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En 2006, cuando Paul Auster se hizo con el premio Principe de Asturias, pronunció un discurso en el que hablaba de la inutilidad de las artes y, por extensión, de la literatura. El interés de Auster, se intuye, es rehuir de la necesidad de buscarle una función al arte que lo legitime, de abogar por su existencia porque sí. Sin embargo, como hemos podido comprobar en numerosas ocasiones en La piedra de Sísifo, la literatura sí tiene su utilidad. Permite, por ejemplo, hacernos evolucionar como especie animal. Y si entramos en un terreno más concreto, géneros como el de la ciencia ficción son necesarios para hacernos reflexionar acerca de nuestro presente y hacia dónde se encamina.

Sin movernos de género, un tipo de ciencia ficción muy particular, las ucronías, permiten hacer una profunda reflexión no solo sobre el presente y el futuro sino también sobre el pasado, acerca de las implicaciones que han tenido tales o cuáles decisiones o en qué manera han influido determinados acontecimientos en la historia. En este subgénero encontramos un mundo que se desarrolla a partir de un punto en el pasado en el que sucede un hecho de forma diferente a como ha sucedido en realidad, especulando con la existencia de realidades alternativas donde todo sucede de forma distinta a como lo conocemos. Ese punto determinante a partir del cual cambia la historia se conoce como punto de divergencia o punto Jonbar, término este último que se originó en la novela de la década de 1930 La legión del Tiempo de Jack Williamson, en la que su protagonista, John Barr, protagoniza una inflexión en la historia con una simple elección, un imán o un guijarro, dando lugar la primera a una civilización utópica conocida como Jonbar y la segunda a una tiranía llamada Gyronchi.

¿Qué habría pasado, por ejemplo, si los dinosaurios no se hubieran extinguido, si el cristianismo no se hubiera expandido o si Jesús no hubiera sido crucificado, si los aliados hubieran perdido en la Segunda Guerra Mundial o si los nazis nunca hubieran existido, si Hitler hubiera escapado al acabar la guerra o si la bomba atómica no hubiera sido lanzada sobre Japón? ¿Qué pasaría, viniendo a un contexto más cercano, si la Armada Invencible hubiera derrotado a Inglaterra o si los republicanos hubieran ganado la guerra civil?

Aunque las ucronías parecen haberse puesto de moda últimamente ‒rehacer la historia parece algo muy de la cultura pop‒, sobre todo con novelas como El hombre en el castillo de Philip K. Dick, lo cierto es que el género tiene una larguísima andadura, cuyos orígenes pueden remontarse al mundo grecolatino. Sin llegar a plantear una ficción en serio, autores como Herodoto o Tucídides ya se planteaban qué habría ocurrido si los persas hubiera derrotado a los griegos o Tito Livio, en uno de los libros de su Historia de Roma desde su fundación, conjetura una posible guerra entre el imperio de Alejandro Magno y Roma. En Tirant lo Blanch, de 1490, Joanot Martorell imagina una derrota de los otomanos a manos cristianas que hubiera impedido la conquista islámica de Constantinopla y, por tanto, el final del Imperio Bizantino. En 1824 Isaac D´Iraeli escribe en su Curiosidades de la Literatura un capítulo titulado «De la historia de los eventos que no sucedieron». Es a partir del siglo XIX cuando el filósofo francés Charles Renouvier acuña el término «ucronía» en su obra de 1857 Ucronía: La utopía en la Historia, donde lo define como «lo que no está alojado en el tiempo» ‒Renouvier imagina un mundo en el que el cristianismo no hubiera triunfado en el Imperio romano del siglo III‒. Eso sí, es a partir de la década los sesenta cuando el género adquiere los rasgos por los que se le conoce actualmente ‒antes de esa fecha apenas hay una veintena de novelas que puedan calificarse, en puridad, como ucronías‒.

No existe un acuerdo unánime sobre cuáles son las características que definen las ucronías. Ni siquiera está claro que se pueda encuadrar dentro de la ciencia ficción. Con frecuencia hay viajes en el tiempo de por medio. Son los viajeros del tiempo los encargados de forzar distintas resoluciones de los puntos Jonbar, que dan como resultado las realidades alternativas. De cualquier manera, el requisito fundamental es que los acontecimientos que han ocurrido se rehacen a partir de un momento crucial, cambiando todo lo que viene después. La historia alternativa conlleva la idea de que cualquier situación histórica tiene una infinidad de resoluciones posibles y divergentes que van más allá del único camino por el que realmente se solucionó. La historia, por tanto, se convierte en una especie de descarte descomunal de opciones.

Del mismo modo que la ciencia ficción surgió en los siglos XIX y XX como resultado de una inquietud social por el futuro, las historias alternativas que aparecen también en esa misma época son el reflejo de una situación social desestabilizada. A medida que las monarquías se derrumbaban y se alzaban los sistemas democráticos en su lugar, la historia se fue cuestionando desde un punto de vista filosófico, con preguntas sobre la capacidad de cada individuo de influir en ella, y las realidades alternativas son la respuesta de la literatura a ese cuestionamiento. Así se entiende que los primeros escritores que profundizaron en el tema presentaran la Revolución Francesa como el punto Jonbar supremo, ya que representa como pocos esa bifurcación hecha por hombres, con posibilidades de hacer triunfar o de arruinar la historia.

En esa línea aparece la que está considerada una de las primeras novelas de historia alternativa moderna, Napoleón y la conquista del mundo de Louis Geoffroy, donde se imagina una realidad en la que el militar francés hubiera derrotado a Rusia y extendió el dominio francés por todo el planeta. Pero no fueron solo campañas militares los acontecimientos que inspiraron a autores del siglo XIX sino todo el contexto social del mundo que los rodeaba. Mientras los exploradores del nuevo mundo enviaban noticias de los descubrimientos de civilizaciones desconocidas, como los incas o los aztecas, los escritores imaginaban mundos aún no descubiertos. Julio Verne imaginó dinosaurios vivos y humanos viviendo bajo la tierra, mientras que H. Rider Haggard se inventó una civilización perdida.

Y si la Revolución Francesa y las posteriores conquistas napoleónicas abrieron por primera vez las puertas a las preguntas sobre lo que pudo haber sido, la Segunda Guerra Mundial y los horrores del Holocausto produjeron el desazón de una tragedia que podría haberse evitado. En este caso el planteamiento no es ya qué hubiera pasado si una guerra la hubiera ganado uno u otro bando sino que se pone sobre la mesa cómo hubiera sido si los seres humanos del pasado hubieran tenido un comportamiento moralmente adecuado. ¿Cómo serían mundos en los que el Holocausto se hubiera prevenido, la esclavitud nunca hubiera existido, el apartheid no hubiera tenido lugar, las civilizaciones del nuevo mundo no hubieran sido masacradas por los conquistadores o los nativos americanos se hubieran desarrollado codo con codo con los estadounidenses?

El género de la ucronía supone, desde ese punto de vista, una reflexión en la historia en busca de los puntos Jonbar, de esos acontecimientos que decidieron el curso de lo que vino después, una conciencia en la importancia de esos momentos puntuales y en la capacidad de los individuos para influir en ellos, un deseo de profundizar en esa historia en busca de las oportunidades para rehacer el futuro.

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