EL PRINCIPIO

Imaginaos un árbol. Uno viejo y grande. Uno que ha vivido más de 4.000 años y sigue ahí: quieto, tranquilo, majestuoso y frágil. Un árbol no hace daño a nadie, simplemente crece y evoluciona buscando la luz. La vida tiene muchas ramas, que nos llevan a otras más peque­ñitas, y se bifurcan hasta llegar al final de cada una de ellas. Las ramas tienen hojas y frutos, y en primavera esporas que surcan mecidas por el viento muchos kilómetros hasta parar en el lugar exacto en dónde ha de nacer un nuevo arbolito. Los árboles son bonitos: en primavera despiertan del letargo y la savia recorre por sus entrañas para florecer de nuevo, y en otoño se visten de colores para preparar su vuelta a la tierra, alimentándola. Los árboles son muy sabios. Me gustan los árboles, y me gusta la vida.

Y lo que quiero contaros en el estanque de las flores de loto es la historia de un árbol…

Empezaré cogiendo unas palabras prestadas de José Mauro de Vasconcelos, de su libro Rosinha, minha canoa, publicado en 1962. Dice así:

«Impresionante el olor a tierra que cubría su cuerpo de simiente. Al principio, cuando el viento la lanzó sobre el suelo, tenía algún movimiento, mas luego, el mismo viento, como si cumpliera una misión, viniera rodando, hasta cubrirla de arena. Con dificultad fue consiguiendo respirar, hasta acostumbrarse con aquel aprisionamiento. Algo garantizaba que no duraría mucho… Una angustia enorme garantizaba la insignificancia de su ser, porque la tierra, siempre oscura, no contaba nada de lo que pasaba del lado de afuera. En verdad tenía morriña del Sol y de los cantos de los pájaros. Entretanto, se calmaba e intentaba comprender que aquel misterio era parte necesaria de la transformación.

Y los días iban pasando, largos e iguales, aumentando cada vez más las horas de calor. A veces, los gusanos resvaladizos tocaban su cuerpo nervioso y eso hacía que desease volver al mundo anterior.

No podía hablar porque la tierra caliente, abrasando todo, transformaba sus palabras en silencio…

Pensó en otras semillas aprisionadas, sufriendo también la misma angustia de la humilde espera.

Hasta que un día, una absoluta calma sustituyó sus pequeñas palpitaciones y una especie de sonido la paralizó; entonces fue despertada por un grande ruido. La tierra se extremecía de miedo porque la naturaleza atronaba. Sintió el impacto de la lluvia sobre el suelo y el agradable olor a tierra del terreno que estaba siendo mojado. Después… las gotas de lluvia introduciéndose, infiltrándose, hasta el interior de la tierra. Venían cansadas del largo viaje hecho por el cielo a través del espacio enfadado.

El alma de la semilla despertó porque las gotas se aproximaban cada vez más. Hasta que su dorso se estremeció por la frialdad del líquido. Con mucho esfuerzo ella abrió los ojos de simiente.

Contuvo la respiración. Más y más. Y todavía más. Sentía que iba a explotar. Debía de estar casi morada de tanto esfuerzo. Alguna cosa se le removía por dentro; parece que eran los bracitos de hoja. Parecía que se le agrietaba la cáscara, de arriba a abajo. La punta de uno de sus brazos se proyectaba para afuera. Así, la vida se tornaba en una nueva aventura, llena de curiosidad.»

Gracias a Julia por ayudarme con la traducción del portugués.

Continuará…

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