A los 18 decidí ser escritor, y en algo menos de un año tenía poco más de 50 páginas que acabaron en un rincón. Entonces empecé con la historia que tenía claro que iba a ser mi primer libro, y que tampoco va a ser el segundo. Hoy quiero publicarlo aquí, y tal vez en algún futuro continúe por donde lo dejé. Son 10 páginas que escribí de los 20 a los 30 años. ¡10 páginas en 10 años!

DESDE MI ATALAYA

Se despertó con el primer rayo de luz de la mañana. Se frotó los ojos con las manos, se sentó en la cama con cuidado de no golpearse la cabeza con la litera superior, y se puso el pantalón azul y los calcetines que como cada noche dejaba en un taburete al lado de la cama. Se calzó las zapatillas de deporte que había debajo del taburete y se puso de pie para anudarse los cordones. La espalda le chirriaba como las bisagras sin engrasar de una puerta vieja. Miró en la litera superior. El niño estaba plácidamente dormido chupándose el dedo gordo de la mano. Lo arropó, y se acurrucó y estremeció, sin despertarse. En cuatro silenciosos pasos llegó hasta la puerta. Se puso sobre los hombros la camisa de labor. Cogió la llave que estaba en la repisa de la chimenea y abrió la puerta con sigilo. Apartó con los pies las hojas secas que el viento de la noche agolpó contra la entrada empedrada de la casa. El sol estaba surgiendo del horizonte, en el mar, que se veía desde allí, en lo alto de la atalaya. El perro que descansaba en un pequeño cobertizo pegado a la chabola abrió un ojo y puso las orejas alerta. Él cruzó sus labios con el dedo índice, reclamando silencio, y el perro agachó de nuevo las orejas y siguió apaciblemente tumbado. Continuó hasta la parte trasera de la vivienda y con la misma llave y la misma cautela que antes, abrió la puerta del cuarto de baño. El espejo decía que era un hombre viejo, con una enmarañada barba y una abundante cabellera como la nieve recién caída que no ha sido pisada. Se abrochó los botones de la camisa de manga corta y cuadros granates, que cada vez le quedaba más grande, y salió a la calle para comenzar con la tarea. Ordeñó la vaca, recogió los huevos de las gallinas, limpió la pocilga del cerdo, echó paja seca a las ovejas, repartió las espinas del chicharro de la noche anterior a los gatos y tiró un palo para que el perro se lo trajera, una y mil veces. Finalmente se lavó las manos en el último bidón que tenía algo de agua. Había sido un verano muy seco y caluroso, pero pronto llegarían las lluvias. Caminó hasta la cerca que delimitaba la granja y recogió del cajón del pan una hogaza redonda que todavía no se había enfriado del todo. El perro, que estaba junto a él, llevó el periódico entre los dientes tal y como hacía con el palo. El viejo abrió la puerta de la cabaña de par en par. El perro soltó el periódico encima de la mesa y sosteniéndose en las patas traseras se izó y estiró tan largo como era para poder tirar con los dientes de la manta de la litera de arriba.

—¿Ya es por la mañana? –preguntó el chiquillo con voz ronca y grave.

—Sí. Ya es de día y te tienes que levantar —le contestó su abuelo acercándose a él para que le besara en la frente—. Vamos,… baja —le agarró por las axilas para ayudarle a bajar de la litera.

—¡Hay! ¡Que me has dado contra el techo! —Se quejó a viva voz.

—¡Qué grande te estás poniendo! —Le contestó el abuelo alzándole hasta el techo—. Si ya casi no puedo contigo —el chiquillo sonrío de oreja a oreja: le faltaban una paleta y también un colmillo.

—Es que ya tengo cinco años —le enseñó la mano abierta y con la otra contó uno por uno sus cinco dedos—. Ya soy muy mayor, y ya no me hago pis por las noches. Mira —salió corriendo hasta el jardín, con los calzoncillos bajados, y orinó en la hierba.

—¡Pedrito! ¡No seas guarro y vete al cuarto de baño! —Exclamó el abuelo agitando los brazos.

