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Los evolucionistas insisten en que los genes limitan y dirigen el comportamiento humano. Los constructivistas culturales, en cambio, argumentan que la cultura es la que da forma a la experiencia humana. Ambas afirmaciones son correctas en cierto sentido, pero erróneamente evolucionistas y constructivistas culturales las han considerado mutuamente excluyentes. De un tiempo a esta parte han aparecido evolucionistas, tanto en las ciencias como en las humanidades, que han conseguido superar esa contradicción, defendiendo, entre otras cosas, que la imaginación es una parte funcional de la mente. Estas ideas suponen una revisión del modelo de evolución cognitiva humana hasta ahora existente, integrando la psicología evolutiva.

En Cómo funciona la mente Steven Pinker sitúa las artes, incluyendo la literatura, dentro de la evolución cognitiva humana. Según Pinker, la sociabilidad y el lenguaje formaban parte de los mecanismos de adaptación humana, pero la imaginación creativa no. Cuando esta hacía acto de aparición en la evolución humana, era más bien un subproducto de los mecanismos cognitivos y conductuales. Para ilustrar esta idea, Pinker establece paralelismos entre el arte, la pornografía, las drogas psicoactivas y los alimentos sabrosos pero poco nutritivos. Reconoce que las narrativas ficticias puedan tener contenido informativo de cierta utilidad, al proporcionar soluciones para determinados problemas prácticos, pero en mayor medida su expresión se basa en la producción de placer, un placer que más bien está separado de todo valor práctico con respecto a la supervivencia o la reproducción, equivalente, por ejemplo, al placer que produce la masturbación.

El sociobiólogo Edward O. Wilson ofrece una visión muy diferente de la evolución cognitiva humana. En Consilience: The Unity of Knowledge, Wilson plantea la misma pregunta planteada por Pinker: si las artes se rigen por reglas innatas de desarrollo mental, son productos finales no solo de la historia sino también de la evolución genética. La pregunta, sin embargo, sigue siendo si el arte es un mero subproducto de la evolución o si fueron adaptaciones que mejoraron directamente la supervivencia y la reproducción, y, en este caso, cuáles fueron exactamente las ventajas conferidas.

Con la idea de responder a esta pregunta los investigadores estadounidenses y darwinistas literarios Jonathan Gottschall y Joseph Carroll pidieron a una muestra formada por quinientas personas que rellenaran cuestionarios sobre célebres novelas victorianas como Orgullo y Prejuicio, Drácula o Cumbres Borrascosas, para evaluar a los protagonistas y a los antagonistas de cada libro e identificar sus atributos. Los resultados revelaron que los protagonistas normalmente despiertan respuestas emocionales positivas en los lectores porque suelen estar sujetos a comportamientos cooperativos. En cambio, el ansia de poder y de dominar se identifican como características negativas y censurables de los antagonistas. Recordemos que Darwin sostenía que los humanos tendemos a rechazar a aquellos que intentan resolver las situaciones de forma individual en lugar de apoyarse en el grupo.

«Las novelas permiten a sus lectores sumergirse en una dinámica social igualitaria similar a la de los grupos humanos prehistóricos de cazadores-recolectores», concluyen Gottschall y Carroll. Por tanto, la buena literatura y el arte en general favorecen comportamientos sociales que cumplen una función adaptativa y nos incitan a combatir impulsos egoístas y a trabajar de forma cooperativa. En definitiva, y aunque suene descabellado, es posible aplicar aplicar las teorías de Darwin sobre la evolución a la literatura.

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