Esta semana tuve la fortuna de ver un cortometraje argentino titulado “Entre Dos Mundos – una película de posguerra”, escrita por el politólogo Ramón Garcés, ex combatiente de la guerra de Malvinas. El tema del corto no es el conflicto en sí, sino, más bien, una lamentable y conocida consecuencia de ella: el suicidio de los ex combatientes y la indiferencia de la sociedad ante el sufrimiento de quienes enfrentaron aquel infierno.

Ha ocurrido siempre: la guerra enciende el nacionalismo más acérrimo y son los jóvenes las primeras víctimas de la demagogia. Atraídos por un discurso patriótico, su idealismo los traiciona y se embarcan en lo que, ellos creen, es una aventura que les dará propósito a sus vidas. Para nada es así, la guerra no es una aventura, es un infierno de locura y sangre. Pero ellos son jóvenes y buscan encontrar un significado a su existencia: ya sea pelando por una idea o un movimiento.

La dictadura militar que imperaba en aquella época perdía legitimidad y necesitaba crear una distracción. Los efectos del mundial de fútbol de 1978 ya se habían agotado. El miedo y la represión se hacían intolerables. Necesitaban crear un conflicto. Necesitaban un enemigo contra quien luchar, uno que uniera a todos contra alguien en nombre de un colectivo: la patria. De pronto ya no se hablaba de desaparecidos sino de recuperar “lo nuestro”.

“Realmente no nos dijeron nada. No teníamos idea de adónde íbamos. No sabíamos nada. Tampoco éramos ingenuos. Era una época de militancia juvenil en la secundaria. No nos olvidemos que la guerra Malvinas ocurrió en un período donde estaba la dictadura militar. Desde la escuela primaria uno iba escuchando que las Malvinas son argentinas. Haciendo los dibujitos en los cuadernos y, de repente, estabas en las Malvinas”, comenta Ramón Garcés en una reciente entrevista.

Mucha gente que lo vivió desde Buenos Aires recuerda que los medios de comunicación informaban que la guerra se estaba ganando cuando, en realidad, se estaba perdiendo: El cinismo de los militares desesperados por mantenerse en el poder.

Y finalmente la derrota. Allí se trató con desprecio a los ex combatientes, como si fueran unos perdedores por los que había que sentir vergüenza. El castigo para ellos ahora era doble: no solo vivían con tormentosos recuerdos sino que ahora se los consideraban parias. Un año antes habían sido héroes que daban su vida por la patria, ahora se les miraba con vergüenza. Luego, se les comenzó a tratar de vagos, de pordioseros.

Ellos se sentían cada vez peor: habiendo dado sus vidas y sus almas por el país, ahora eran despreciados y olvidados. La depresión comienza: su sacrificio no valió nada. Sienten bronca: dieron todo por el país y ahora son despreciados, considerados locos y malvivientes. La sociedad no sabe agradecer y reconocer su esfuerzo invaluable. Su vida carece de propósito y una vida sin significado no tiene sentido vivirla. La drogas y el alcohol son utilizadas para anestesiar la angustia  pero no alcanzan. El suicidio parece ahora la única opción. Como lo dijo Viktor Frankl: “la desesperanza es sufrimiento sin propósito”.

En el cortometraje, Ramón, un ex combatiente, es visitado por su hermano, Jorge, quién, de alguna forma, encarna los prejuicios sociales descritos anteriormente. Primero, lo trata de trastornado y luego se burla de sus ex compañeros llamándolos locos. Ramón es un escultor y su hermano le dice, en forma burlona señalando una de sus estatuas: “¿A esto lo llamas una obra de arte? Seguramente adentro tenés la falopa y el alcohol”. Ramón le responde señalando la escultura: “¿Sabés que son estas cosas las que me ayudaron a bancarme la angustia? Algo que como hermano vos no hiciste”.

El cortometraje juega con la ambigüedad, intercalando escenas de distintos períodos de tiempo o, tal vez, jugando entre la imaginación y la realidad, lo que le aporta a la historia mucha intensidad dramática. El espectador deberá realizar su propia interpretación. La actuación del comediante Fernando Coco Sily como Ramón es desgarradora. Alejándose de su trabajo como humorista, logra una imagen cruda del atormentado ex combatiente.

