Los cómics no son solo cosa de niños. Asociado al término «tebeo», en referencia a la célebre revista infantil y juvenil TBO, los cómics han tenido durante décadas un halo de producto con un valor cultural escaso, más dirigido a un público infantil y juvenil, cuya se lectura se acaba abandonando al mismo tiempo que se pasa la adolescencia y se entra en la edad adulta. Esta concepción empieza a cuestionarse a partir de 1980, cuando se produce el boom del cómic adulto, al tiempo que a los tebeos tradicionales se les comienzan a sumar otros productos con estilos diversos, como las historias gráficas o el manga, y empezamos a encontrar ya a toda una generación de lectores que continúa leyendo cómics después de dejar atrás la adolescencia.

Un síntoma más de la puesta en valor cultural y artístico de los cómics fue la acuñación y popularización del término «novela gráfica», utilizado por Will Eisner para distinguir su Contrato con Dios de las las historias serializadas de superhéroes. Como dije aquí, «lo que Eisner buscaba era que su libro tuviera legitimidad cultural, distanciándose además de los cómics de superhéroes de los tebeos infantiles y de los cómics de humor, que culturalmente tenían una consideración nula». De esta forma, con este nuevo término se pretendía reivindicar la relación del cómic con la literatura, aludiendo con el adjetivo al tipo de lenguaje utilizado. Sin embargo, muchas son las voces que se han mostrado críticas con este término, considerando que implica supeditación de uno respecto al otro, que a estas alturas los cómics ya no necesitan ese barniz de literatura para tener su propio prestigio cultural.

En España uno de los mayores puntos de inflexión lo supuso en 2007 Arrugas de Paco Roca, que tuvo la capacidad de llamar la atención por leer cómics de personas que hasta ese momento no leían cómics de forma habitual. Esta novela gráfica, que triunfó también más allá de nuestras fronteras, fue el empujón definitivo para acabar de considerar los cómics como un producto cultural de primer nivel, así como sentó las bases de una narrativa más adulta, basada en la cotidaneidad. Una década después es posible encontrar una colección de ensayos sobre el mundo del cómic, Grafikalismos, en la Universidad de León, con títulos como  La expresión del Horror de Bernie Wrightson, Diez ensayos para pensar el cómic de Ana Merino o Imágenes de la enfermedad en el cómic actual de Inés González Cabeza.

Con todo, para una gran parte de los lectores los cómics todavía siguen siendo unos grandes desconocidos. Además de que todavía existe una cierta reminiscencia de infantilismo, el imaginario colectivo está dominado principalmente por el cómic americano y el japonés, por los cómics de superhéroes y por el manga, sin dejar casi espacio a otras alternativas. Todavía existe la creencia de que los cómics no son un producto cultural serio o que son una puerta de entrada para que aquellos niños reacios a leer se animen con los dibujos pero que en algún momento pasen a leer libros de verdad ‒algo que, por cierto, también ocurre con la novela YA, aunque por suerte cada vez menos‒.

No es ya solo que haya cómics que han conseguido hacerse con premios culturales de primerísimo orden y que nadie dudaría de calificar obras de arte desde Maus de Art Spiegelman con el Premio Pulitzer en 1992 hasta March, una trilogía gráfica sobre el Movimiento por los Derechos Civiles de los Estados Unidos, que el año pasado fue el primer cómic en ganar el National Book Award. Y por en medio tenemos obras de la talla de El regreso del Caballero Oscuro o Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons, Black Hole de Charles Burns, Persépolis de Marjane Satrapi, The Sandman de Neil Gaiman, From Hell de Alan Moore, Building Stories de Chris Ware, Predicador de Garth Ennis, Ghost World de Daniel Clowes, Hellboy de Mike Mignola o Asterios Polyp de David Mazzucchelli, solo por mencionar unas cuantas. Es que con el tiempo se ha venido demostrando que los cómics son mucho más que superhéroes. En ellos tienen cabida todos los géneros de la literatura tradicional, desde ciencia ficción o fantasía al género romántico o incluso a la adaptación de clásicos. clásicos y romance. También ha habido una reciente explosión de novelas gráficas de no ficción: Incluso la no ficción no ha podido resistirse al formato cómic y ya existe toda una gama de libros que tratan de temas tan diversos que van desde la teoría cuántica hasta las ideas de Nietzsche, pasando por la historia del pensamiento queer y LGBT.

