Tom Wolfe ha muerto a los 88 años de edad. Convertido en una figura omnipresente en el mundo de las letras norteamericanas en los últimos cuarenta años, Wolfe se ha considerado uno de los padres del «Nuevo Periodismo», esa corriente que nació en la década de los sesenta a raíz de la publicación de A sangre fría de Truman Capote y que frente al paradigma de Harold Lasswell, de noticias cortas y masticadas con el qué, el quién, el cómo, el cuándo y el por qué al comienzo, para poder hacer lecturas rápidas, se pasa a un tipo de noticia con las fronteras entre periodismo y ficción más desdibujadas. Literato y periodista se dan la mano en textos con un estilo mucho más artístico, con los protagonistas convertidos casi en personajes y un diálogo mucho más elaborado.

Esa nueva corriente quedaría fijada en su ensayo homónimo de 1973, El nuevo periodismo. En él, Wolfe describió un tipo de reportaje influenciado por técnicas literarias novelescas, con la idea de que la importancia del estilo ayudaría a refozar la verdad periodística. Esta idea caló no solo en Wolfe sino en otros grandes como Joan Didion o Hunter S. Thompson. Así comenzó el mito. Con solo cuatro novelas ‒La hoguera de las vanidades, Todo un hombre, Soy Charlotte Simmons y Bloody Miami‒ Wolfe pasó de ser un periodista innovador a una celebridad literaria.

No deja de resultar curioso que aquel que estuvo al frente de una de las mayores revoluciones del periodismo del siglo XX, no haya sabido comprender por qué senda avanzaba lo que podríamos llamar el nuevo nuevo periodismo, el del siglo XXI. En plena era de la posverdad, los blogs han protagonizado una de las últimas grandes revoluciones del medio. Según un estudio realizado por ANEI, la Asociación Nacional de Empresas de Internet, con el título de «El profesional de la información en la era 2.0», tanto los blogueros que no vienen del mundo de la información como los periodistas tradicionales coinciden en que los comunicadores mixtos ‒periodistas que escriben en medios convencionales y en blogs‒ son los profesionales más influyentes en el panorama mediático actual. Pese a ello, Wolfe, que consideraba que la Wikipedia era una institución de la que solo «un simple podría creer una sola palabra», llamó a los blogs «universo de rumores».

Con su escepticismo hacia los blogs y su idea, entre realista y naturalista, de que la ficción debía documentar la verdad de la sociedad estadounidense, Wolfe nunca dejó del todo claro cuál era la verdad en su vida y en su carrera. ¿Deberíamos considerar sus enemistades con John Updike, con Norman Mailer o con John Irving ‒que dijo que la obra de Wolfe era más entretenimiento que literatura‒ como mera impostura? ¿Deberíamos hacer lo mismo con su marca personal, vestido eternamente de traje blanco, o su constante apoyo a George W. Bush y a su política internacional ¿Son estos detalles personales que no tienen nada que ver con su escritura o, por el contrario, nos permiten explicar, en parte, su relación conflictiva con el establishment literario?

Su pervivencia, por mucho que haya escrito libros de incuestionable calidad, tiene un precio. Es probable que sea necesario que pase un tiempo para que la naturaleza exacta de su legado, tanto periodístico como literario, acabe de tomar forma y quién sabe si cuando lo haga acabe en manos de aquellos en quienes más desconfiaba.

Comentarios

comentarios