Mariana Enríquez.

No se los recomiendo si tienen estómago sensible, si tienen algún asunto moral irresuelto: Mariana Enríquez (Argentina, 1973) no se viene con medias tintas ni con sutilezas, los cuentos que compone Los peligros de fumar en la cama son enfermizos, retorcidos, casi diría «infumables».

Antes de hablar del libro, debo decir que Mariana Enríquez explicó en alguna ocasión que para ella los libros perfectos de terror son los que no pretenden serlo, sino que están «condenados a serlo». Dentro de este tipo de libros menciona, por ejemplo a Jane Eyre, de Charlotte Brönte; Cumbres borrascosas, de su hermana Emily, y Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato («una novela gótica “que hoy no hubiera podido escribirse” por resultar demasiado políticamente incorrecta», según la propia Mariana)

Siempre me gustaron más todos esos libros que los de Lovecraft, que los de Poe. Porque sugerían el terror, porque te dejaban llegar a él por tu cuenta.

Bien, Mariana ha seguido su propio corazón en estos temas: los cuentos de este libro no exponen el terror como desencadenante de la trama, más bien lo presentan como algo circunstancial, una cosa que surge con total naturalidad, «cashi shin querer», como diría Ximena Sariñana.

Los peligros de fumar en la cama está construido de 12 cuentos en los que Enríquez expía una cantidad importante de temas que son incómodos, que son tabú, y que acaso por esa misma razón nos resultan aterradores: mujeres que se excitan con enfermedades cardiológicas («Dónde estás corazón»); niños fantasmas que aprisionan a los habitantes de una ciudad cosmopolita («Rambla triste») o chicas acomplejadas y con líos amorosos («La virgen de la tosquera»). Situaciones extrañas, un poco grotescas, pero que se acercan peligrosamente a nuestra realidad.

En este punto debo hacer una pausa y confesar que, fuera de un par de excepciones, nunca he sido lector asiduo del género terror. No le he huido, ni tengo ningún problema con él, simplemente no se ha dado la oportunidad. Es otra de las deudas que tengo pendientes en este vastísimo universo de las letras. Así que si algún fan del género está leyendo esto, probablemente no esté de acuerdo con esta impresión, pero de todas formas tengo que soltarla: creo que Mariana Enríquez ha llevado el cuento de terror (al menos en español) a otro nivel.

Dos razones tengo por imprescindibles para sostener esta afirmación.

El lenguaje: directo, sin muchos adornos, y, sobre todo, argentino. Esto último lo menciono porque cuando estaba a punto de enfrentarme a este libro pensé que me iba a topar con esas formas grandilocuentes y suntuosas de presentar las hechos y de describir lugares y cosas (un poco como lo que hace Lovecraft con sus descripciones), pero en cambio me encontré con un lenguaje totalmente coloquial; sin mucho adorno ni hechuras artificiales; cotidiano, común, identificable. Genial.

Así uno se topa con frases como esta:

Era como sumergirse en un milagro.

O esta:

Treinta y un años tan sin saber qué hacer.

O esta otra:

Vio por un instante esa cara sobre la vereda, y pensó que nada malo debía haberle pasado a Vanadis, la chica que se parecía a Bianca Jagger pero había nacido en Dock Sud, porque nada malo le pasaba nunca a las diosas, ni aunque fueran tan tristes y callejeras.

La segunda cosa es justamente eso: lo cotidiano. Ni siquiera cuando aparecen seres fantasmales o mentes desquiciadas el libro abandona ese trasfondo terrorífico de «lo cotidiano»: de parques, ciudades y personajes que se parecen a los que hay en la vida real. Situaciones que en nuestros pueblos son tan de moneda corriente como los desaparecidos a causa de la violencia o el régimen de turno, adquieren en las páginas de este libro un sentido aplastante. El resultado es desesperante y bello, por identificable, por cercano.

—¿Sabés lo que hacen? No te dejan salir.

—¿Qué cosa?

—Los chicos no te dejan salir. No podemos irnos del Raval. Los chicos fueron infelices, no quieren que nadie se vaya, quieren hacerte sufrir. Te chupan. Cuando querés irte, te hacen perder el pasaporte. O perdés el avión. O choca el taxi que va al aeropuerto. O te ofrecen un trabajo al que no podés negarte porque es mucha plata. Son como esos duendes de los cuentos, los que cambian cosas de lugar en la casa a la noche, pero mucho peores. Todos los que dicen que no se quieren ir del Raval mienten. No pueden salir. Y aprenden a soportar todo.

Curiosamente, este mismo extracto lo puedo aplicar a Mariana Enríquez y sus cuentos en Los peligros de fumar en la cama: no quieren que nadie se vaya. Te chupan cuando querés irte. Pero a diferencia de los habitantes de Raval, los lectores no mentimos cuando decimos que no nos queremos ir de este maravilloso libro.

P.D.: Les recomiendo este video de la Audiovideoteca para conocer mejor a Mariana Enríquez.

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