He estado 8 días haciendo una dieta depurativa que, en esencia, consiste en no comer más que un brebaje de zumo de limón y sirope. Ahora que estoy volviendo a la vida normal, quisiera compartir con vosotros las reflexiones de estos días. La primera y más clara, es que ¡comer es un enorme placer!

De este tipo de régimen estricto escribí hace algún tiempo, en un artículo llamado La milenaria técnica del ayuno. Se trata de una dieta depurativa, en la que no se pasa hambre en absoluto, hasta que el cuerpo ha terminado de eliminar las toxinas que le sobraban después de una alimentación normal del día a día, y entonces vuelve a reclamar alimentos sólidos, terminando en ese instante el ayuno.

Para hacer cosas como esta hay que estar concienciado de querer hacerlo. El otro día un amigo se interesó por el tema, pero dudaba de su capacidad de estar 10 días sin comer, con lo glotón que es. Le dije que pensar en el día 10 antes de empezar casi garantiza el fracaso. Recuerdo la primera vez que me fui hasta el remoto pueblo de Roncesvalles, en la frontera entre España y Francia, que allí hay una señal de tráfico dedicada a los peregrinos que van a iniciar su andadura. Pone: «Santiago de Compostela 790Km». Si a un mes de distancia de algo, estamos pensando en ello, estamos dejando de pensar en lo que estamos haciendo. Quizás a veces sea bueno perseguir una zanahoria, pero de esa manera se corre el riesgo de no ver las piedras y los agujeros de la senda.

Hacer una dieta de ayuno permite conocerse un poco más. Es muy llamativo cómo el cuerpo va eliminando lo que le sobra, sacándolo de donde estaba escondido hasta la superficie. Pero lo más llamativo para mi, es cómo se agudiza el sentido del olfato: de repente, al tercer día o así los olores conforman una nueva dimensión, que hasta estos días no existían. Ahora en Sevilla están los naranjos en flor, y el ayuno me ha permitido disfrutar más intensamente de la fragancia del azahar; amén de todas las flores de la primavera; y los olores de los restaurantes, y las casas con sus potajes; y el pestazo de los humos del tráfico, y de la lejía saliendo de la ventana de un hotel.

Dejando de comer por unos días, también percibimos el efecto soporífero y tóxico de alimentarse mal, o en exceso. Nos estamos contaminando por comer demasiado, y por comer mal. Eso se nota en la somnolencia, y en el mal dormir de la noche, y en la pesadez del estómago, y en los dolores aquí y allá. Hay muchas formas de contaminarse el cuerpo y la mente, y comer y beber es probablemente de las más placenteras.

El otro día asistí a la presentación de un libro. El tipo presentaba esta sociedad de la que acabo de hablar, con una foto muy gráfica: se trataba de un pequeño conejo, rodeado por todos los lados de zanahorias. Ir al supermercado y tenerlo todo allí. ¿Pero no será esa zanahoria también como la que decía más arriba, ese cebo que seguir sin acordarnos de bajar la cabeza para ver por dónde pisamos?

Lo más interesante de esto de ayunar, es la maravillosa sensación de existir. Esto lo percibimos por comparación, al final, cuando damos los primeros bocados a algo. Mientras ayunamos nos vaciamos de todo lo que interfiere entre nuestro cuerpo, esta carcasa que nos limita y separa, de lo de afuera.

Hay textos antiguos que hablan del TODO y de la NADA.

Al principio era un vacío en el espacio, como dije otro día mencionando las explicaciones del astrofísico Mukhanov. Eso es lo que, por ejemplo en La Cábala, dicen que es el principio de todas las cosas, o «la nada». De allí se crearon los universos, galaxias y planetas; o lo que es lo mismo, este «todo» actual. Vivir en esta dimensión de la materia, en la que en vez de ser una chispita, tenemos un cuerpo, nos permite sentir, para poder experimentar la vida. Esto pensé en mi primer bocado después de unos días de ayuno.

En el Tao Te King también habla del todo y de la nada: «Vivir es llegar y morir es volver».

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