En este último sentido, los cómics han demostrado su poder para visibilizar minorías que hasta ahora se han visto invisibilizadas. Sí, tal vez durante décadas se ha intentado apartar a los cómics a los personajes LGTB, pero de un tiempo a esta parte se han hecho auténticos esfuerzos para justo lo contrario. El cómic ha demostrado ser un importante instrumento en la reivindicación de igualdad de género, tanto en el ámbito LGTB como en la lucha feminista. Aunque durante décadas el mundo del cómic ha estado muy masculinizado, de un tiempo a esta parte han ido apareciendo cada vez más trabajos reivindicando a la mujer y a su papel dentro de la sociedad. Es recomendable leer, en ese sentido, el artículo titulado «Las olas del feminismo a través del cómic. Una propuesta didáctica» de Joan Miquel Rovira, José Rovira Collado y Natalia Contreras de la Llave.

Y, como herramienta didáctica, también han demostrado que pueden ser un arma poderosa para representar la discapacidad y la diversidad. En relación a uno de los libros mencionados, Imágenes de la enfermedad en el cómic actual, el cómic ha demostrado, además de sus posibilidades catárticas, ser una excelente forma de compartir experiencias, comprender y asimilar mejor enfermedades o acabar con mitos. Según Ian Williams, autor de cómics y teórico de la patografía gráfica, los cómics suelen proponer representaciones de la experiencia de la enfermedad alejadas de la iconografía y del discurso clínico oficial, por lo que pueden realizar una contribución positiva al imaginario colectivo.

Los cómics no solo no están por debajo de la literatura tradicional ni son una puerta infantil hacia ella sino que la maravillosa y compleja relación que se establece en este formato entre imágenes y palabras consigue hacer magia en nuestro cerebro. Gene Luen Yang, cuyo libro de 2008 American Born Chinese fue la primera novela gráfica en ser nominada a un National Book Award, habló de esa relación en Big Think. En un principio, explica Luen Yang, el formato era bastante simple: las imágenes solo eran una fiel representación del mensaje transmitido por las palabras. Si el mensaje decía «Superman golpea a Lex Luthor» en la imagen simplemente te encontrabas a Superman golpeando a Lex Luthor. Eso reforzaba la idea de que los cómics no eran para gente muy lectora: si no entendías las palabras siempre podías recurrir a la imagen. Ahora, en cambio, la relación entre palabras e imágenes se ha convertido un arte en sí mismo. Por ejemplo, en ocasiones la importancia recae en el texto y otras veces en la imagen, o puede ocurrir que ambos entren en contradicción y el lector deba decidir cuál es el verdadero. Y así sucesivamente.

Es por eso que Luen Yang no duda en afirmar que un buen cómic puede estimularnos intelectualmente, hacernos más inteligentes, que convertidos en herramientas educativas pueden ser un instrumento muy poderoso para conseguir que los niños a aprender a su propio ritmo. Una idea que no es descabellada ni mucho menos, teniendo en cuenta que ya existe algún estudio que confirma que el emparejamiento de historias visuales y verbales puede aumentar la memoria en los niños. Un estudio concluyó que los estudiantes que leen siete páginas de un cómic retienen más información sobre lo que han leído que aquellos que han recibido exactamente la misma información pero en formato texto. Al fin y al cabo, somos seres visuales y más del 50 por ciento de la corteza cerebral se dedica a procesar este tipo de información, por lo que contar historias con imágenes sí que puede ayudar a los niños a retener información.

Antes decía que los cómics son mucho más que superhéroes. Poco a poco se va acabando con los prejuicios y más o menos ya nadie se atrevería a afirmar que obras como Maus son joyas literarias. Sin embargo, ¿es justo que descartemos de un plumazo a todos los superhéroes? No, porque también han hecho sus esfuerzos para transmitir mensajes sobre la diversidad y sobre lo que implica ser el otro ‒por ejemplo, los personajes LGTB que antes comentaba‒. En la página de Harvard Useable Knowledge se habla de una experiencia didáctica con X-Men de Chris Claremont. Al principio de la unidad se le pregunta a los alumnos qué es un mutante y quién sería considerado como tal en nuestra sociedad. A continuación se hace la magia. Los alumnos descubren que los X-Men son una alegoría de las personas marginadas, no blancas, no masculinas, no cristianas, no heteronormativas, en una sociedad opresora. Al explorar los personajes y las tramas de esos cómics, acaban viendo paralelismos contemporáneos e históricos. Paralelismos ente las ideologías sociopolíticas de Martin Luther King Jr. y Malcom X y los personajes Charles Xavier y Magneto. Reconocen la conexión entre las políticas de detener y registrar y las iniciativas «anti-mutantes» del cómic.

La manera de narrar historias está en constante cambio ‒en realidad lleva décadas así‒ y negarse a aceptar esta realidad es de una estrechez de miras devastadoras. Un buen lector, si es que existe tal cosa, debería ser aquel capaz de acercarse a toda clase de narraciones, contadas de las formas más diversas. No deberíamos dejarnos llevar por prejuicios absurdos sin haber intentado antes darle una oportunidad a un formato que tiene muchísimo que decir. Y dicho esto, solo me queda por añadir: felices cómics.

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