Hay tendencias o vanguardias culturales que, por la contradicción o rareza que representan, exigen que alguien dé la cara y asuma las responsabilidades. Ya sea para ahorcarle o para encumbrarle tras su muerte. Con la patafísica sucede exactamente lo mismo. Inaugurada en Francia, en la prolífica época de las vanguardias y de la absenta, Alfred Jarry escribió la novela “Gestas y opiniones del doctor Faustroll, parafísico”, dando inicio a un fructífero estilo hermanado con el surrealismo y con el dadaísmo. Básicamente, tal y como algunos de sus miembros posteriores entendían, consistía simplemente en “vivir al otro lado del espejo”, en el mismo mundo que Alicia.

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La historia del absurdo príncipe

Por patafísica se entiende la “ciencia de las soluciones imaginarias” se trata de un sistema pseudo-científico y filosófico que cree en la unidad de los opuestos y en la validez de lo imposiblemente válido. Es decir: lo absurdo. Jarry la inventó en sus obras, aunque lo curioso es que no pudo llegar a verla en vida, puesto que el libro fue publicado después de su muerte. Es ahí cuando se reconocería su aportación al mundo cultural. Una ciencia inventada por un muerto.

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El París de aquella época estaba plagado de academias y de sagrados lugares de estudios y conocimiento. Y los sucesores de Jarry trataron de hacer lo mismo. Salvo, claro está, que decidieron añadirle unas gotas de ironía. Crearon un colegio de patafísica a través del cual desarrollar esta ciencia en sus sesiones. Con una tónica similar de la escritura automática de los surrealistas, los patafísicos ejercitaban también su capacidad de encontrar soluciones absurdas, como un nuevo lenguaje susceptible de ser aprendido.

Fructífera intulidad

La contribución de esta vanguardia fue mayor de lo que pueda parecer. Artistas de la talla de Duchamp o de Dalí se declararon abiertamente patafísicos, como si fuese alguna suerte de movimiento social que reivindicar. Lo peculiar es que este nuevo sistema científico no dejaba de estar emparentado con otras ramas de la psicología, como el pensamiento lateral, o con movimientos filosóficos previos.

Un ejemplo está en la “Docta Ignorancia” del filósofo Nicolás de Cusa, en la que se habla del no-saber como medio de alcanzar la verdad divina de Dios. Es decir, que pese a los inventos y la farándula la patafísica, en teoría era un método capaz de desarrollar unos recursos que llevasen al individuo a emitir alguna aproximación a algo auténtico. Y, por lo tanto, en base a la mentira de crear algo de verdad. O por lo menos de valor.

La larga mano de la patafísica

Raymond Queneau fue uno de sus miembros insignes. Poeta francés de vasta cultura y sentido del humor al que el público y la crítica fueron incapaces de  entender. Una de sus obras más patafísicas es un libro de poemas, con el que se podían llegar a formar millones de ellos. El truco estaba en que las páginas estaban cortadas, de manera que alguien pudiese coger le primer verso de un poema y juntarlo con el de otra página. Y así creaba millones de posibles combinaciones. Rayuela de Cortázar es, probablemente, la mayor aportación literaria de esta corriente. Que sea un libro que se pueda leer de dos maneras diferentes es un modo suave pero evidente de influencias por al patafísicia. De hecho, el propio Cortázar reconoció que Jarry le había cambiado la vida.

Boris Vian, finalmente, es otro de los principales autores de la patafísica. Se puede comprobar en sus obras esa atracción hacia otro tipo de realidades, de inventos y de posibilidades. En “La espuma de los días”, por ejemplo, el nudo de la historia trata sobre una mujer a la que le empieza a nacer un nenúfar en el pulmón. Eran este tipo de detalles los que determinaban en buena medida sus novelas y poemas, y los que lo enlazan con esta tradición literaria y cultural.

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En conclusión, la patafísica podía parecer una extraña broma entre amigos de diferentes generaciones. Tal vez vieron en esa ironía un fiel reflejo de la inteligencia de Jarry y decidieron honrarle siguiéndole el juego. Era fácil. Bastaba con atravesar el espejo y librarse de cualquier cadena de racionalidad y sustituirlas por la imaginación.

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