Cuando Ray Bradbury publicó en 1950 su libro Crónicas marcianas pudo estar pensando en varios aspectos relacionados con su presente histórico. Hacía cinco años que Estados Unidos había decidido acabar la Segunda Guerra Mundial soltando dos bombas nucleares en Japón. Los mismos años habían pasado desde que los soviéticos plantaran su bandera en el Reichstag de Berlín. La Guerra Fría se empezaba a entrever como el siguiente conflicto a nivel global y había que tener en cuenta que ahora los contendientes tenían armas atómicas. Puede que Ray Bradbury escribiese su libro pensando en la  importancia de la carrera espacial como lucha simbólica entre EEUU y la Unión Soviética. Puede que lo hiciera conocedor de que tanto una nación como otra intentarían ampliar sus zonas de influencia, que buscarían empezar a formar su propio imperio. O igual simplemente Bradbury estaba asustado ante la perspectiva de una guerra nuclear a nivel mundial y necesitaba encontrar, aunque solamente fuese en la ficción, una vía de escape para huir del negro futuro que el autor intuía que acontecía.

Sea como fuese, Ray Bradbury propuso a la sociedad estadounidense, y más tarde al resto de del mundo, la colonización de Marte. Crónicas marcianas es un informe pormenorizado de las historias de los primeros seres humanos que aceptaron viajar a Marte y quedarse a vivir allí. Como el propio Borges comenta en el prólogo de la versión en castellano, el tema es “la conquista y colonización de Marte”1. Bradbury, al inicio de su libro, parece entender de una manera, a mi parecer, tan irónica como intencionada, el planeta rojo como algo que está ahí para que vayamos nosotros y lo cojamos. Entiende Marte como un objeto al servicio de la humanidad al que todavía no se había necesitado. Sin embargo, ahora la humanidad tiene un motivo, una causa, para aprovechar lo que Marte nos ofrece. Así lo explica el autor en el capítulo titulado ‘Los colonos’:

Los hombres de la Tierra llegaron a Marte. Llegaron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o desdichados, porque se sentían como los Peregrinos, o porque no se sentían como los Peregrinos. Cada uno de ellos tenía una razón diferente. Abandonaban mujeres odiosas, trabajos odiosos o ciudades odiosas; venían para encontrar algo, dejar algo o alejarse de algo. Venían con sueños ridículos, con sueños nobles o sin sueños […] Al principio solo unos pocos, unas docenas, porque casi todos se sentían enfermos aun antes que el cohete dejara la Tierra. Y a esta enfermedad la llamaban soledad, porque cuando uno ve que su casa se reduce hasta tener el tamaño de un puño, de una nuez, de una cabeza de alfiler, y luego desaparece detrás de una estela de fuego, uno siente que nunca ha nacido, que no hay ciudades, que uno no está en ninguna parte, y solo hay espacio alrededor, sin nada familiar, solo otros hombres extraños. […] Cuando los Estados Unidos son solo una isla envuelta en nieblas y todo el planeta parece una pelota embarrada lanzada a lo lejos, entonces uno se siente verdaderamente solo, errando por las llanuras del espacio, en busca de un mundo que es imposible imaginar.2

El proceso podría asemejarse a lo que se hizo en el Lejano Oeste. Sacar el Destino manifiesto de debajo del cajón, desempolvarlo y enarbolarlo por toda la galaxia. Sin embargo, no todo será tan sencillo, ya que la sorpresa acontece cuando se descubre que en Marte hay un otro. Cuando en Marte ya vive una sociedad, ya viven otros apaches u otros indios sioux. Ray Bradbury comprende a la perfección la necesidad de la alteridad en los procesos de conquista o colonización. Siempre existe un otro con el que interactuar, de manera violenta o de manera pacífica, pero siempre siendo conscientes de que ese otro no es un yo o un nosotros. Hay una barrera invisible que no puede romperse. ¿Y en qué consiste uno de los grandes fuertes de Crónicas marcianas? ¿Qué hace del libro un estandarte de la ciencia ficción? La capacidad que tiene para borrar prácticamente esa idea de alteridad. Bradbury logra hacer pensar al lector que en Marte no vive nadie más que un nosotros. Que los marcianos somos nosotros mismos y que estamos autocolonizándonos. Volviendo de nuevo al prólogo de Jorge Luis Borges, tomaremos como ejemplo dos capítulos que para el autor argentino suponen los mejores fragmentos de todo el libro.

