva, aunque ya se han anunciado proyectos para tratar de clonar algunos ejemplares. No sé hasta qué punto esto responde a una necesidad del bioma o a una necesidad humana. Lo hemos matado por capricho, y si lo rescatamos de la muerte será también por capricho. Al rinoceronte blanco le da igual extinguirse, pero a nosotros no.

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