Cada cierto tiempo toca parar la marcha, ver en derredor, cerca, lejos y dentro, y organizarlo todo antes de seguir. Eso es justo lo que estoy haciendo ahora, mientras miro de frente a una frase pintada en tres trozos de madera, que dice: «Quiero vivir mi vida sin estrés y preocupaciones. No necesito ser rico o famoso, sólo quiero ser feliz».

Esta idea de Zygmunt Bauman me es recurrente de vez en cuando (y esto que acabo de decir es redundante, sí… bueno), creo que coincidiendo con las veces que me doy el lujo de frenar en seco para quedarme quieto: «Cuando una cantidad cada vez más grande de información se distribuye a una velocidad cada vez más alta, la creación de secuencias narrativas, ordenadas y progresivas, se hace paulatinamente más dificultosa. La fragmentación amenaza con devenir hegemónica. Y esto tiene consecuencias en el modo en que nos relacionamos con el conocimiento, con el trabajo y con el estilo de vida en un sentido amplio.»

Hace poco leí un interesante artículo sobre el silencio, que para mi es ese lugar en donde uno puede estar solo, dándose el cada vez más exclusivo lujo de conocerse un poco más. El silencio es un maestro, pero pocas veces queremos escucharle. La rutina nos envuelve con una capa de ruidos de toda índole: el ruido de los coches, de la radio en la oficina, el ruido de la gente del entorno que se queja por cualquier cosa, el ruido de las infinitas notificaciones del Facebook y el WhatsApp…

El otro día estábamos charlando en el sofá, ella en uno y yo en el otro. Tal vez sea raro, pero cuando ella llega de sus quehaceres y cruza la puerta de casa, es como si viniera con el ruido y las prisas de la calle; por eso me gusta darle un abrazo largo y un beso, y si hace bueno nos sentamos unos minutos en el patio, ella en la hamaca y yo en el puff en el suelo, y nos contamos el día, tomando un café, o comiendo un plátano, o lo que sea; y de esa forma es como que se queda fuera de casa ese ruido y esas prisas que estaban como pegadas a la piel de ella. Bueno, pues como decía, estábamos charlando en el sofá, porque en el patio hacía todavía frío, y yo le estaba explicando a ella lo que quería expresar con el título de este artículo, «Ecología mental».

Ella me dijo que esa idea de que los pensamientos y todas estas cosas que caen en este cubo por llenar que es la mente, no se pueden gestionar como los vidrios al contenedor verde y los plásticos al amarillo y los papeles al azul. No señor, porque el cerebro desecha lo que no necesita antes de que se meta dentro: es como si vamos al supermercado y decidimos no comprar el tarro de mayonesa, porque estamos a dieta, y entonces es inútil pensar que tengamos que tirar el vidrio al envase amarillo al terminarlo.

Yo le dije que el asunto no era exactamente ese… Más bien se trata de pensar que al igual que la idea del ecologismo se preocupa de cuidar las relaciones entre las especies, y el planeta tierra, las personas individuales, tú y yo, él y ella, deberíamos tomar conciencia de qué hacemos con los residuos mentales que amenazan con colapsar nuestra atmósfera. ¿Nos os parece, sobretodo viajando en avión, que al mirar abajo, los ríos parecen arterias, y las carreteras con los cochecitos son como el fluir de la sangre, y los bosques pulmones? A mí sí me lo parece, y al igual que el planeta Tierra es como una simple molécula de agua, nuestro cuerpo me resulta tan, tan, tan similar a nuestro planeta, que tener más en cuenta nuestra propia ecología mental, siempre será beneficioso.

Alguna vez escuché que no deberíamos permitir que otros viertan sobre nosotros la basura de sus mentes. Pero es que es tan fácil culpar a los otros de nuestra propia basura mental, que habría que añadir que no deberíamos permitirnos el lujo de acumular dentro pensamientos negativos, rencores, envidias, odios, venganzas, y todas estas cosas tan venenosas y autodestructivas.

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