La noche en que los Beatles llegaron a Barcelona de Alfons Cervera

Hay libros con títulos que son como cantos de sirena. Libros en los que uno se adentra atraído por su musicalidad sin sentir que va directo a los arrecifes o a una muerte segura. Libros por los que merece la pena, como Ulises, atarse de pies y manos al mástil más alto del barco, para disfrutar del espectáculo. No, detrás del título de la última novela de Alfons Cervera, La noche en que los Beatles llegaron a Barcelona, publicada por Piel de Zapa, no se encuentra una lectura llena de nostalgia de aquellos tiempos.

Sí, la actuación que tuvieron en la Plaza Monumental de Barcelona. el 3 de julio de 1965 es mucho más que el engañoso canto de sirena que nos conduce al naufragio. Puede parecer una excusa, un espejismo, un punto de partida para contarnos el viaje al infierno, a los más profundos abismos de la dictadura, de dos jóvenes, Miguel y su hermano, que van desde su pueblo de Los Yesares a la ciudad condal para asistir al concierto del grupo británico, pero que tuvieron la mala suerte de toparse con la policía franquista. La historia de cómo uno de ellos es encarcelado en los calabozos de la Jefatura Superior de Policía de Via Laietana, con la acusación de ser sospechoso de cualquier cosa, y sometido a terribles torturas. La historia, también, de una figura visible del fascismo policial ‒basado en un personaje real, Antonio Creix‒ fue traicionado por los suyos.

Todo ello a ritmo de los Beatles. Compuesto por doce capítulos, cada uno de ellos se corresponde a cada una de las canciones que el conjunto tocó en su concierto. Con esta banda sonora de fondo, el narrador relata los sucesos a través de un monólogo profundamente intimista, con un orden que rompe la linealidad y que atiende a una lógica puramente sentimental. Los recuerdos van y vienen, los veranos en Los Yesares, la música que escuchaban entonces o la ilusión con la prepararon el viaje a Barcelona se mezcla con las torturas, el dolor y el miedo infligido en los sótanos de Via Laietana. El contrapunto, como una especie de poesía hiriente y hermosa, tiene esa musicalidad de canto de sirena, de susurro encantador e hipnótico que conduce al desastre.

Sí, tal vez a partir de la década de los sesenta la sociedad española comenzó a abrirse a Europa, comenzó a aceptar que personalidades como los Beatles actuaran dentro de nuestras fronteras. Quizá el país experimentara un ligero desarrollo económico que hizo que, aunque desigual, mejorara el nivel de vida de una gran parte de la población, que formaba una clase media hasta entonces casi inexistente; sin embargo, el nivel de libertad personal y política era otra cosa. Libros como el de Alfons Cervera viene a reivindicar no ya a las victimas de la Guerra Civil Española sino a las del régimen franquista más tardío, el que tuvo lugar en la última década de vida del dictador. De hecho, la novela está dedicada a tres jóvenes que en 1981, ya en democracia, viajaban desde Santander a Almería a la comunión de un primo de ellos y fueron asesinados y quemados por la Guardia Civil, que los confundió con tres etarras. «La Transición», advierte Cervera al final de esa dedicatoria, «tuvo una gracia especial para cambiarnos la memoria de aquel tiempo por el silencio y el olvido».

No es que la Literatura pretenda sustituir a la Historia. Pero a diferencia de esta última, escrita por los vencedores, la primera, dijo Günter Grass cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias, tiene la capacidad de dar la palabra a los perdedores, «a todos aquellos que no hacen la Historia pero a los que inevitablemente la Historia les ocurre, porque su dictado los convierte en culpables o víctimas, simpatizantes o perseguidos». El autor de El tambor de hojalata señala que sabría muy poco o nada sobre las complejas relaciones que se establecieron en la Guerra Civil Española si George Orwell no hubiera dejado testimonio escrito del sistema de terror comunista en su Homenaje a Cataluña.

Del mismo modo, novelas como las de Cervera, que relatan lo verosímil, lo que bien pudiera haber sido, son también necesarias para que el ejercicio de recuperación de la memoria histórica sea completo. Que si la Historia nos ha condenado, que sea la Literatura lo que nos permita exorcizar los horrores del pasado.

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