Combustible Lovecraft de Varios Autores

Pocos son los escritores elegidos que logran hacerse un hueco en los cimientos del lenguaje cotidiano: orwelliano, kafkiano o borgiano, entre otros. Por cierto, uniendo a estos dos últimos, en el ensayo «Kafka y sus precursores», Borges plantea la posibilidad, contradictoria pero lógica, de que existieran elementos kafkianos previos al nacimiento de Kafka. Quizá el término «lovecraftiano» no haya cuajado con tanta solidez más allá de los círculos cerrados en torno a la figura de Providence, pero no cabe duda de que el autor de los Mitos de Cthulhu merece entrar por mérito propio en el panteón de los referentes culturales más grandes de la historia. Impulsor del horror cósmico, Lovecraft se ha terminado convirtiendo en icono del terror y de la ciencia ficción del siglo XX, con unos tentáculos ‒nunca mejor dicho‒ que van más allá de la literatura y que se extienden por ámbitos tan distintos como el cine, la música, los videojuegos, los cómics, los juegos de rol o, más recientemente, el mundo de los memes.

Convertir a Lovecraft en meme es solo un signo más de los tiempos que vivimos, pero esa popularidad se paga a un alto precio, porque para que haya sido la obra del que fuera autor de, además de relatos de terror, ensayos o incluso poesía, se ha visto simplificada hasta el extremo de ser prácticamente reducida a su creación más conocida: Cthulhu. Y sí, Cthulhu es mucho Cthulhu, pero el concepto de terror cósmico es bastante más amplio, y eso hace falta reivindicarlo. Una de esas últimas reivindicaciones, recomendable por muchos motivos, es Combustible Lovecraft: Revisionismo lovecraftiano para las masas, una antología de relatos editada por Yolanda Espiñeira y Félix García en Orciny Press.

Para entender el título hay que echar mano del prólogo de Félix García, donde se hace una analogía entre Lovecraft y los combustibles fósiles. Al igual que la energía con el crudo, el terror se ha estado beneficiando durante décadas de Lovecraft hasta la extenuación, ha sido uno de sus grandes combustibles sin ningún tipo de control. Podemos pensar, con Italo Calvino, que un clásico nunca se agota, que Lovrecraft nunca terminará de decir lo que tiene que decir, pero los más suspicaces tal vez podrían pensar que la aparición de memes son ya una simplificación que conlleva una primera muestra de agotamiento. En ese punto hay que situar Combustible Lovecraft, que propone un uso más sostenible de las influencias del creador de Cthulhu, llegando incluso a prescindir de Cthulhu llegado el caso, al tiempo que toma forma de producto que puedan consumir esos mismos que disfrutan con los memes. Si no para toda la familia, sí al menos para aquellos a los que les guste el terror, conozcan o no a Lovecraft.

Combustible Lovecraft supone una versión 2.0 del terror cósmico, una puesta a punto, que evita caer en los manidos tópicos lovecraftianos sin renunciar a Lovecraft. Se trata de nueve relatos, cada uno de su padre y de su madre, de nueve escritores diferentes, que están más o menos apegados al autor de Providence, pero que en cualquier caso aportan una visión personalísima del género, que van desde una perspectiva más clásica a una inquietante narración fragmentada que hay que recomponer como si se tratara de un puzle. Todos ellos pueden leerse de forma independiente, y es posible hacerlo en la mayor parte de ellos incluso sin tener en cuenta a Lovecraft o sin conocer nada sobre este escritor. Recordemos que al título le acompaña la etiqueta «para las masas».

He aquí donde veo el salto cualitativo entre relatos. Como toda antología, es heterogénea y, aunque es evidente que hay un cierto hilo conductor y un mínimo de calidad, siempre se puede poner en duda lo acertado de la selección. En mi caso prefiero valorar los relatos ateniéndome estrictamente a ese espíritu divulgativo que parece estar presente en el volumen desde la cubierta. No todos los relatos se limitan a introducir guiños o referencias veladas ni todos son igual de accesibles, aunque bien es cierto que no es necesario ser un experto en terror cósmico para comprenderlos o, por supuesto, para disfrutar el libro.

De todo el conjunto quiero destacar tres relatos que son los que más me han llamado la atención: «Tras el horror» de Colectivo Juan de Madre, porque hace una mezcla magistral de ficción y realidad y porque introduce el horror de manera muy sutil y sin embargo está presente en cada palabra de la historia; «El síndrome de Capgras» de Tony Fuentes, porque te va metiendo el mal rollo en el cuerpo in crescendo, a medida que avanzas, intuyendo que la desgracia acecha en la próxima frase, hasta llegar a un punto climático en el que casi explotas; y, por último, «Podéis ir en paz» de Weldon Penderton, porque según lo vas leyendo te va dejando ese mal sabor de boca que te tiene que dejar el buen terror.

Por último, no quería dejar de mencionar la espectacular edición a cargo de Orciny Press. El diseño de la cubierta, lo impecable del texto y la calidad del papel, unido por supuesto a su contenido, hacen de este libro una verdadera joya imprescindible para amantes de Lovecraft. Recomendable también para aquellos que quieran un primer acercamiento ‒o segundo, o tercero‒ muy distinto a lo habitual al creador de los Mitos de Cthulhu.

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