William McGonagall

William McGonagall

   Solo hay algo más difícil que ser el mejor poeta de la historia: ser el peor. Lo primero es algo a lo que solo puede aspirar un selecto conjunto de autores, así que aunque no lleguemos a ponernos totalmente de acuerdo siempre estaremos barajando los mismos nombres. Sin embargo, en el grupo de los segundos podrían entrar tantísimos candidatos que elegir a uno solo como el máximo representante equivaldría a hacerle una injusticia al resto. ¿Qué criterios utilizar para organizar la cima de una categoría como «lo peor»? Porque una cosa es saber reconocer lo malo y otra muy distinta llegar a una decisión inapelable sobre qué es lo más malo. Y, sin embargo, existe ya alguien con el más que dudoso honor de ser el propietario del título al peor poeta de la historia. Su nombre es William McGonagall y a continuación te cuento qué ha hecho para ostentar este incierto merecimiento.

   Hijo de padres irlandeses, McGonagall nació en 1825 en Edimburgo aunque pasó la mayor parte de su vida vinculado a la ciudad de Dundee. McGonagall, que se ganaba el pan como tejedor, no tardó en verse deslumbrado por la genialidad de Shakespeare y trató de cultivar su faceta más artística con la actuación, a pesar de que todos a su alrededor consideraban que carecía de habilidades dramáticas. Después de pagar a un teatro, McGonagall se hizo con el papel principal de Macbeth ‒sí, tuvo que pagar para interpretar a Macbeth‒ y consiguió que la representación se llenara con familiares, amigos y compañeros de trabajo. Nadie, excepto el propio McGonagall, pensaba que fuera a salir nada bueno de aquello, y así fue. Al llegar el momento final de la obra, cuando Macbeth muere a manos de Macduff, McGonagall creyó que el actor que interpretaba a Macduff estaba tratando de elipsarlo, así que se negó a morir, cambiando sobre la marcha el desenlace de la obra de Shakespeare.

   Aunque no sería en el teatro sino en la poesía donde McGonagall encontraría el cauce definitivo para expresar su creatividad. En 1877 McGonagall tuvo una especie de revelación que le mostró que debía dedicar por completo su vida a la poesía. Así describe ese momento clave Chris Hunt, responsable de una reciente selección de sus poemas: «parecía sentir una extraña sensación sobre él, y permaneció así durante unos cinco minutos. Una llama, como dijo Lord Byron, parecía encender todo su cuadro, junto con un fuerte deseo de escribir poesía». Ese fue el comienzo de su accidentada carrera literaria.

   Y si la poesía es algo ingrato con los grandes, si muchos de aquellos que hoy consideramos como genios de la literatura en vida pasaron por una situación económica más que precaria, no es difícil imaginar que McGonagall, que se centró por completo en el cultivo de esta disciplina a pesar de su falta de capacidades, no tuvo precisamente una vida acomodada. A duras penas lograba mantener a su familia aceptando donaciones de sus amigos, malvendiendo sus poemas por las calles u ofreciendo recitales bastante peculiares centrados en burlarse de su persona. Así, durante una época de su vida McGonagall llegó a ganar quince chelines por noche recitando sus poemas en un circo local, mientras el público le lanzaba huevos, harina, arenques, patatas o pan duro. El espectáculo llegó a ser tan estridente y lamentable que las autoridades locales decidieron prohibirlo, ante lo cual McGonagall, que estaba bastante satisfecho con sus actuaciones, escribió un poema quejándose a los magistrados. Es más, parece que el poeta llegó a acostumbrarse al hecho de que su público le arrojara cosas mientras recitaba y este detalle, que era una de sus sueñas de identidad, nunca hizo que llegara a dudar de la calidad de su poesía.

   En defensa de McGonagall hay que decir que no es solo que no tuviera dotes para la poesía, que también, es que no tenía el más mínimo sentido de la oportunidad. No dudaba, por ejemplo, en aparecer por bares y pubs para recitar edificantes poemas en contra del alcohol, lo que hacía que, en el mejor de los casos, su público se burlara de él y, en el peor, que le arrojaran lo primero que tuvieran a mano.

William McGonagall

William McGonagall

   Ese carácter, con una extraña mezcla de inocencia y de soberbia, lo convertía en un blanco fácil para bromas de todo tipo. Una vez recibió una supuesta carta de los representantes del rey Thibau de Birmania, donde se le informaba de que el monarca le había nombrado caballero bajo el nombre de Sir Topaz, Caballero del Elefante Blanco de Birmania. A pesar de que era evidente que se trataba de una broma, McGonagall se tomó la carta en serio y a partir de ese momento y durante el resto de su vida comenzó a referirse a sí mismo como «Sir William Topaz McGonagall, Caballero del Elefante Blanco de Birmania».

   McGonagall pensaba que si no triunfaba en poesía no era porque fuera un mal poeta sino porque le hacía falta la ayuda de un mecenas. Así que ni corto ni perezoso intentó ganarse el favor de la reina Victoria. Tras enviarle una carta a la reina con una demostración de sus capacidades, esta fue contestada por un funcionario real con un rechazo cortés, que además le agradecía el interés demostrado. Pero en lugar de desilusionarse con esta respuesta McGonagall interpretó aquella carta como un reconocimiento a su trabajo. Así, cuando alguien se atrevió a burlarse de su poesía durante un viaje a Dunfermline en 1879, McGonagall argumentó que sus poemas no podían ser tan malos cuando habían despertado el agradecimiento de la reina.

   En julio de 1878 McGonagall se dirigó desde Dundde a Balmoral con la intención de hacer una representación en vivo frente a la reina para ganarse el favor de la soberana. Para ello tuvo que recorrer a pie una distancia de 60 kilómetros, a través de un terreno montañoso y de varias tormentas. Al llegar al palacio, calado hasta los huesos, McGonagall se presentó ante los guardias como el poeta de la reina, a lo que ellos contestaron que el poeta de la reina era Alfred Tennyson y no él, y a continuación le prohibieron el paso. Así que McGonagall tuvo que volverse a casa sin ver a la reina y con las manos vacías.

   En 1893 estaba en tan mala situación económica y se sentía tan maltratado por sus vecinos que escribió un poema amenazando con abandonar Dundee. La jocosa respuesta de un diario local fue que probablemente se quedaría un año más después de descubrir que «que Dundee rima con 1893». Pero en 1895 McGonagall cumplió su amenaza y él y su mujer se mudaron a Edimburgo, donde pasó sus últimos años viviendo de la caridad y murió en la más absoluta indigencia, en 1902.

   Quizá McGonagall no sea recordado como un buen poeta, y ni siquiera como un poeta mediocre, pero hay que admitir que en parte consiguió lo que se proponía: pasar a la historia de la literatura. Eso sí, como el mejor de los peores poetas.

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