En diversas entrevistas, Ramón Garcés ha contado su propia experiencia de haber presenciado la muerte de muchos de sus ex compañeros y de haber sido dado por muerto, representando aquel fallecimiento en papeles, una metáfora de un posterior renacer en el cual pudo encontrar, a través del arte, un propósito para seguir viviendo. También el apoyo de amigos, familiares y su pareja fueron vitales.

Muchas películas hollywoodenses han tratado a la guerra como una especie de aventura. Las películas de Rambo se destacan entre ellas. Lo que la gente no recuerda es que la primera película de la célebre saga, a diferencia de las mediocres secuelas, no ocurre en el contexto de una guerra. Por el contrario, es la historia de un veterano de la guerra de Vietnam que, al regresar a los Estados Unidos, es despreciado por la población y, de hecho, arrestado y torturado por la policía de un pequeño pueblo, por ser considerado un vago.

En defensa propia golpea a los policías, huye de la comisaria y comienza a ser perseguido por las fuerzas locales y luego por las autoridades estatales, iniciando un enfrentamiento de un solo hombre contra la policía. Finalmente, es rodeado en un edificio y solo su antiguo Coronel es capaz de convencerlo de rendirse. El dialogo final es sencillamente desgarrador:

“Se acabó Johnny, la guerra terminó. Míralos están muertos de miedo”, le dice el Coronel Trautman.

Rambo responde: “Nada terminó. Nada. No es tan fácil acabar. No era mi guerra. Tú me llamaste. Yo no te fui a buscar. Hice lo necesario para ganar pero alguien no nos dejó ganar. Y cuando regreso al mundo encuentro a esos gusanos en el aeropuerto, protestando contra mí, llamándome asesino y diciendo toda clase de estupideces. ¿Quiénes eran para protestar? ¿Quiénes eran? Debieron estar en mi lugar o estar ahí para ver de qué diablos hablan.”

“Ha sido muy difícil para todos. Pero ha quedado en el pasado”, replica el Coronel.

“Para ti, para mí la vida civil no vale nada. En el campo de batalla había un código de honor. Tu cuidas la espalda y yo te cubro a ti. Pero aquí no hay nada. Allá podía usar una metralleta, conducir un tanque. Estaba a cargo de un equipo que valía millones. Pero aquí no puedo conseguir empleo ni siquiera estacionado autos. Que lo olvide…¿Dónde están todos? Mis amigos. Tenía tantos amigos, allá todos eran mis amigos. Como hermanos. Pero aquí no hay nadie.”

Luego cuenta cuando uno de sus amigos falleció en sus manos y que sueña con ello todas la noches. Se quiebra a llorar, el coronel Trautman lo abraza. En la escena final sale arrestado, escoltado por el Coronel. Suena la canción cuya letra dice: “It’s a long road when you are on your own…” (es un largo camino cuando estas por tu cuenta).

La película causó mucha repercusión debido a que los veteranos de Vietnam también sufrieron el desprecio y el abandono de la sociedad y debido a que el suicidio entre ellos fue epidémico. Se basó en la novela First Blood del escritor Canadiense David Morrel, publicada en 1972. Fue estrenada en el año 1982, momento en el cual la guerra de Las Malvinas tuvo lugar.

El cortometraje es para una película lo que un cuento es para una novela: un medio para expresar en forma sintética e intensa emociones e ideas. Borges solía decir que escribía cuentos y no novelas porque es a través de ellos que se puede expresar todo lo que uno desea trasmitir. En este sentido, no es necesario escribir tanto. Lo breve vale por dos.

El cortometraje de Garcés logra su objetivo al presentar de una forma empática la problemática de los suicidios provocados por el estrés post traumático así como el rol que tiene la desidia social en estos trágicos eventos. Se destaca también la originalidad en la forma no lineal y ambigua en la que la narración se desarrolla. Para ver, para sentir, para reflexionar.

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