—No me ha dado tiempo, abuelo… —le contestó él con cara de diablillo.

El abuelo ayudó a Pedrito a ponerse la ropa de los domingos. Al igual que la suya, la noche anterior también había dejado la del día siguiente en el taburete del niño. Los bajos de los pantalones trepaban hacia las rodillas, los botones de la camisa amenazaban con salirse disparados y el jersey de lana de oveja, ahora parecía de corderito.

—Estate quieto niño, y déjame que te vista –le pidió el abuelo cuando empezó a agotársele la paciencia.

—No me llamo niño. Me llamo P-e-d-r-o, como tú —le increpó el nieto—. Y esta ropa fea de los domingos ya no me vale.

El abuelo se puso en pie y tomó distancia para observar. En todo el verano no habían ido a misa porque Don Ernesto, el único párroco de la isla, estaba de misiones, y ahora que había vuelto para el invierno, y sobre todo para la celebración de las primeras elecciones en La Isla, desempolvaron la ropa de los domingos que descansaba en el fondo del armario. Y como era de esperar en un chiquillo de cinco años, había crecido un montón en el último verano.

—¿Qué podemos hacer? —Preguntó el abuelo levantando las manos.

—Pues no vamos a misa, que es un rollo —se alegró Pedrito.

—No, no, no… eso ni hablar. Además, no vamos a misa, vamos a votar.

El abuelo se puso a pensar mientras le preparaba un zumo de naranja a Pedrito, que esperaba sentado en su taburete al borde de la mesa. Para él se puso tres huevos fritos que acababa de recoger del gallinero y para el niño un tazón de leche de vaca recién ordeñada. Mientras desayunaban sentados cada uno en su taburete, el viejo ojeaba las páginas de la prensa: No te creas todo lo que dicen los periódicos, se decía para sí mismo. Pedrito entre tanto, estaba garabateando un billete en el que aparecía la cabeza del dictador que por fin acababa de morir hacía seis meses. Estaba pintándole un sombrero y una mano que lo agarrara de modo que extendía el sombrero saludando, o tal vez despidiéndose. El abuelo le había dicho que lo pintara mientras él terminaba de leer la prensa. Además, los billetes y monedas del régimen dejaban de estar en circulación desde aquel preciso día.

—¡Ya sé lo que vamos a hacer! —exclamó el abuelo, y volvió con una tijera del cuarto de las herramientas.

En un abrir y cerrar de ojos, lo que había sido un jersey, ahora era un chaleco, y el pantalón largo, se había convertido en corto. El abuelo también se puso la ropa de los domingos y dejó de nuevo la de labor encima del taburete. Al salir de la chabola cogió un elegante sombrero negro de ala ancha del perchero que estaba junto a la puerta. Del cuarto de las herramientas contiguo a la chabola sacó una bici de paseo antiquísima pero que seguía en buen uso. Pedrito se montó en la parrilla trasera y su abuelo la puso en marcha de una fuerte primera pedalada. Desde la chabola hasta el pueblo se tardaba un cuarto de hora en bicicleta. Había que cruzar un largo sendero entre encinas centenarias que casi no dejaban paso a los rayos de luz. Los animales pastaban en los prados a ambos lados del camino, esforzándose en arrancar los últimos bocados de hierba de la seca tierra.

—¿Abuelo? ¿Nuestra isla cómo es? —preguntó el niño.

—Es un pedazo de tierra en medio del mar —contestó el abuelo.

—Eso ya lo sé, que tengo cinco años, ¡eh! Que no soy tonto. ¿Pero cómo es desde el cielo?

—Es redonda como las ruedas de la bicicleta y pequeñita como una tarta de manzana.

Al final del sendero comenzaba el pueblo. El agua llegaba hasta las casitas de colores de los pescadores, y en las temporadas de mar viva las olas saltaban hasta el camino. Cada casa tenía un bote atracado en pequeños embarcaderos y la gente seguía viviendo de la pesca. Pedrito miró hacia el mar, aguzando la vista para intentar ver lo que había más allá del horizonte.

