La protagonista de las siguientes líneas es una monja católica de unos 60 años a la que le gustaba sentarse a rezar en uno de los bancos de ladrillo del estanque de las flores de loto.

Cuando Ruth terminó de estudiar filosofía y letras a los 23 y le dijo a su padre que quería ser monja hubo un gran disgusto en casa, Vas a malgastar una vida rezando, le dijo él, y ella no contestó. Fue una decisión propia, era lo que ella había elegido.

Ruth nunca había sentido deseo por los hombres y tampoco por mujer alguna, ese impulso animal con fines reproductorios no lo tenía activado en los circuitos nerviosos o donde sea que esté el interruptor. La presión familiar y del entorno en el pueblo fue creciendo desde que cumplió los 18, Te vas a quedar para vestir santos, le solía decir su abuela los domingos cuando iban a comer a su casa, Como no encuentres un novio serás una solterona amargada y se te pasará el arroz, le dijo alguna vez una amiga. Por eso se fue a estudiar a la universidad y así escuchar esos comentarios sólo en vacaciones de verano y navidad. En aquellos años de estudio perdió más de una amistad por no querer “repasar los apuntes” con algún que otro pretendiente masculino, las mujeres que se le insinuaron lo entendieron mejor, No me gustan las mujeres, le decía a ellas y lo respetaban, No me gustan los hombres, les decía a ellos y se lo tomaban como un fracaso personal o algo así, una afrenta para Los Machos.

Al terminar los estudios pensó que volver al pueblo no era una opción, y tampoco quería seguir viviendo en un rebaño de ovejitas cachondas rodeadas de lobos salidos. Quería que la dejaran tranquila y por eso se metió a monja. Alguna vez se encontró con monjas lesbianas reprimidas y algún que otro lobo con sotana, pero eran escasas excepciones que no le dieron mayores problemas.

Como monja había llevado una vida tranquila con las labores del convento, especialmente le gustaba dedicarse al jardín y la biblioteca, y disfrutaba mucho con las temporadas de misiones en los países del África, trabajando con los niños sobretodo. Era gran aficionada a la fotografía y escribía de forma regular, al principio en folio, después mecanografiaba a máquina y en los últimos tiempos guardaba sus cosas en eso de La Nube.

Ahora los jueves se encargaba de la cena en el comedor social del otro lado del parque y le gustaba parar a rezar un rato en alguno de los bancos del estanque de las flores de loto cuando iba de camino. Las últimas semanas había coincidido con una monja budista que se sentaba en posición de meditar también por allí. Tenía curiosidad por hablar con ella, pero como siempre la encontraba abstraída en su introspección todavía no había tenido la oportunidad. Se preguntaba cuál sería su historia, por qué monja, y por qué budista.

Todos los artículos de la serie de «En el estanque de las flores de loto».

Comentarios

comentarios