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Muy poca es la letra escrita que soporta el paso del tiempo, y los diarios no son una de ella. Efímeros por definición, la mayor parte de estos registros personales están hechos para no durar, salvo casos excepcionales como puedan ser los diarios de Ana Frank, que trascendieron la esfera íntima haciéndose universales, porque dan cuenta de un testimonio único que forma parte de uno de los episodios más oscuros de nuestra historia reciente.

Sin embargo, más allá del interés por el hecho de que un texto perdure en el tiempo, algo que te puede obsesionar si es que eres literato, la escritura puede tener efectos terapéuticos que se activan sin necesidad de que lo que escribas esté guiado por una intención estética. «Un hombre escribe para expulsar todo el veneno que ha acumulado a causa de su forma de vivir falsa», escribió Henry Miller en Sexus. Sí, echar el veneno acumulado puede ser uno de los beneficios de la escritura, pero se podrían añadir muchos más como ayudarnos a organizar nuestro discurso interno, entendernos mejor a nosotros mismos y al mundo que nos rodea, desarrollar nuestra creatividad y la capacidad para encontrar nuevas soluciones a problemas antiguos, reconciliarnos con el pasado ‒recordando, cerrando viejas heridas, imaginando que hicimos lo que no pudimos‒ o con el futuro, superar temores, o simplemente a redefinir nuestra historia. En definitiva, bien guiada, la escritura, como liberación y catarsis puede servir para saber quiénes somos, de dónde venimos o hacia dónde vamos.

Convencidos de ese efecto cartártico, los psicólogos J. W. Pennebaker y S. K. Beall llevaron a cabo en 1986 un estudio donde se analizaba el efecto terapéutico en la salud, a medio plazo, de la escritura sobre acontecimientos traumáticos. Un par de décadas después, en 2005, los psicólogos Karen Baikie y Kay Wilhelm publicaron un artículo titulado «Beneficios para la salud física y emocional de la escritura expresiva», en el que precisamente se revisaba el trabajo hecho en escritura terapéutica durante los últimos veinte años. Y, según parecía, el instrumento estrella era el diario personal, como demostraba el trabajo de Susan Bauer-Wu y su «terapia del diario». Esta doctora del Dana-Faber Cancer Institute de Boston aplicó su terapia a diversos pacientes, haciéndoles escribir cada día media hora sobre sus sensaciones, intimidades y miedos. Aunque muchos enfermos al principio eran reacios, los que finalmente realizan este ejercicio se sentían más liberados y con el tiempo tendían a mejorar tanto física como psicológicamente.

El diario personal a menudo se ha incluido entre las claves del éxito de emprendedores en Estados Unidos. El fundador de la marca de zapatos TOMS, Blake Mycoskie, comenzó a escribirlos cuando tenía 15 años y más de veinte años después todavía continúa haciéndolo. Según dijo Mycoskie en 2017, «se convirtió en una forma de terapia para mí como emprendedor joven, cuando las cosas eran realmente difíciles». Llevar esos diarios ayudó a Mycoskie a lidiar con su miedo al fracaso cuando necesitaba parecer confiado ante los demás. «Entonces, por la noche, podía garabatear lo preocupado que estaba», explicaría años después.

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Algunos terapeutas, como Susan Borkin, autora de The Healing Power of Writing: A Therapist’s Guide to Using Journaling With Clients, los recomienda para mejorar su capacidad para expresarse. Mantener un registro personal ayuda a las personas a aliviar su ansiedad, enfrentarse a sus miedos, establecer metas y sentirse más libres. Escribir tus pensamientos y sentimientos sobre un papel resulta liberador. A la página en blanco puedes decirle lo que no le atreverías a decirle a nadie más. Puedes sacar todo aquello que guardas en lo más profundo de ti: desde humor negro o preguntas absurdas hasta metas inalcanzables o quejas que a nadie importan. Volcar todo eso en un diario puede evitar al mundo saber lo mezquino, miserable o inseguro que puede ser una persona, y al liberar todo eso evita que se vuelva prisionero de esas emociones.

Un diario puede convertirse también en un magnífico ejercicio de meditación. Es una oportunidad única para observar pensamientos y sentimientos, verlos surgir y dejarlos ir, de la misma manera que a alguien que medita se le enseña a no juzgar aquello que piensa o siente sino simplemente a registrar cómo son y cómo cambian. Alguien que escribe un diario puede convertirse en un maestro de la contemplación. Básicamente es mirarse al ombligo y aprender a reconocer la naturaleza fugaz de nuestros pensamientos, lo que puede llevarnos a la conclusión de que no todo lo que se piensa es importante o permanente, ni los miedos o ansiedades tienen por qué hacerse realidad.

Por ejemplo, se ha demostrado que sobre las preocupaciones mejora el rendimiento en exámenes o que mantener un registro de los sueños parece ayudar a las personas a encontrar soluciones más creativas. De hecho, en su libro sobre la creatividad El camino del artista, Julia Cameron ha demostrado los beneficios de acostumbrarse a escribir por las mañanas, concretamente unas 750 palabras, antes de hacer cualquier otra cosa. La propia Cameron desarrolló ese ritual cuando sufría del temido bloqueo del escritor y según dijo esas páginas matinales «provocan, aclaran, confortan, engatusan, priorizan y sincronizan el día que nos ocupa».

Además, ya puestos a escribir un diario, es importante hacerlo a mano para aumentar sus beneficios. En alguna ocasión he hablado de las ventajas de escribir a mano. Este tipo de escritura resulta relajante, hace que el cerebro funcione de maneras distintas a como lo hace cuando se escribe a través de un teclado. Garabatear con un bolígrafo o una pluma sobre un papel, llenando páginas de palabras, tiene la capacidad de proporcionar paz interior.

Un diario también es una buena forma de practicar escritura, como lo demuestra el que muchos escritores los hayan utilizado: Tolstoi, Kafka, Pavese, Virginia Woolf, Unamuno, Pessoa, Musil, Anais Nin, André Gide o George Orwell, solo por mencionar algunos. ¿Quién no diría que la escritura de un diario ayudó a Alejandra Pizarnik a sobrellevar la agonía de sus días? Son entonces un ejercicio doloroso pero liberador. Aunque efímeros, los diarios pueden convertirse en tablas de salvación más sólidas que muchas obras completas y terminadas. Precisamente es ese carácter perecedero nos recuerda que todo pasa y que nada permanece, nos enfrenta a lo que verdaderamente importa o nos hace ver, en última instancia, que nada tiene tanta importancia.

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