—¿Y después del mar qué hay?

—Casi desde cualquier lado de la isla, más allá del mar, sólo hay más mar. Pero si fuéramos en bote durante un ratito en aquella dirección —señaló al horizonte—, en dirección al sol que sale por las mañanas, está el continente.

—¿Qué es el continente abuelo? —esa palabra era nueva para Pedrito.

—El continente es un pedazo de tierra mucho más grande que nuestra isla, con muchos países, mares y pueblos.

—¿Cuándo me vas a llevar en tu bote al continente, abuelo? —preguntó Pedrito, que ante la falta de respuesta por parte del abuelo, insistía tirándole de la camisa.

—Ya vale de preguntas, que hemos llegado —zanjó la charla el abuelo y paró la bicicleta al llegar al pueblo.

El único colegio electoral de La Isla estaba instalado en la catedral, en la que Don Ernesto siempre había oficiado misa con un carácter marcadamente favorable al régimen. Cuando era evidente el deterioro físico del dictador, a Don Ernesto se le despertó el instinto fraternal hacia sus prójimos, y se le ocurrió ir en misión humanitaria a las zonas más desfavorecidas del continente. Esta fue la versión oficial que dio en el último día de misa antes de su partida, que pocos creyeron, porque de sobra era conocida la fama de vividor de Don Ernesto. Sus camaradas del partido conservador tomaron su huida como una traición, pero Don Ernesto era casi tan importante como Dios en La Isla, y como representante del mismo en la tierra, dueño de la mayor parte de las propiedades. Y ahora allí estaba, en la puerta de entrada, vestido con su sotana y con una amplia sonrisa:

—Hombre, Pedro, ¿qué tal te ha ido de misiones? —mi abuelo era amigo de Don Ernesto, se conocían desde niños, cuando en lugar de Don Ernesto, le llamaban Ernestin, el hijo del boticario.

—¡Mi querido amigo Pedro! —Se dieron un abrazo y unas sonoras palmadas en la espalda—. ¡Qué gran día!, ¿verdad?

—Así es, por segunda vez en mi vida podré votar libremente para decidir quién quiero que dirija nuestra isla —una expresión de preocupación ocupó el lugar de la sonrisa en la cara del sacerdote.

—No me cabe duda de que elegirás el camino correcto —alzó la voz para que todos oyeran, desde ambos extremos de la larga cola que iba desde la urna, en el altar de la iglesia, hasta las inmediaciones de la taberna, a unos cien metros de la catedral.

—Por supuesto Don Ernesto, sólo Dios sabe que el camino correcto es el que continua hacia adelante, siempre caminando paso a paso hacia un futuro mejor y más justo —Don Ernesto enarcó las cejas, porque aunque Pedro no fue tan exagerado como él y habló más bajo, se manifestó en contra del Partido Conservador, que al fin y al cabo, eran los que querían seguir conservando las tierras y el poder.

—Bueno, bueno,… y cambiando de tema, ¿te acercarás a comer a la taberna? —Don Ernesto agarró del hombro al abuelo y le habló más de tú a tú, sin necesidad de público.

—Claro amigo, luego estamos y charlamos más tranquilamente. Ahora sigue haciendo campaña, que la cosa va a estar muy reñida, y todos los votos cuentan —le guiñó el ojo y terminó la conversación con una socarrona carcajada.

En el interior de la catedral la hilera de votantes avanzaba lentamente. A la izquierda del crucero estaba el recién nacido Partido por el Progreso al completo, que contaba en su mayoría con gente joven, hijos de obreros, agricultores y pescadores y en general gente humilde que no se conformaba con seguir como hasta entonces. A la derecha se habían reunido los miembros del Partido Conservador, compuesto sobre todo de antiguos militares y políticos del régimen. Entre estos últimos destacaba la figura del que hasta la muerte del dictador fue su fiel secretario y confidente: era un hombre de unos setenta años de edad, que siempre vestía de escrupuloso traje negro con pajaritas de colores alegres y gafas de sol, incluso allí en el interior de la catedral.

