Cuando Oscar Wilde murió el 30 de noviembre de 1900, a los 46 años de edad, estaba desolado y en la más absoluta de las bancarrotas. Los pocos amigos que tenía solo pudieron ofrecerle un entierro de sexta clase en Bagneux, a las afueras de la ciudad. En los años siguientes su amigo Robert Ross obtener suficiente dinero vendiendo las obras de Wilde como para anular su deuda y comprar una tumba en el Cementerio de Père-Lachaise, en el XX Distrito. Nueve años después de su muerte los restos de Wilde fueron trasladados de cementerio.

Al año siguiente, Helen Carew, una de las amigas de Ross y que había conocido a Wilde en su apogeo, ofreció de forma anónima 2.000 libras para erigir un monumento. Esculpido en un bloque de piedra de 20 toneladas, la tumba de Wilde es de esas que es imposible que pase desapercibida. Diseñada y realizada por el escultor Jacob Epstein e inaugurada en 1914, presenta una figura alada que se asemeja a la Esfinge en un vuelo hacia adelante con alas desplegadas. La idea original es que estuviese inspirada en los trabajos de Wilde, sobre todo en su poema «La Esfinge», y también en las figuras asirias del Museo Británico.

Como curiosidad, añadir que cuando la escultura fue llevada al cementerio, los funcionarios parisinos se sintieron ofendidos por la desnudez del ángel e intentaron cubrirla con una lona. También cubrieron los testículos que tenía originariamente la escultura con yeso ya que consideraban que su tamaño era inusual. En un primer momento se colocó una placa de bronce similar a la forma de una mariposa sobre los testículos, aunque se descubrió a principios de agosto de 1914. Los testículos de la tumba sobrevivieron hasta 1961, año en que fueron arrancados por unos vándalos, sin que fueran posteriormente restaurados.

No solo es una de las tumbas más visitadas del cementerio ‒junto con la de Jim Morrison‒, sino que, como suele ocurrir con personajes especialmente célebres, se ha generado alrededor al sitio una tradición que tiene como objetivo rendir homenaje al fallecido dramaturgo irlandés. Desde la década de 1990, cuando alguien decidió dar un beso a la tumba y dejar la marca de los labios, ha sido costumbre besar la tumba de Wilde justo después de pintarse los labios, para dejar en ella la huella del lápiz labial. De esta manera, la imagen más característica de la tumba se ha acabado convirtiendo en cientos de besos, además de mensajes cubriendo la mitad inferior. Mensajes como esde entonces, besos con lápiz labial y corazones se han unido a una erupción de graffiti rojo que «Pequeño Wilde, te recordamos», «Sigue mirando las estrellas» o «La belleza real termina donde comienza el intelecto» se unen a las marcas de labios y a corazones rojos. De hecho, besar la tumba de Wilde se convirtió en un pasatiempo obligatorio en el circuito turístico de París.

Dejando a un lado el romanticismo, lo cierto es que esta costumbre terminó deteriorando el monumento ‒al igual que ocurrió con la tradición, de orígenes también literarios, de dejar un candadito en los puentes que estuvo tan de moda hace unos años‒. La lápiz labial se filtraba en la piedra, haciendo que cada vez fuera más difícil de limpiar. Con cada limpieza se erosionaba cada vez más la piedra, haciéndola todavía más porosa. De esta forma, la limpieza regular de la tumba desgastaba cada vez más la piedra. La primeras medidas que se tomaron para evitar esta práctica fue imponer una multa a cualquier persona que fuera sorprendida besando el monumento, pero no surtió efecto porque era difícil pillar in fraganti al infractor y porque la mayor parte de ellos eran turistas que volvían a su país antes de ser llevados a los tribunales. Otra medida fue poner una placa junto a la tumba, explicando que los besos la dañaban y pidiendo que se respetara. Sin embargo, tampoco funcionó, y la petición de Merlin Holland, el único nieto vivo de Oscar Wilde, de que protegieran la tumba con medidas más severas parecieron caer en oídos sordos.

En 2011, con motivo del 111º aniversario de la muerte del escritor, las autoridades colocaron por fin una barrera de vidrio antibesos alrededor de la tumba para evitar que los besadores causasen más daños. Ahora los turistas tienen que conformarse con dejar sus besos en el cristal y las flores y notas al pie de la tumba.

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