Hoy en día la tecnología nos ofrece la posibilidad de tener cientos, tal vez miles, de libros en el bolsillo. Tantos, que seguramente son más de los que podamos leer en toda la vida. Podemos viajar con ellos a cualquier parte, pudiendo acceder a su contenido con la comodidad de varias pulsaciones con los dedos. Sin embargo, ¿qué pasaba antes de que la tecnología nos facilitara la vida cuando se viajar mucho y uno no quería privarse de los placeres de la lectura variada? No, los libros digitales no existían, pero con el suficiente ingenio y dinero podías fabricarte un apaño que tal vez no te dejara transportar tantos libros como los que hoy caben en un simple móvil pero desde luego sí te permitían llevar contigo una biblioteca entera.

Ese fue el caso de Napoleón Bonaparte. Tiene ingenio y dinero, además de una desbordante pasión por los libros que le hacía llevarlos consigo en grandes cantidades cuando estaba de viaje, lo cual era bastante frecuente, como se comenta en un artículo de 1885 del Sacramento Daily Union rescatado por Austin Kleon. Según Louis Barbier, uno de los bibliotecarios del Louvre, Napoleón solía llevar consigo los libros que necesitaba en varias cajas que contenían unos sesenta volúmenes cada una. En un primer momento las cajas estaban hechas de caoba, con diferentes estantes y forrados de cuero verde o terciopelo, pero como no eran lo suficientemente fuertes como para soportar los golpes de los viajes, se empezaron a fabricar de roble y recubiertos de cuero.

Al principio Napoleón dispuso un catálogo con un número correspondiente a cada volumen, de modo que no hubiera problemas para seleccionar los libros que quería, pero como sucedía que muchos de los libros que quería consultar no estaban incluidos en la colección, por razones de espacio, el 8 de julio de 1803 dio órdenes muy específicas para que se construyera una biblioteca portátil de mil volúmenes, con dimensiones reducidas e impresión muy cuidada. Para aprovechar el espacio al máximo se prescindió de márgenes. Cada libro tenía entre 500 y 600 páginas y estaban encuadernados en fundas flexibles, para que soportaran bien los trotes de los viajes. Así mismo, el emperador dispuso que hubiera cuarenta obras de religión, cuarenta obras dramáticas, cuarenta volúmenes de épica, sesenta de poesía, cien novelas y sesenta volúmenes de historia; el resto serían memorias históricas de cada período.

Es cierto que Napoleón no fue el primero en concebir una biblioteca portátil e itinerante ‒la Universidad de Leeds tiene una que data del siglo XVII‒, pero sí fue el proyecto más grande y ambicioso hecho hasta ese momento. Y es que Napoleón no solo tuvo una única biblioteca portátil sino que tenía varias e iba cambiando de cajas en función sus intereses de cada momento.

Este tipo de bibliotecas son, salvando las distintas, un antecedente claro del moderno libro digital, no solo porque permitiera transportar una gran cantidad de libros en un mismo espacio sino, sobre todo, porque supuso la creación de libros en un formato específico, más compacto y conveniente, que es en definitiva el concepto en que se basan los libros digitales.

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