El abuelo depósito su voto mientras el niño le esperaba sentado en uno de los bancos, junto a él había un par de periodistas del Periódico Nacional, y en otro banco otros dos del nuevo periódico patrocinado por el Partido Progresista. Se llevó un ejemplar gratuito de cada periódico antes de salir de allí.

Hacia la hora de comer Pedro y su nieto se acercaron al bar de Rosa, que estaba al otro lado de la plaza, enfrente de la catedral. Era un edificio de piedra, de dos plantas, con pequeñas ventanas. La puerta de entrada era amplia, porque antes de ser la taberna, fue una cuadra. Rosa nació allí, en la planta superior, en la habitación dónde ahora llevaba a sus clientes.

—Buenos días Rosa, ponme un vino blanco, por favor —Pedro, el abuelo, iba muchos días con su nieto a comer al bar de Rosa, pero nunca se le vio subir las escaleras que iban a las habitaciones.

—Y tú Pedrito, ¿qué quieres? ¿Te pongo un mosto? —Le dijo ella al niño, que no alcanzaba a verla por encima de la barra. Pedrito asintió tímidamente con la cabeza.

Rosa era una mujer joven, de poco más de veinte años, guapa y simpática, alta y morena. Pero no había tenido mucha suerte en la vida, y estaba sola y dedicada al negocio de la taberna; por el día en la planta de abajo y por la noche en la de arriba.

—¿Cómo lo ves? —Le preguntó ella a Pedro.

—¿Las elecciones? —Pedro se apoyó en la barra y se rascó la barba pensativamente—. Si haces caso de lo que dicen los periódicos, nos da igual que salga negro o blanco, porque todos prometen grandes cosas para nuestra pequeña isla. Yo creo que ganaran los de siempre, aunque hay que reconocer que desde que murió el tirano ese, la gente se ha organizado bien, y han sido capaces de crear un partido del pueblo, y para el pueblo, como dicen ellos.

—Yo quiero que ganen los del Partido Progresista. No quiero que el estirado de las pajaritas de los huevos siga mandando y haciendo lo que le dé la gana —Rosa dio un manotazo en la barra con el puño cerrado, y Pedrito, que tenía el vaso de mosto entre las manos y estaba pegándole un sorbo, se asustó y atragantó.

—Perdona, Pedrito, no te quería asustar —Rosa salió al otro lado de la barra, y cogió a Pedrito en brazos, para secarle la cara con una servilleta de papel. —¡Pero cómo pesas ya! Si casi no puedo contigo.

—Es que ya soy mayor, tengo 5 años —Dijo Pedrito enseñando la mano abierta. Rosa llevaba puesto un vestido blanco con flores rojas, corto y escotado. Tenía los brazos, las piernas y el pecho morenos, y el pelo recogido en un moño.

—Así que gris, ¿verdad? —Continuó hablando Rosa mientras dejaba a Pedrito en el suelo—; ni blanco ni negro, nos da igual quién gane porque será gris.

—Eso creo Rosa, tendremos un futuro político gris, como una tormenta, con rayos y truenos, después lluvia y al final, tal vez salga el sol. Aunque yo ya soy viejo, y no sé si volveré a ver el sol en esta isla —El abuelo se encogió de hombros y apuró el vino de un trago —. Anda, ponme otro vino, que es de los pocos placeres que aún me quedan.

En ese momento entró Don Ernesto, el cura, a la taberna.

—Ponme una caña, guapa —Le dijo a Rosa—, que tanto predicar tengo la garganta seca. Que sea una jarra, grande y helada, maja.

A Rosa no le caía demasiado bien el cura, y le sirvió su jarra helada de mala gana. Después les preguntó si se quedarían a comer.

—Sí, ponnos un arroz caldoso, con pescado y marisco, del que te sale tan bien, por favor —Le dijo Pedro—. Para tres,… bueno, dos y medio.

Rosa se fue a la cocina, mientras Pedro y Don Ernesto se quedaron charlando en la barra y Pedrito hacía un avión de papel con una hoja del Periódico Nacional que le había dado el abuelo para que se entretuviera.

