Las mujeres han hecho importantes contribuciones a la ciencia prácticamente desde sus inicios, aunque los hombres se empeñaran en cerrarles las puertas y tuvieran que hacerlo entrando por la puerta trasera, aunque su contribución no haya sido reconocida o lo haya sido de forma tardía. Esas contribuciones estaban limitadas, evidentemente, debido a la exclusión que tenían las mujeres de la mayor parte de las comunidades científicas, aunque a partir del siglo XIX comenzaron a ser admitidas de forma puntual en diferentes sociedades científicas. Uno de muchos ejemplos sería Ada Lovelace, la hija de lord Byron, que está considerada como la primera programadora de la historia.

   Eso fue precisamente lo que ocurrió con la Academia de Amherst, que hasta 1838 fue solo para hombres y a partir de ese año se abrió por primera vez la inscripción para niñas. Emily Dickinson podía considerarse afortunada, ya que fue inscrita en esta institución en 1840. Y digo afortunada no solo porque fuera una mujer en una institución que hasta hacía poco había estado reservada para hombres sino porque la Academia de Amherst contaba con científicos y profesores reconocidos. En 1848, cuando Dickinson tenía dieciocho años, se construyeron gabinetes para guardar las colecciones y un observatorio astronómico. Aunque la escritora ya había empezado a estudiar botánica desde los nueve años y había ayudado a su madre en el jardín a los doce, la Academia de Amherst acabó de estimular su interés por las ciencias naturales: conoció desde bien pronto, mucho antes de escribir poemas, los nombres de todas las constelaciones y estrellas, y se entregó entusiasmada al estudio de la botánica.

   Sabía dónde encontrar cada especie de flor silvestre que crecía en la región, y las recopiló, prensó y clasificó según su nomenclatura latina. Lo que aprendió en la Academia fue sobre todo a acercarse a la botánica con rigor científico. Mary Lyon, fundadora y primera directora de la escuela, fue una ardiente botánica, alumna del célebre horticultor Dr. Edward Hitchcock. Lyon animó a todas sus chicas a recolectar, estudiar y preservar las flores locales en herbarios, siendo el de Dickinson uno de los más llamativos por su extraordinaria y poética belleza.

   La escritora no solo utilizó sus conocimientos naturalistas en sus poemas muchos años después, sino que organizó su herbario como si de un verdadero poema se tratara. A lo largo de las sesenta y seis páginas y sus 424 flores recopiladas de la región de Amherst, encontramos una organización armónica, llena de sensibilidad y de buen gusto visual. El cuaderno es, en sí mismo, una obra de arte, encuadernado en cuero y con etiquetas con los nombres de cada planta o, como las llamaba Dickinson, «hermosas hijas de la primavera».

   El ejemplar, que se encuentra en la Houghton Rare Book Library, es tan delicado que su acceso está prohibido incluso a los estudiosos de Dickinson. Además, el facsímil es tan caro que hace que el libro sea todavía más singular. Por fortuna, Harvard lo ha digitalizado en su totalidad y las fotos están ahora disponibles para todos aquellos que deseen conocer uno de los aspectos menos conocidos de la escritora. Merece la pena acercarse al herbario de Emily Dickinson. Es una extraña intersección entre ciencia y poesía donde podemos leer, entre líneas, los temas que siempre obsesionaron a la escritora: el paso del tiempo, la sensualidad y la mortalidad.

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