Los domingos por la tarde Magdalena salía a pasear con su nieta Clara, el recorrido siempre era el mismo, desde la residencia hasta el parque y vuelta. Era verano y no hacía tanto calor como los años anteriores, Magdalena caminaba a paso lento y constante con su taca taca mientras Clara la seguía a unos metros absorta en la pantallita de su teléfono. La señora había escogido de entre las pocas ropas que podía almacenar en el armario de su austera habitación un vestido blanco con flores azules, y un sombrero de tela con un lazo también azul, y unas zapatillas a juego blancas con los cordones azules, en la estructura del taca taca tenía un cajoncito en el que llevaba una botella de agua y su monedero para invitar a su nieta a un refresco.

Me voy a parar a descansar aquí, le dijo la abuela a la nieta, sentándose en uno de los bancos de ladrillos cubiertos por pérgolas de flores vistosas como solandras y bignonias y olorosos jazmines. Magdalena se quedó mirando a la rama del árbol del centro del estanque en donde una paloma blanca movía la cabeza como oteando en derredor. Un perro saltó al estanque corriendo tras una pelota de tenis baboseada, y al salir se sacudió mojando a un chico que tenía un libro entre las manos, el dueño de la perra le pidió perdón y se sentó a hablar con él.

Magdalena fijó su mirada en la nieta. Clara estaba en el borde del estanque sujeta a la columna de ladrillos metiendo un pie con el que hacía círculos en el agua, esta vez tenía el teléfono en la oreja y hablaba con una amiga, comentando detalles sobre algún chico con el que coquetearon la noche del sábado. Clara era la nieta más pequeña, hija de la hija pequeña de Magdalena, que pasaba todas las tardes menos la del domingo visitando a su madre en la residencia de mayores que la propia anciana había elegido para pasar sus últimos años tras la muerte de Su Antonio Querido, que hacía ya tres años que se había ido, con todo hecho tras más de 50 de matrimonio, 40 conduciendo el tranvía, siempre con esa sonrisa que una vez conquistó a una jovencita Magdalena, y atento a los peatones, y tres hijos y cuatro nietos maravillosos, todos sanos y bien encaminados en las vidas. Su Querido Antonio se fue tranquilo, con todo hecho, en paz, ella aún no tenía prisa por marchar a su encuentro porque sabía que todavía a sus más de 90 tenía cosas que enseñar a sus hijos y nietos, sobretodo a la pequeña Clara, que andaba algo despistada.

Clara, acércame la botella de agua del taca taca, por favor, le dijo la abuela señalando el andador aunque ella misma podría cogerlo sin esfuerzo, Siéntate a mi lado y cuéntame cómo te ha ido la semana, anda nena, y deja descansar ese aparato en el bolsillo…

−Pues no sé abuela, ha sido una semana como todas las de las vacaciones de verano, normal, sin más novedad −contestó Clara encogiéndose de hombros y girando la mano con la palma hacia arriba.

−Eso no puede ser, mi niña, ¿qué hiciste el lunes, por ejemplo?

−Ya sabes, abuela, los lunes voy en el tren de las 12h.22 para llegar a comer con papá en la casa de la playa.

−Ah, sí, es verdad, ¿y fuiste leyendo algún libro?

−No, fui mirando la pantallita del aparato maligno que me has dicho que guarde en el bolsillo.

−¿Los girasoles ya se han secado?

−No lo sé, abuela, no me fijé.

−¿El azul del cielo es como el de la ciudad o es más intenso en el mar? Qué gusto oler la brisa espesa y salada de la mar, ¿verdad que sí, mi niña?

Clara se quedó callada y pensativa, no sabía ni si había girasoles o tulipanes o campos de centeno en el trayecto de poco más de hora y media entre la estación de la ciudad y la casa de la playa de su padre, y no sabía si el cielo era el mismo bajo el manto de contaminación o sobre el mar, y tampoco había apreciado que el aire en la costa es más gordito, húmedo y salado.

La abuela sonrió.

Si os fijáis hay un nuevo pétalo pintado de azul, este es el círculo de Magdalena mientras el rojo del otro día era el de Pedro. Como dije, la flor de la vida con sus 19 círculos es el índice y escenario de En el estanque de las flores de loto.

Seguirá.

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