El primer capítulo del que Borges habla se titula ‘La tercera expedición’. Narra la historia de una tripulación de soldados y científicos que, años después de haber fracasado una expedición a Marte, llegan al planeta rojo para ver qué pudo suceder. Cuando aterrizan allí están esperando encontrarse a los esqueletos de sus compañeros muertos, devorados por bestias horrorosas o incapaces de soportar el hábitat marciano. Sin embargo, nada de eso. Lo que encuentran es un pueblo típico de Estados Unidos. Un pueblo que cada tripulante ve como el suyo, como el lugar en el que nació y creció. El capitán del cohete, John Black, decide investigar y, junto a dos tripulantes, da una vuelta por el pueblo. Suena la misma música que en nuestro planeta, las casas están decoradas igual, existen las mismas flores…. y hasta las mismas personas. Lo que John Black y su equipo descubren es que en Marte viven sus seres queridos fallecidos. Hermanos, abuelos, padres y madres, muertos en la Tierra pero resucitados en el planeta rojo. Toda presuposición de la existencia de una alteridad, de un otro al que además se presupone violento y hostil, cae de un plumazo cuando uno descubre que ese marciano asesino no es más que tu dulce abuela devuelta a la vida en un planeta lejano. ¿Pero dónde reside lo sublime de este capítulo? En que realmente sí existen marcianos, sí son hostiles y violentos y desde luego no tienen ninguna intención en ser tu dulce abuelita. Pronto el capitán John Black y su equipo descubren que los marcianos les han engañado a través de ciertos poderes psíquicos. Que les han hecho ver a sus seres más queridos para hacerles bajar la guardia y confiarse. La estrategia de la resistencia marciana es destruir la alteridad. Los seres humanos necesitan de un otro al que poder matar. Si no existe una alteridad la conquista resulta moralmente más complicada. Los marcianos saben que si eliminas al otro convirtiéndolo en el yo (en este caso en el yo para los terrícolas) te alzas con la primera victoria.

En el capítulo nombrado se entiende la eliminación de la alteridad como estrategia de resistencia, casi como táctica de guerra. Quitarnos nuestro yo para matar al otro. Sin embargo Ray Bradbury quiere ir más allá en esta idea de eliminación de la alteridad. ¿Qué pasa si deshacernos de nuestro yo para ser el otro es la única manera de supervivencia? Eso es lo que propone el autor americano en el capítulo ‘El marciano’. En una etapa de la colonización mucho más avanzada en la que la humanidad ya ha instalado colonias por todo Marte y en la que la resistencia marciana es cada vez menor, Bradbury narra la historia de un matrimonio que una noche escucha ruidos en su finca y decide investigarlos hasta dar con que el causante es su hijo muchos años atrás fallecido. Si bien al principio el matrimonio no se lo cree, pronto el marido, La Farge, entiende que en realidad no es su hijo si no un marciano usando sus poderes para poder sobrevivir. Si bien en ‘La tercera expedición’ la idea de eliminar la “marcianidad” para convertirse en ser humano se utiliza como arma, aquí ya no es así. Convertirse en ser humano se torna necesario para poder sobrevivir. O se es un humano o se es un cadáver. Y lo determinante del capítulo es que los ciudadanos del pueblo aceptan esta condición, de hecho están encantados. El marciano no solo es el hijo fallecido de La Farge y su esposa, sino que también es muchos otros seres queridos muertos de los terrícolas colonos. Es una esposa, un padre o un amigo. Es hasta un delincuente buscado por el sheriff del pueblo. El marciano no puede ser más humano, de hecho no es un humano, sino muchos. Tantos que al final su “marcianidad” no lo soporta y en un colapso fallece, mostrando al pueblo su cuerpo alienígena, al que nadie importa ya, pues no es un humano, sino un cadáver.

