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Uno de los lugares comunes más habituales de la poesía es la nula capacidad de los poetas para recitar en condiciones. A poco que se hayan asistido a lecturas uno podrá comprobar que, esta vez sí, este tópico está más que fundamentado. Afortunadamente, cada vez más, uno encuentra lecturas que se salen de esta norma, sobre todo por redes sociales, pero es difícil negar que durante una buena parte del siglo XX ha estado de moda entre los poetas una manera muy particular de leer poesía, cadenciosa, sin emociones, cuyo máximo exponente podría ser Pablo Neruda.

Como en inglés también pasa, la profesora de literatura Marit J. MacArthur, de la Universidad de California en Bakersfield, ha realizado recientemente una investigación, cuyos resultados aparecen en The Journal of Cultural Analytics, para tratar de analizar esta característica entonación. En 2016 ya publicó un artículo sobre el tema en el que intentaba descubrir las posibles causas de este tipo de lectura y llegó a la conclusión de que se debía a una mezcla de circunstancias: por una parte se consideraba la lectura poética como una especie de ritual religioso y, por otra, había implícito en ese tipo de entonación una especie de rechazo académico por lo teatral.

En su nuevo estudio MacArthur ha seleccionado fragmentos de audio de cincuenta poetas nacidos antes de las décadas de 1960 y 1950 y de otros tantos nacidos después. Cada uno de esos audios eran lecturas de sesenta segundos en los que se analizaba la manera en la que los autores leían sus textos aplicando algoritmos que buscaban doce rasgos diferentes, incluyendo la velocidad de la lectura, la duración de las pausas, la complejidad rítmica o los cambios de tono. A continuación aplicó el mismo análisis con un grupo de personas que hablaban con normalidad sobre temas triviales como deportes, el tiempo o el tráfico.

Comparado la entonación con estas últimas personas, los poetas recitaban muy despacio, con un tono muy desapasionado. El treinta y tres por ciento de los poetas hacía pausas largas, de hasta dos segundos, que los hablantes normales rara vez usaban. En muchos sentidos, la manera de entonar de los poetas es muy artificial. En una entonación más natural es normal enfatizar dependiendo de las emociones, pero cuando los poetas leen todo queda subordinado a la cadencia repetitiva. «No importa lo que diga, solo dígalo de la misma manera», afirma MacArthur.

La autora del estudio puso de manifiesto algunas diferencias significativas en las maneras de leer de los diferentes autores. Siete de los diez poetas que obtuvieron la puntuación más alta por «dinamismo» eran poetas afroamericanas nacidas antes de 1960, muchas de las cuales formaban parte del movimiento de las Artes Negras, que tuvo como influencias el habla vernácula afroamericana, el jazz, el blues, los sermones eclesiásticos y otros elementos de la cultura negra. Ahora bien, cinco de los poetas con las peores puntuaciones de dinamismo también son mujeres afroamericanas, la mayoría nacidas después de 1960.

MacArthur no propone soluciones para erradicar este tipo de lectura. Durante mucho tiempo se ha pensado que la única forma de evitarla era no permitiendo que los autores leyeran sus propios poemas. Con el tiempo, y las redes sociales, se ha ido pasando la moda de la lectura cadenciosa y han ido apareciendo una serie de lectores que han conseguido poner emoción en su entonación y, por tanto, transmitírsela a quienes les escuchan. ¿Será este el comienzo del fin del tópico de los poetas como malos recitadores? Al menos el estudio de MacArthur nos ha permitido reconocer que hay un problema. El siguiente paso es ponerle fin.

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