Cuando sea niño quiero ser farero, quiero ser un faro con luz para la gente que me rodea, aprecio y quiero, y así en tiempos de tempestad en las vidas de esas personas, en las noches oscuras del alma cuando el barquito en el que navegan vaya a la deriva puedan ver la luz de mi faro que les avisará de dónde está la costa y el peligro.

Las palabras de arriba son de La llave del laberinto, que es mi primer libro, y las que siguen son el trocito de donde salen esas palabras que utilicé para la solapa de la derecha. Estos últimos tiempos he estado leyendo por primera vez como lector el texto, eso sí, con un bolígrafo en la mano para corregir lo que me saltaba a la vista, y espero más pronto que tarde hacer una segunda edición, o que la haga alguna editorial… Ya vamos a ver, y mientras iremos ViViendo.

«¡De niño quiero ser farero!

Creo que los niños eligen dónde nacer, en qué familia y cómo llamarse, todo eso en consonancia con la misión que vienen a cumplir, o siendo más modesto, en relación con los retos que han decidido afrontar en esta vida concreta; una de muchas. Por eso digo que de niño: porque los niños son puros y no están contaminados. ¿No os ha pasado que un niño pequeñito se os ha quedado mirando fijamente, o a un lado cercano a vosotros, y se ríen o lloran al veros? La próxima vez fijaos, y pensad que tal vez ese niño pueda ver cosas que nosotros, los mayores, ya no podemos ver: como por ejemplo dragones rojos, o los angelitos que nos acompañan, o los diablillos que nos joden la vida, porque los alimentamos, y que asustan a los niños. Y digo farero: porque un faro da luz, para la gente que quiere, como si fueran barquitos en la tempestad. Date cuenta que quizás hoy eres el faro en la tormenta de otra persona. Por eso, ilumínate para aportarle luz a ese ser querido.

Paz, amor y luz. ¿Será eso la trinidad?

Paz para dejar de juzgarse uno mismo, y tener hechas las paces con el pasado, el presente y el futuro que nadie puede adivinar. Paz para no juzgar a los otros, porque nadie camina durante una existencia entera con los zapatos de otra persona como para saber sus circunstancias. Nadie puede juzgar a nadie. Nadie debería juzgarse a sí mismo, porque estamos en constante evolución y ya no recordamos las cosas que los niños sí saben cuando nacen, pero que después olvidan.

Amor para quererse uno mismo cuando, por fin, ha dejado de señalar con el dedo juzgando a los otros y se ha mirado al espejo, valiente, y ha visto lo que de verdad es, sin juicios ni mentiras. Mirarse a la cara sin juzgarse es el principio del camino para amarse. Sin amor propio, hacia nuestro ser, es imposible amar a otros, y lo que es casi peor, tampoco podemos ser amados de verdad.

Luz para iluminar el mundo. Trabajar para propagar la luz entre todas las personas, sin juzgarlas, amándolas porque todos somos parte de lo mismo… La ilusión de la separación.»

Texto de La llave del laberinto.

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