Tomo este segundo capítulo como referente, al igual que hizo Borges, para poner de manifiesto la evolución del concepto de alteridad en Crónicas marcianas. Bradbury pasa de tratar la alteridad, o más bien su eliminación consciente por parte del pueblo colonizado, como una posible estrategia con la que poder derrotar al invasor a tratarla como única vía para la supervivencia. La eliminación de la alteridad pasa de arma a condición sine qua non. Y esta evolución va ligada al proceso de conquista de Marte. Ya en capítulos más avanzados, cuando el planeta rojo está bajo el control terrícola, Bradbury pondrá de manifiesto la total importancia que le dan los humanos a acabar con la alteridad. Es imprescindible borrar toda huella de la existencia de los marcianos. Como se hizo en el Lejano Oeste (o incluso como intentó hacer el nazismo con el pueblo judío), cuanto menos se acuerden los colonos de que ahí vivía una civilización, mejor. Si en ‘Los colonos’ Bradbury intentaba explicar las causas de la colonización, es en otro capítulo, ‘Las langostas’, donde el autor busca explicar las consecuencias de una colonización exitosa respecto a la eliminación de la alteridad:

Los cohetes vinieron como langostas y se posaron como enjambres envueltos en rosadas flores de humo. Y de los cohetes salieron de prosa los hombres armados de martillos, con las bocas orladas de clavos como animales feroces de dientes de acero, y dispuestos a dar a aquel mundo una forma familiar, dispuestos a derribar todo lo insólito, escupieron los clavos en las manos activas, levantaron a martillazos las casas de madera, clavaron rápidamente los techos que suprimirían el imponente cielo estrellado e instalaron unas persianas verdes que ocultarían la noche. Y cuando los carpinteros terminaron su trabajo, llegaron las mujeres con tiestos de flores y telas de algodón y cacerolas, y el ruido de las vajillas cubrió el silencio de Marte, que esperaba detrás de puertas y ventanas.3

La colonización perfecta, parece decir Bradbury, es aquella en la que, tristemente también para el autor, que imprime al libro un carácter cercano a la elegía, la civilización indígena queda totalmente olvidada. Enterrar todo lo pasado a nuestra llegada es casi obligatorio para que los propios colonos no se sientan a sí mismos como usurpadores o extraños. En el Lejano Oeste el Destino manifiesto fue el pilar en el que se fundamentó la expansión estadounidense. En el caso de Marte no existe dicho concepto como tal, aunque el sentimiento es bastante parecido. Marte nos pertenece porque va a ser nuestro futuro. Puede que el único futuro posible (pues en Crónicas marcianas la Tierra está sumida en una guerra atómica), pero siempre un futuro del que hay que eliminar lo que había antes, hasta los nombres de los paisajes. En el Marte colonizado solo existen dos opciones: ser humano o ser olvidado.

Los antiguos nombres marcianos eran nombres de agua, de aire y de colinas. Nombres de nieves que descendían por los canales de piedra hacia los mares vacíos. Nombres de hechiceros sepultados en ataúdes herméticos y torres y obeliscos. Y los cohetes golpearon como martillos esos nombres, rompieron los mármoles, destruyeron los mojones de arcilla que nombraban los pueblos antiguos, y levantaron entre los escombros grandes pilones con los nuevos nombres.4

BRADBURY, RAY (1950): Crónicas marcianas. Planeta DeAgostini, Barcelona, 2002. Página.8

2 BRADBURY, RAY (1950): Crónicas marcianas. Planeta DeAgostini, Barcelona, 2002. Páginas 112-113.

3 BRADBURY, RAY (1950): Crónicas marcianas. Planeta DeAgostini, Barcelona, 2002. Página 121.

4 BRADBURY, RAY (1950): Crónicas marcianas. Planeta DeAgostini, Barcelona, 2002. Página 155.

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