Una pieza de rara piedra lapislázuli de las canteras de Afganistán, secreciones del caracol Bolinus Brandaris, cuerpos secos de los pequeños insectos Coccus ilicis, o una bola de «amarillo indio» hecha con la orina de vacas alimentadas solo con hojas de mango. No, no es un gabinete de curiosidades. Estas y otras fantásticas rarezas solo algunos de los extraños tesoros que se encuentran en la colección de 2.500 pigmentos del Centro Strauss para la Conservación y Estudios Técnicos de Harvard. Esta extravagante colección de materiales tan dispares provenientes de todas partes del mundo, algunos de los cuales datan de más de cien años, representa la materia prima a partir de la cual se fabricaban tradicionalmente los pigmentos y los tintes antes de que existieran los pigmentos sintéticos.

Una rica tonalidad azul preparada al poner a tierra la preciosa piedra de lapislázuli extraída de las canteras de Afganistán.

La famosa Biblioteca de Pigmentos de Forbes fue compilada por Edward W. Forbes, ex director del Museo de Arte Fogg, entre 1910 y 1944. El interés de Forbes por los pigmentos y su preservación comenzó con la compra, durante un viaje a Italia en 1899, de La Virgen con niño y Santos de Fra Filippo Lippi. Forbes se dio cuenta de que la pintura, como con todas las primeras pinturas italianas de su colección, se deterioraba rápidamente, lo que lo impulsó a comenzar una apasionada exploración del proceso de cómo se hacían las pinturas. Esa pasión lo llevó a su colección de materiales relacionados con la creación y restauración del arte.

Otro pigmento valiosísimo conocido como púrpura de Tyria, que se prepara a partir de la secreción del caracol de mar Bolinus brandaris. Su alto coste lo convirtió en un símbolo de estatus. Los emperadores bizantinos prohibieron a cualquier persona ajena a la corte imperial usar el tinte violeta, otorgándole la distinción «púrpura real».

A fines de la década de 1920, Forbes había acumulado una enorme colección de pigmentos que había adquirido de sus viajes a Europa y al Lejano Oriente. Mientras estuvo en la India, por ejemplo, recolectó «amarillo indio», que se usó durante siglos y dejó de fabricarse porque el proceso era dañino para las vacas. En Afganistán adquirió la preciosa piedra de lapislázuli, que en tiempos medievales era seis veces más valiosa que el oro. También trajo consigo pepitas de pigmentos de artistas descubiertas en la excavación de Pompeya.

Los artistas a menudo se arriesgaban a crear sus obras usando pigmentos venenosos, como el verde esmeralda, usado para obtener el color perfecto.

Cuando Forbes fundó el Centro de Conservación y Estudios Técnicos en 1928, tenía más de 1,000 pigmentos en su colección. Hoy en día, tiene más de 2.500 muestras y es conocido por toda la comunidad artística. Sus fondos no solo ofrecen una panorámica completísima del color y de la historia de los pigmentos sino que permite a los expertos investigar, autentificar y restaurar pinturas.

El realgar rojo-naranja se deriva de minerales de sulfuro de arsénico.

Antes de la renovación y expansión de los museos, la mayor parte de estos materiales se había almacenado fuera del alcance del público. Ahora se muestran en uno de los edificios de los Harvard Art Museums, en hileras de gabinetes de vidrio, con sus contenidos almacenados en sus delicados envases de vidrio originales, como si de una colorida farmacia antigua se tratara. Además, si no tienes la ocasión de hacer esta interesante visita, siempre puedes acceder a la enciclopedia online del Museum of Fine Arts, Boston’s Conservation & Art Materials.

Kermes es un pigmento creado al moler diminutas ampollas producidas por los insectos Coccus ilicis. Kermes es también la fuente de la palabra «carmesí».

Estos pequeños copos metálicos pueden dar a las obras de arte un acabado brillante.

Fuentes: Harvard Art Museum y Harvard Gazette.

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