—¿Qué tal las misiones, amigo mío? —Le preguntó Pedro al cura.

—La verdad que he estado en casa de mi hermana, sabes, la que se quedó viuda el año pasado. Hacía tiempo que no la veía, y ya tenía ganas de conocer a sus nietos —Don Ernesto le guiñó el ojo a Pedro.

—Sí, ya entiendo, claro, tu hermana, sí, sí —Don Ernesto tenía una hija y un nieto, que había aprovechado a conocer en esos meses turbulentos en la isla, allí lejos, refugiado en el regazo de “su hermana”.

—Ya lo tenéis chicos, os podéis sentar —Dijo Rosa saliendo de la cocina, vestida con un delantal negro.

La taberna tenía a la derecha la barra, y seguido la cocina, y al otro lado unas pocas mesas para las comidas y las partidas de cartas de la tarde, y al fondo, al lado de las escaleras que subían a las habitaciones, tenía una chimenea, que en aquella época del año, a finales del verano, estaba apagada y limpia. Don Ernesto y Pedro se sentaron en la mesa que estaba más cerca de la chimenea, Pedro de espaldas a esta y de frente a la puerta de la entrada. Era una vieja manía suya estar en los sitios de forma que viese lo que tenía de frente, y procurando tener la espalda guardada. Rosa les puso la mesa y les sacó un perol humeante de arroz. Sirvió primero al niño, sólo arroz.

—Ten cuidado Pedrito, que está caliente —le dijo, acariciando su cabeza. Después sirvió al abuelo y a Don Ernesto, que le dio una palmada en el culo, cuando volvía a la barra.

—Tráeme otra jarra, guapa —Le dijo este. Y ella se volvió mirándole con los ojos encendidos y llenos de ira, aunque ya debería estar acostumbrada a los hombres que frecuentaban aquel local, ella seguía teniendo su dignidad.

—Tú Pedro, ¿qué quieres? —Le dijo al abuelo.

—Lo mismo, por favor. Sácame una botella de blanco, de este que estoy tomando.

Ahora el bar ya estaba comenzando a llenarse, y en la barra estaba otra camarera más. Aquel sería un buen día para el negocio, porque la plaza estaba atestada de gente que había ido a votar desde todos los rincones de la isla. Y muchos se quedaban a comer allí antes de hacer el camino de vuelta.

—¿Qué va pasar a partir de hoy, Pedro? —reanudó la conversación el abuelo, a la vez que se servía otra copa de vino.

—Eso sólo Dios lo sabe —dijo Don Ernesto mirando al techo—. Pero yo creo que ganará el secretario, y espero que todo siga más o menos como hasta ahora. Los cambios no son buenos, y la gente anda un poco revolucionada.

—Pero la revolución es buena, sobre todo cuando todo ha sido igual durante tantos años —Prosiguió Pedro—. Aquí los pobres son cada vez más pobres, y los ricos, como tú, cada vez más ricos.

—Eso es así aquí y en todas partes, amigo —dijo el cura sonriendo—, y así tiene que seguir siendo. Además, yo no soy rico; ya sabes que sólo represento a la iglesia, mío no es nada.

—Ya, pero no tiene por qué ser así: si Tu iglesia devolviese las tierras a la gente que las cultiva, no se les irían los ahorros en pagaros una renta, y si el gobierno vendiese la tierra para pastos a los granjeros, los pobres no serían tan pobres —insistió el abuelo.

—Claro, pero los ricos serían menos ricos —concluyó Don Ernesto—. En cambio la idea de convertir el cuartel militar en un hospital nuevo y moderno, esa sí que me gusta, porque espero que ya no necesitemos ejército.

—¿Y el tema del ferry para ir al continente? —Preguntó el abuelo—. ¿No crees que esta isla necesita abrirse un poco al mundo? Llevamos aquí demasiado tiempo, metidos en esta pequeña burbuja, casi sin noticias del mundo que nos rodea, anclados al fondo del mar.

