Gato perdido Docket

En 2002, el gato de la artista Tracey Emin, Docket, desapareció. Como toda hija de vecino, que en eso los artistas son como el resto de mortales, Emin llenó todo su barrio, Spitalfields, al este de Londres, de carteles en los que ponía «Gato perdido», acompañado de una fotografía del bueno de Docket, una breve descripción y un número de teléfono de contacto. Ahora podría decir aquello de «una artista famosa colgó carteles buscando a su gato y no creerás lo que pasó a continuación», pero en realidad es perfectamente creíble: la gente comenzó a retirarlos y a venderlos por precios que superaban los 550 euros.

Hasta aquí uno podría pensar que se trata de un capítulo más en la historia de la venta especulativa de merchandising de famoso, pero nada más lejos de la realidad. Los carteles no se estaban vendiendo como reliquias morbosas del famoso de turno, sino como obras de arte ‒una situación muy parecida a la que hemos podido ver con algunas de las obras de Banksy‒. No sé sabe si debido a motivaciones personales, profesionales o directamente económicas, la galería de Emin, White Cube, no tardó en emitir un comunicado respecto a los carteles, declarando que «no son obras de arte, simplemente son un aviso para alertar a sus vecinos sobre su gato perdido. No es una obra conceptual y no tiene nada que ver con su arte».

El hecho de vender carteles denunciando la desaparición de un gato puede parecer una tontería, y el comunicado de la galería de arte una obviedad, pero en realidad no lo son tanto si contextualizamos y analizamos la obra de Tracey Emin. El verdadero problema lo puso de manifiesto Ulrich Lehmann en un ensayo de 2002 sobre Emin. Lehmann toma prestado el término poncif de Baudelaire, que vendría a significar algo así como marca personal, es decir, un patrón repetido por Emin en su práctica artística que nos permitiría identificar instantáneamente alguna de sus obras y ajustar nuestra experiencia estética. Cuando un patrón poncif se repite un cierto número de veces se establece un marco interpretativo que nos ayuda a situar un producto como parte de su trabajo. El problema que surge con los carteles del gato es que la marca personal de Emin ya está muy establecida. Una de las señas características de esta artista es la identificación casi absoluta entre su vida y su obra. Un contenido autobiográfico, confesional y subjetivo que también estaba en los carteles. Recordemos, por ejemplo, que una de las obras más emblemáticas de Emin es su propia cama deshecha, valorada en 150.000 libras. De hecho, Docket ya había aparecido en una serie de fotografías de la artista, vendidas en un acto benéfico para la inauguración de la exposición Ant Noises 2 en la galería Saatchi. Si tenemos en cuenta esto, ya no parece una barbaridad haber considerado que los carteles para buscar el gato eran una obra de arte.

Según Lehman esta marca personal o poncif es una estrategia muy importante para el arte contemporáneo porque permite controlar la recepción de la obra sin necesidad de recurrir a exhaustivos manifiestos que desarrollen los puntos más importantes de una estética, como sí ocurría con el arte de vanguardias. Es evidente que esta herramienta responde al clima cultural actual y que vincula al artista y a su obra con el concepto de mercantilización.

Por cierto, por si a alguien le interesa conocer el final de la historia de Docket, a pesar de la rápida desaparición de los carteles, el gato volvió a reencontrarse con su dueña a los pocos días de perderse.

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