Three Billboards Outside Ebbing, Missouri

Mildred es un almacén de odio, inconformidad y culpa. No es raro entonces que haya terminado en la estación de policía del pueblecito de Ebbing por cargos en su contra. Le hundió al dentista en su dedo pulgar la fresa con que pensaba trabajarle un diente y todo porque este le dijo que el jefe Willoughby tenía muchos amigos que le apoyaban. Suficiente para que la fiera se desatara. Ahora espera en un cuarto el interrogatorio pero poco le importa, no se va a dejar ganar la batalla que empezó por sus anuncios. Hace un año discutió con su hija porque iba a salir y no quiso prestarle el auto, la joven le dijo que entonces regresaría tarde en la noche y que ojalá la violaran para que Mildred tuviese la culpa sobre sí. Ella le dijo, fatalmente, que ojalá le sucediera. No solo la violaron, sino que la asesinaron y quemaron su cuerpo. Todo eso muy cerca de su casa, al borde de una carretera en desuso después que una autopista facilitara la comunicación con Ebbing. En un año no ha habido un solo arresto y Mildred lo achaca al mal trabajo policial encabezado por el jefe Bill Willoughby.

Precisamente donde ocurrieron los hechos hay tres vallas de publicidad que llevan años vencidas. Mildred decide hacer más visible su disgusto para ver si provoca algún avance al señalar a los oficiales y contrata el alquiler de esos espacios en Ebbing Advertising Company que tiene su local enfrente del departamento de policía. En grandes letras negras sobre fondo rojo usa los tres anuncios para emplazar a la autoridad y se apoya además en la televisión para ampliar el impacto. En un año no había sabido mucho de ellos pero no más hizo esto, se revolvió el avispero.

Sucede que Willoughby es un hombre de honor que sí desea atrapar al asesino pero no tiene nada más que algo de su ADN que ha sido cotejado con la base nacional y no encaja con ningún criminal. No hay testigos del ataque, no vieron a la chica con extraños, no hay huellas de neumáticos ni sospechosos potenciales. Es un caso sin salida del que no hay mucho más que investigar sino esperar a que un descuido del agresor lo delate, algo casi milagroso. Personalmente lo conversa con Mildred que lo sigue acusando de responsable. Hay una nota que hace que el jefe sienta que están siendo injusto con él: aparte de que no hay pistas para seguir, él está muy afectado por cáncer de páncreas que debe empeorar en los próximos meses y no quiere vivir sus últimos días siendo tan cuestionado por algo que también lo agobia por insoluble.

En el pueblo pocos apoyan a Mildred porque respetan a Willoughby, saben que está muriendo y dejará huérfanas a dos niñas pequeñas y viuda a una joven y bella mujer. Dixon, un policía de mala reputación, la emprende con Red Weldy, el dueño de los carteles que hizo el contrato con Mildred y como lo tiene al cruzar la calle, lo irá presionando en ascenso para lograr que rompa el acuerdo. Le hace saber de la enfermedad mortal y choca también con la doña una que otra vez.

En este nivel del diferendo ocurre lo del dentista y quien viene a aclarar lo sucedido con Mildred es precisamente Bill Willoughby para evitar más roce con sus subordinados pero en medio del intercambio de razones escupe sangre y hay que llamar de urgencia a una ambulancia. Antes de subir, ordena que la dejen ir y que se olvide lo del dedo perforado. Él sabe que ella pagó un mes de los carteles y que no tiene presupuesto para sostenerlos por más tiempo ni posibilidad alguna de encontrar en el pueblo contribuyentes a su causa.

Lo que sigue a continuación en Three Billboards Outside Ebbing, Missouri es una interesante escalada que coquetea con la sorpresa, la confusión, la desesperanza y el rencor. Mildred se aferrará a sus anuncios y sus consecuencias. El jefe Willoughby jugará magistralmente sus piezas en el final de partida. Dixon se volverá más agresivo y prepotente hasta que la vida lo pasa por la moledora para rearmarse ganando en relevancia y convirtiéndose en el eje vinculante e incluso regulador de estos dos. Sin llegar a extremos, la película demuestra -o lo intenta o maneja entre otros temas- la vieja lección de que el odio, el rencor y la violencia solo engendran más de lo mismo hasta que no queda nada para nadie y es casi imposible que no caiga algún inocente en el camino.

Hubiese sido un mejor metraje si Dixon no fuese por momentos tan caricaturesco como para perder veracidad, algo que lastima un personaje que detona situaciones claves, aunque a mí no me crean, porque se ganó el Oscar al mejor actor de reparto. Sin dudas, Frances McDormand -que lo partío al de Mejor actriz- y su intratable Mildred se llevan los aplausos pero Peter Dinklage, ese enano fabuloso, vuelve a poner la salsa encarando a todo potencial. A pesar de ser una historia contada con casting recortado, el dinamismo de sus casi dos horas, sus actuaciones decorosas, su guión poco ambicioso pero bien resuelto y su final no panfletario ni definitivo hacen que nos quedemos pensando y esa es una de las cosas que más espero de una película. Los anuncios son tres, las cartas enviadas también son tres y Mildred, Willoughby y Dixon son las tres patas de esta mesa que, aunque imperfecta, no cojea.

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