—Sí, eso también está bien, pero ya vale de hablar de política. ¡Rosa, sírvenos el café cuando puedas! —A Don Ernesto le molestaba la conversación, porque él vivía “como Dios”, y tenía miedo de que ganasen los liberales e hiciesen demasiados cambios.

Rosa preparó los cafés y se los llevó a la mesa, y le dio una chocolatina a Pedrito:

—Gracias señora —dijo el chaval.

—Pedrito, ni se te ocurra llamarme señora, por favor, que soy muy joven y tengo nombre, además tú ya me conoces —le dijo ella.

—Sí Rosa, te llamas Rosa, como las flores que tiene mi abuelo. Gracias Rosa.

—Anda, Pedrito, vete a jugar a la plaza, que nosotros estaremos aquí jugando la partida —le mandó el abuelo.

Varias copas más tarde y tras dos horas jugando a las cartas con dos compañeros que se unieron a la partida, el abuelo quiso volver al tema de devolver las tierras a los campesinos, pero esta vez, no quería depender de los resultados de unas elecciones:

—Ernesto, quiero hacerte una apuesta —arrancó el tema Pedro, y pegó una profunda calada al puro que estaba fumando—, quiero apostarme la chabola y la huerta que yo trabajo, a cambio del cerdo que tengo criado y que ya casi está para hincarle el cuchillo —Soltó el humo en la cara de Don Ernesto y le dio un nuevo trago a la copa de aguardiente.

—No sé si estoy en condiciones de poder apostarme eso contigo —Dijo el cura mientras se rascaba la barriga, e hizo una pausa para pensar y darle una calada a su puro—. Pero creo que sí te puedo prometer que haré lo que pueda si ganan las elecciones los conservadores. Así que creo que sales ganando de todas formas: si ganan los de ahora, yo te daré tu chabola y tu huerta, y si ganan los nuevos, te la darán ellos.

—Bueno, yo arriesgo mis provisiones para el invierno —dijo Pedro—, y de todas formas, ya sabes que si gano esta partida, tú estarás igualmente invitado a la matanza —El abuelo y el cura se estrecharon las manos para cerrar la apuesta.

Entretanto Pedrito estaba jugando con su avión de papel en la plaza. Hacía un sol abrasador de finales de septiembre, y estaba bajo la sombra de un viejo roble. Pedrito era un niño pequeño y gordito que estaba acostumbrado a jugar sólo. Vivía con su abuelo en la chabola de la atalaya, y nunca había conocido a sus padres ni a su abuela, pero tampoco nunca su abuelo le hablaba de ellos. Realmente tampoco los echaba de menos, porque no era consciente de que le faltaban. En la terraza de la taberna estaba la gente sentada en las mesas, bajo las sombrillas. Del pórtico de la iglesia salió una oronda señora, se paró a hablar con uno de los dos militares que custodiaban la entrada. Era más bajito que ella, moreno y delgado. La señora cogió en brazos a una niña pequeña y dio una colleja a un crío de unos cinco años para que avanzase. Pasaron por enfrente de Pedrito, el niño llevaba una pelota de fútbol bajo el brazo. Se acercaron hasta la taberna y la señora se sentó en una silla, más que sentarse se podría decir que se desbordó a ambos lados. Llevaba un vestido claro con dibujos azules y tenía unas piernas rollizas, y blancas como la leche. Sacó del bolso un bote con frutas batidas para que merendase la niña. El crío entró al bar y salió poco después con un helado. Se acercó dando patadas al balón hasta donde estaba Pedrito:

—Hola —le dijo mientras pegaba un mordisco al helado.

—Hola —contestó Pedrito, y se hizo el silencio por un momento.

—Me llamo Pablo. ¿Tú cómo te llamas?

—Yo soy Pedro —Le contestó él.

—¿Quieres jugar conmigo al balón? —Continuó Pablo, y pisó el balón con la pierna izquierda.

—Vale.

El padre de Pablo era militar, y le habían trasladado recientemente a la isla. Ahora estaban viviendo en el cuartel.

 

¿Continuará?: Yo no lo sé.

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