La predicación de San Juan Bautista (1566), por Pieter Bruegel el Viejo

‘La libertad de prensa’ es el nombre de un ensayo que George Orwell escribió a manera de prefacio para su libro ‘Rebelión en la Granja’ (Animal Farm), en donde comenta algunas de las complicaciones que tuvo para lograr publicar la mencionada obra. Entre ellas se destaca que la mayoría de los editores temían a la reacción de los intelectuales británicos, quienes se mostraban muy abiertos con cualquier tema de índole social pero actuaban con represión cuando se osaba criticar a Stalin o a la nación que presidía.

“La gran mayoría de los intelectuales británicos había estimulado una lealtad de tipo nacionalista hacia la Unión Soviética y, llevados por su devoción hacia ella, sentían que sembrar la duda sobre la sabiduría de Stalin era casi una blasfemia”.1

_G. Orwell

No es mi intención tratar sobre aspectos negativos o positivos de ciertos personajes históricos, sino ejemplificar cómo actúa el ‘símbolo’ en la mente de lo que llamo la masa amorfa o común. Para muchos pensadores de izquierda en aquella época, Stalin había dejado de ser un simple hombre; se había transformado en un símbolo viviente, la prueba de que la utopía podía convertirse en realidad, una meta compartida por miles de personas; un corazón para la masa. El símbolo vivo es poderoso pues abstrae y reúne los anhelos de gran cantidad de personas que actuarían como un sólo organismo. Atacar al símbolo significaría atacar a la masa, pero de la misma manera, si el símbolo muere la identidad que mantenía unida a las personas cae, y la masa se desintegra.

El hormiguero

La sociedad actual ha evolucionado mediante un choque constante de elementos aparentemente contrarios (Marx diría que por la lucha eterna de clases). Los grupos, las jerarquías, las clases sociales, todos son factores que han mantenido a las poblaciones humanas lo necesariamente unidas para producir, pero lo suficientemente divididas para no volverse una amenaza contra los que ejercen el poder.

Pero cada cierto tiempo y según la situación (por ejemplo: excesiva opresión, sensación de crisis colectiva, prohibición repentina de tradiciones) las diferencias son aparentemente erradicadas y nace un nuevo grupo, unido y guiado por una figura que se alza dentro de la masa misma: el mesías de tierra2. Su poder simbólico radica en que representa el final de una larga espera profetizada hace mucho tiempo y alimentada por la tradición; la llegada de un salvador, un redentor que ponga fin a las injusticias que sufren los menos afortunados. Este puesto, constantemente vacante, ha sido ocupado innumerables veces a lo largo de la historia. El mesías de tierra se revela a sí mismo como el portavoz de una verdad incuestionable que pretende proclamar -en poco tiempo- una reforma terrenal.

“La reforma es elaborada por gente que se pretende representativa y hace profesión de hablar por los otros, en nombre de los otros, con lo cual se produce una instalación de poder, una distribución de poder a la que se añade una represión acrecentada”.3

_Gilles Deleuze

El mesías une, congrega, promete derribar límites y proclama la igualdad entre todas las personas sin importar clases o géneros (siempre que se encuentren debajo de él), y la esperanza es concentrada. Habla con pasión, porque de las hormigas necesita tocar sus emociones, no su razón. Teniendo sólo un corazón, un corazón colectivo, es mucho más fácil de sujetar y tirar de él. Dentro de la masa todos son iguales: en la desnudez colectiva se encuentra el consuelo.

El mesías y la masa religiosa

Para Elías Canetti, la masa (abierta4) no dura mucho, está pues, destinada a la desintegración tiempo después de que el impulso inicial se pierde. La civilización ha aprendido a sacarle provecho mediante, entre otras cosas, la instauración de bandos. Permite la supervivencia de masas de pequeña o mediana escala adversarias entre sí. La durabilidad de las mismas se debe a que se alimentan de la competencia mutua, es por ello que contamos con polarizaciones “normalizadas” como los bandos por equipos deportivos o el bipartidismo dentro del marco político.

Sin embargo, las masas religiosas funcionan un tanto diferente.

“[las religiones] Aspiran a construir una masa universal; cada una de las almas es importante y deberá pertenecerle”.5

_E. Canetti

A diferencia de lo visto anteriormente, en una masa religiosa el sentimiento de identificación fomentado por el líder-símbolo no se consolida por un impulso inicial compartido por un aglomerado humano, sino, y siguiendo a Canetti, por una meta en común que se encuentra, por el contrario, lejana, y a la que sólo se puede acceder mediante la promesa de la fe, por lo que la durabilidad de este hormiguero está mejor garantizada. Por lo tanto, la masa religiosa ve en el acto de disidir una amenaza grave, el riesgo de que inicie un proceso de separación de fieles. Por ello es que la obediencia se exalta como una de las mayores virtudes, convirtiendo en dócil la personalidad de los siervos para su mesías, logrando así que la masa, al creer que está defendiendo los valores de siempre que la llevan hacia esa meta tan distante, adopte comportamientos contrarios a los de la fe de su crianza. Los rituales también ayudan en el proceso de homologación por su condición de repetición, fortaleciendo la identidad colectiva.

No obstante, siempre existirán los que permanecen al margen de la masa. Aunque generalmente peligran. Si alguien maja el hormiguero, las hormigas se unen casi instintivamente a morder al intruso para proteger a la reina (su mesías) y hacer perdurar el símbolo que les da identidad. Por todo esto es que se logran ver tristes casos: desde intelectuales defensores de la libertad de expresión pero que deseaban el silencio de los que criticaban su símbolo; hasta ver a una masa de carácter sectaria, “virtuosa” y presuntamente rebosante de valores con pulcra moral basada en la misericordia y el amor al prójimo, mutando en un conglomerado violento que entregaría su vida para defender el símbolo de su propio concepto de paraíso terrenal, para todos o para ninguno.

Pero ningún fuego arde por siempre, al final llega el momento donde la chispa se apaga y todos vuelven pasivamente al hormiguero. La historia nos ha legado el inminente fracaso del mesías de tierra. Ya sea por la llegada prematura de la muerte o por el análisis racional de sus actos, éste finalmente se revela como un simple humano, y su imagen se descompone hasta llegar a no ser más que tierra. Los otros reanudan el trabajo rutinario, pero en sus minúsculos momentos de libertad aguardan de rodillas por el siguiente mesías, esta vez el verdadero, se dicen, y con relativa rapidez el hormiguero retoma su curso.

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Notas:

1. Orwell, G. La libertad de prensa. Se publica como prefacio a Rebelión en la Granja en algunas ediciones posteriores a 1972.

2. Utilizo la expresión “mesías de tierra” para diferenciarlo del concepto de “mesías divino”.

3. Deleuze, G., en un diálogo con M. Foucault (1972): Diálogo sobre el poder.

4. Para Elías Canetti existen dos tipos principales de masa: la abierta (puede ocurrir en cualquier lugar sin importar las clases sociales pero se disuelve casi tan rápido como aparece); y la masa cerrada (grupos privados y asociaciones; son de menor crecimiento pero de mayor estabilidad). Canetti, E. Masa y poder: Masa abierta y masa cerrada.

5. Canetti, E. Masa y poder: Domesticación de las masas en las religiones universales.

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