He estado unos días peregrinando por tierras andaluzas a través del llamado Camino Mozárabe. Me he encontrado con gente extraordinaria que hace lo que le gusta con amor; también me he tropezado con otros modos de proceder, que me cuesta más poder comprender. Vamos a intentar en estas líneas ahondar un poco en lo que hay detrás de la avaricia.

Voy a poner unos pocos ejemplos en orden cronológico.

En un pueblo en el que solo había una tienda para hacernos la cena en el albergue y comprar provisiones para el día siguiente, el tendero, con pinta de buitre, fue tecleando el importe de nuestra compra en su antigua máquina registradora. Nos fijamos que unos tallarines que valían 1,9 nos los cobró en 2… Y ese es solo un ejemplo, porque aquel señor fue tecleando lo que le vino en gana en la máquinita, pasando por completo del código de barras. Aquella tarde tenía mala leche, o tal vez se me puso por este detalle, que tampoco va a ningún sitio, y me fui al bar a tomar 2 cervezas con sus dos buenas tapas, como está mandado en tierras granadinas.

Días después, ya de camino a Córdoba, nos sentamos a tomar un refrigerio a medio día en un bar, y el hombre nos sirvió una tapa, algo escasa, pero bueno. Con mi segunda consumición no me sacó nada, creo que porque le caímos mal, o porque mis compañeras sacaron algo para picar viendo que allí no había más para rascar. Al ir a pedirle un café y pagar, le dije que había echado de menos la segunda tapa, y el hombre sin mirarme, mientras hacía el café, se encogió de hombros, como diciendo «te jodes».

Estos dos hombres son avariciosos de diferentes categorías, el primero intenta robar por aquí y por allí a los cliente que están de paso y tal vez no se van a molestar en recontar todo lo cobrado, o si pasa como con los tallarines, hacer como que no ha pasado nada y olvidarse del tema lo más pronto posible. El segundo, el de las tapas, es una mezcla de avaricia y poder mal entendido, porque como es el dueño del lugar, si quiere no ponerle una tapa a unos miserables peregrinos que están de paso, pues no se la pone, porque total, no van a volver.

De todos estos días el capítulo de alojamientos da para largo, pero voy a explicar dos casos:

Un día, viendo que se nos va a hacer tarde, llamo a un hostal que recomendaban en la guía para peregrinos que llevaba. Eran 40 para dos personas, y es el que elegí, viendo que la competencia era 45. Al llegar nos aborda desde la ventana una señora, para decirnos que la puerta está por el otro lado. Qué atenta, pienso yo. Subimos y nos cobra 45. Le digo que en la guía pone 40, pero me ignora diciendo: «Pues qué de peregrinos hay estos días». La miro a la cara y veo que tiene el símbolo del dolar en los ojos… Era tan pobre que solo tenía dinero. Para despacharnos pronto, ella misma llama al ascensor para subir una única planta, después de 10 horas que llevábamos de ruta aquel día, y no nos da oportunidad de preguntar por el wifi, ni si daban desayunos en el bar de abajo.

Estuve un rato pensando en escribir una hoja de reclamaciones, más por el trato que por los 5€ extra que nos cobró, pero como no iba a haber nadie a la mañana, y nos dijo que dejáramos la llave en el buzón al irnos, pensé que sofocaría mi rabia escribiendo estas palabras. Ya no tengo rabia, pero la señora me dio la oportunidad para reflexionar sobre la avaricia, aunque no he conseguido llegar a ninguna conclusión. Lo que sí hice fue contar el asunto entre mis amigos peregrinos en las redes, lugar y nombre del hostal, claro.

Habiendo aprendido la lección, unos pocos días más tarde nos encontramos con la misma diatriba: un pueblo con dos alojamientos, uno por 20€ persona y el otro 45 la habitación doble. Llamé al primero y me dijo que eran 21 por persona en una habitación de dos camas. Esta vez queríamos una habitación para cada uno, que ya estaba bien de escucharme roncar como un rinoceronte con rinitis, así que llamé al otro, que después de pensarlo bien y mirar en su registro del día, me lo dejó en 25 la habitación con dos camas, para uso individual. Entonces llamé al primero para cancelar la reserva, y me dijo que en este caso me lo podía dejar en 26… Me reí, porque en la primera conversación no existía la posibilidad de disponer de una habitación completa para cada uno. Pero me reí aún más, cuando unas horas después llegamos al pueblo, y Paco, que iba por delante, me contó que a él se lo habían dejado por 23.

En este caso el hombre del hostal, sabiendo que Paco hablaría conmigo, o bien quiso que yo supiera que había dado alojamiento a mi amigo por 2 miserables euros menos de lo que me ofrecía la competencia, o bien quiso que yo supiera ese precio mejorado y entonces tener 2 clientes más. A este hombre la avaricia le hizo perder dos clientes.

Otra sobre tapas: estábamos tomando una cerveza en un pueblo, y vemos que a todos a nuestro alrededor les sacan un vaso lleno de caracoles, que era temporada. Ángela se enfada mucho viendo que es la tapa del día, para todos los del pueblo menos para los 3 peregrinos que nunca volverán… A mi me hace gracia, y es que además no me gustan los caracoles.

Y la última es la que me hace ver estas cosas con algo de perspectiva, sabiendo además la diferencia de trato: y es que una vez pasé por el bar de siempre, de mi propio pueblo, pero vestido de peregrino y con mochila, porque acababa de salir de casa, y el camarero no era el de siempre, y me cobró por la cerveza de siempre un 10% extra, simplemente porque se suponía que no lo sabría…

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